10 agosto, 2012

Nostalmia. Tristeza neuropática.


Es más que obvio a todos que Balcius ha muerto. Hace tiempo.

No voy a osar contradecir la evidencia con los hechos, pocas cosas hay más patéticas que el que se niega a estar muerto contra la opinión general.

Pero entonces se debe respetar. La sutileza implícita a quien ya no es, por ejemplo. La sutileza, la blandura, lo escondido. El cambio, sobre todo el cambio. Es bastante distinto, es sorprendente encontrarse de pronto en este estado, sin el beneficio de un trance, de un duelo, propio o de otro. Un día te das cuenta de que eres verbo y no te quedan palabras, te vacías como si sólo pudieras expeler aire, pero no tomarlo, ni tampoco asfixiarte.

Y no notas el cambio, pero te sabes distinto. No me explico, pero esa es también una de mis prebendas.

El espacio de falso tiempo aquí desperdiciado también ha muerto, y ha perdido su sentido, su dirección, acaso su orientación en el espacio. Mejor así. Despertarse de pronto en un lugar desconocido, en una habitación completamente oscura, en mitad de quizás una noche de absoluto silencio, y no atreverse a averiguar siquiera si uno está bocaabajo, crucificado o debajo del agua. No saber si tiene uno los ojos abiertos o está enterrado en cemento. No moverse, no respirar, no acordarse de que tiene uno diez años y que está durmiendo en casa de un amigo, o que es un hotel en medio de un viaje de negocios, y han pasado más de veinte años y tres mil kilómetros. Hilados por la misma oscuridad y silencio. Los años pasan por ese hilo.

Es este. Puedo haber aterrizado en el silencio, y bajo la ficción de una creación literaria, haber logrado un vacío de ser, y descubrir que las creaciones literarias pueden morir de tiempo, de mediocridad o de aburrimiento.

Pero que por mucho que uno lo desee, no se las puede matar.


Todo naufragio es premeditado, de una u otra forma. El fantasma de tantos ahogados hace brillar las linternas y los faros, pero sobre todo, atormentan a sus escritores.


Jorge Oteiza - Hillargia (acero, 1957). Serie Desocupación de la Esfera


31 octubre, 2011

Le Fantôme de la Égalité


He sorprendido a mis zapatillas mientras intentaban escapar.

Todos los días congelan el trayecto hacia la puerta, hacia la calle, hacia lo que ellas creen que es la vida, el mundo de verdad. Capturan el paso que se aleja, habita dentro de ellas el acto de abrir la puerta, de salir, de dar por inaugurada la náusea diaria.


Todos los días congelan el gesto. Pero a veces, además, encierran el impulso y el ansia.

Al regresar a casa, doce horas después, me las encuentro enfrentándose a mis zapatos de calle como un animal, algo un como rencor frío.

Las anima un impulso tanático, suicida. No están hechas para la calle, precisamente por eso la ansían. Ansían la lluvia que las empape, el barro, todas las cosas duras, cortantes y punzantes que existen (imagina) en ese mundo de fuera, en ese que va desgastando y dotando de carácter al resto de mi calzado. Ella los ve, como el niño ve a los soldados. Igual que el niño juega a la guerra, ansía el carácter, el barro, los cuchillos, ellas quieren la misma grava, la misma piedra.

Para el zapato de piel es cansada rutina, llegan a casa con resignado agotamiento, deseando el descanso y el calor, el armario seco. Para ellas, es heroísmo. Desean ser heroínas en las calles, rebeldes sin causa.

Las anima el espíritu de Mayo del 68. El de intelectuales, jóvenes de buenas familias, gente de zapatillas, que ansiaban la calle, el agua de las mangueras antidisturbios, el humo y las piedras. Hacer un pogrom, un kibutz, una trinchera de la villa de verano. Bailar un rock&roll por Mao Mao, como en la peli de Goddard. Por supuesto que entonces estaba Vietnam y Nicaragua y tantos otros atropellos, y ahora nadie levanta un dedo contra Vietnames de ningún tipo.

Quizás a mis zapatillas suicidas las anima el espíritu de Mayo del 68, de los jóvenes parisinos con la cabeza llena de pájaros y de poesía. Pero no los motivos. Ni a mis zapatillas, ni a tantos otros rebeldes sin motivo, 15Ms y libertarios sin cabeza, a ninguno les ha pedido Sartre o Camus que se lanzaran a la calle. Ansían algo que jamás han visto, basándose sólo en la sombra de presuntas gestas, en la rabia incierta contra todo, la pataleta es un gesto natural de cualquer calzado.

Su ansia estúpida, esa forma de envenenarse el juicio con una conciencia paranoide, su grito que no sale, su grito. Supongo que por eso acaba abriéndose una boca en ellas, que no las ayuda a gritar, pero que las hace inútiles.


Al fin, triste victoria, lo logran. Su queja, su cambio. Salen a la calle, en una bolsa de basura.

27 octubre, 2011

Quod Erat Demonstrandum


Hace una semana ya.


Todo el mundo habla ahora de terrorismo, de un cambio (no todos de acuerdo con el diagnóstico, pero sí en hablar de ello), y yo me voy a sumar. Hace una semana del acontecimiento que cambiará nuestra forma de relacionarnos con ese concepto, con cómo nos va a afectar: terrorismo. Y me parece curiosa la posición de algunos...

No, no hablo de ETA. Ese me parece un tema demasiado claro para merecer mi comentario. Simplemente me alegro de lo que pasa y confío en lo que pasará.

Hablo de Libia. De un cambio terrible que nos enfrenta a una realidad nueva y absurda. La certificación de que el terrorismo de estado internacional cuenta con el visto bueno de la ONU, que derrocar un régimen antipático es un fin que justifica cualquier medio, que pueden destruirse ciudades, asesinarse personas, distribuir armas entre gente desconocida con objetivos no confesados y cualificación dudosa, y ejecutar de forma sumarísima a dirigentes sin juicio, sin derecho a defenderse, vejar y humillar cadáveres...

Esto tiene, claro, antecedentes. Todo comienza un 11 S, con un avión (curiosamente americano) volando sobre un edificio emblemático y descargando su terrible capacidad mortífera antre los ojos asombrados del mundo.

Fue un 11 de Septiembre, que un avión americano bombardeó el Palacio de la Moneda de Chile, asesinando a Salvador Allende, inaugurando una de muchas intervenciones en las que Estados Unidos salva al pueblo de sí mismo apoyando a presuntos defensores de la libertad que no se sabe quiénes son hasta que es tarde. Pero entonces todavía tenían que esconder sus apoyos, trabajar en la sombra, disimular.

Ahora entramos en una nueva era. En los 70 nos habían prometido que el nuevo milenio sería la Era de Acuario, era de paz, de desarrollo espiritual, intelectual y humano. Estamos aquí, en la Era de Acuario, y todos piensan nada más que en dinero, el mundo arde en guerras sucias y, por primera vez en mucho tiempo, el terrorismo internacional de estado está bendecido por el conjunto de la opinión pública.

Eso sí, en Madrid reponen Hair.

11 abril, 2011

Un Apunte al Margen de la Historia


¿Es todo? Pregunta a-escena, tal vez sin darse cuenta de cuán trascendente es la pregunta. Quizás sin saber del poder de los ingredientes alquímicos que componen el mayor sortilegio desde "hágase la luz".


Partiendo de la misma oscuridad, con quizás más profundos resultados. ¿Más profundos? ¿Es posible una transformación más profunda que la de crear el tiempo a partir de la eterna quietud, crear la dimensión de lo inexistente a partir de un vacío en que ni la oscuridad existía?

¿Acaso no son estas preguntas suficiente prueba de que sí es posible?

Dudar, abrir una puerta a algo aun mayor que el infinito, poder plantear una creación que contenga o anule a la Creación. La vastedad del poder de la duda, que aniquila la estúpida certeza.
Después de todo, Dios tan sólo crea la realidad.
La pregunta de a-escena crea incluso la posibilidad de lo inexistente y la imposibilidad de lo que ha sido. La palabra del que se pregunta, el gérmen de lo fantástico, latente en cualquier recuerdo de esta extraña experiencia de la Vida.

Más allá de la palabra, toda idea de pregunta es un Big Bang íntimo, ínfimo. Supernova.

Justo después de que Areadoce invocara la cábala de la existencia con una afirmación tan rotunda como equívoca ("Existes"), y con ello diera a luz a una explosión de sólida abstracción, de vacilantes certidumbres de abismos, e invocase el poder de la ficción literaria, la más sólida metáfora del vivir.
Justo después de esa afirmación y su temblor, surge esta pregunta que parece esculpida en piedra.


ES TODO. Esto es todo, es un epitafio. Es todo lo escrito, si se escribe.
Y Parménides flotando sobre las aguas. Como en el Génesis.

Aunque, si es todo, no es siquiera génesis, ni siquiera Supernova. Pues incluye la preforma de las ideas, su vida nebulosa antes de llegar a ser palabra, siquiera idea.
Es el espacio que, desde siempre, ha habitado “Caída Libre”, el espacio de lo incierto y de lo posible que siempre le ha sido natural, Caída Libre antes de Balcius.


He escrito mucho, de palabra, obra y omisión. Sobre todo de omisión. He dejado mucho por escribir, muchas ideas que explotan en universos de posibilidades nunca resueltas.

Una de ellas es un plan. Otro plan. Podría llamarse algo como “plan para un plan frustrado”. La idea (el plan frustrado que tal vez un día rescate) consistía en explotar la fascinación, la sorpresa, que se esconde detrás de lo muy conocido, de lo mil veces visto, que sin embargo escondía un secreto sorprendente. Algo de lo que muchas veces comentó Ítalo Calvino cuando hablaba de los Clásicos.

Se jugaría con películas, novelas o cuadros muy famosos, se investigarían las verdaderas intenciones del artista, que han sido malinterpretadas desde siempre por el conjunto de la humanidad, especialmente por los entendidos.

Por ejemplo, tenía ganas de gritar a todo el mundo que no, que Psicosis de Hitchcock había sido mal leída. Analizando escena por escena, demostrar que el primer asesinato sí lo había cometido la madre de Norman, que la historia era todavía más rebuscada de lo que parecía a los inocentes espectadores de la época, ver el mensaje oculto en la escena del ridículo psicólogo confundiéndolo todo.
Vamos arrastrando aquella primera impresión, el mito de Psicosis, ya no somos capaces de leer la historia con mayor malicia.
Hablaría también de Los Hermanos Karamazov, pero no tiene mucho mérito. La clave de Los Hermanos Karamazov está en el equívoco, y tal vez todo el mundo sepa, cuando ha cerrado el libro, que lo ha leído mal desde el principio.


Y en estos días me voy dando cuenta de que es habitual ese equívoco en la lectura demasiado rápida, del crecimiento del mito a costa de la obra. Lo malo es que no estoy hablando de literatura, sino de Historia. De cómo la historia está siendo generada todos los días con los residuos de la literatura muerta.

En una de sus mejores obras, Torrente Ballester plantea la posibilidad de que Napoleón sea una invención colectiva creada para hacer más digerible y hermosa una historia inaceptable por la burguesía.
Y vista desde la perspectiva miope de la inmediatez, el nacimiento de la Historia con Mayúsculas parece igual de Absurdo.

Primero es el mito, el muñeco, luego su relleno. Como las efigies que la Inquisición quemaba.

La imagen del dictador implacable masacrando a su pueblo, es una imagen muy dura que tenemos todos grabada a fuego por tanto periodismo sensacionalista, tanta película del miedo, tanta guerra fría y Orwell, tanta Historia.
Y tal vez en cien años los niños repitan de carrerilla que en el año 2011 el pueblo se levantó contra los regímenes dictatoriales del norte de África y quién sabe cómo explicarán lo de Libia y la guerra y quién sabe cuántos miles de muertos que vendrán, cómo lo resumirán en dos frases de libro de texto, que son como dos esferas de ámbar, limpias y brillantes, perfectas, el destilado incontestable extraído de millones de páginas de periódicos arrojando medias verdades, medias mentiras, conclusiones bastardas derivadas de razonamientos espúreos, resultados del darse prisa por contar la noticia sin entender lo que pasa.

Todo esto ha funcionado así, no ha existido historia, sólo hechos precipitados y amontonados que se han intentado poner en la perspectiva épica más por motivos estéticos que otra cosa. Queda bonita la palabra Libertad, la indignación, la dignidad. Pero nada de eso significa nada aquí, en un contexto completamente descuadrado, que recuerda en todo al Afganistán de cuando Reagan, a Chile, a tantos otros errores que no se comprenderían hasta más tarde.

Demasiado tarde.

Y sobre todo, a la vieja reclamación: “tradutore, traditore”.
El líder de la revolución, con más ganas que fuerza, intentando explicarse con vehemencia, y los medios abusando del lenguaje para traducir sus palabras de socorro (¡sí, de socorro!) como palabras de amenaza. La traducción de cada cosa que dice como si fuera una estúpida locura, una fanfarronada (aunque tenía razón en todo, en lo de las tribus, en lo de AlQuaeda, en lo del pueblo de su lado…), cuando traduces escoges las palabras, y las palabras cambian lo que dices.

Es verdad que no hay que barajar ninguna oscura conspiración, y eso es lo peor. Los motivos son mucho más estúpidos y los hechos más simples, tanto que no se entienden. Se han repartido los papeles, como en un circo de pulgas (la gente, vista desde muy lejos, es un reguero de pulgas), en que es el disfraz lo que da significado a los actos. A uno se le ha puesto de tirano (un sombrero que últimamente sale muy barato fabricar,… ¿alguien recuerda a Noriega?), a los otros de héroes (ni voy a mencionar a los Mujaidines), ya da igual cuál sea el sonido de las voces, el movimiento de los labios. Se sincronizarán, bien o mal, al doblaje que se ha escrito antes que el guión original.


Estoy releyendo 1984.
Es uno de esos libros que significan algo distinto en cada momento de tu vida, en cada momento de la historia. Hoy, da verdadero pánico.
Oceanía SIEMPRE estuvo en guerra con Eurasia, quien lo dude es un traidor. ¿Y punto? ¿Es todo?


Siento una tristeza física. No es la tristeza que querría para mí ahora. No siento lástima ni indignación de ningún tipo, no siento ni rabia ni víscera alguna se rebela, ni recuerdo alguno se agita. Es una sensación profundamente personal, íntima, de extrañamiento. De alguna forma, incluso mi cuerpo ha interpretado mal lo que quería decir.

01 julio, 2010

SUPERNOVA !!


Laszlo Moholy Nagy
Die spiralige Raumdrehung
Max Ernst
Le Soleil



El tiempo que no escribo no existo.

El tiempo que no escribo no existe.




Laszlo Moholy Nagy
Anatomie
Max Ernst
Anatomie

07 junio, 2010

Angst essen Seele auf


La culpa antecede al pecado. La acción antecede a la intención.
La palabra es anterior a su significado, y ya tendremos ocasión de encontrarle sentido.
Si crees que hay una ley que lo rige todo, si crees que hay un plan maestro, sentirás esta misma incomodidad que me obliga a escribir, palabra tras palabra, porque algo no encaja. Algo repugna a tu razón, o a tu intuición. Pero eso no importa, eso no prueba nada, porque las pruebas se construyen antes que las hipótesis y todo el método científico es un enorme truco de tahúres. Porque las consecuencias vienen antes que los hechos, no me lo discutas, la mecánica del universo es muy anterior a tu podrida lógica.


Existen palabras que no suenan, ausencias que llenan, silencios que aturden. Existen excusas que no permiten perdonar. Existen mentiras que engendran una realidad. Existen paradojas que no te sorprenden.
Las paradojas son consustanciales a la existencia, te has acostumbrado a ellas, vivir es una colección de excepciones. Lo raro es vivir.


La palabra es anterior a su significado. Ahora es una buena ocasión para encontrarle sentido a esto. Escribo al azar y las palabras se ensamblan sugiriendo. Sugiriendo qué. Aparece el sentido. Ya lo había escrito antes (la palabra es anterior), pero es ahora el momento de darle un valor, rellenar este contenedor sintáctico, sin táctica, porque lo primero fue palabra. Fíjate, primero viene el Spam (esa infección electrónica, frío temblor, voz de muertos, o de no-vivos, que es peor). Luego viene su posibilidad, si la miran los ojos adecuados.




Burroughs explora las técnicas basadas en cintas magnéticas. Lee un texto, lo ha escrito él mismo. Graba ese texto en una cinta magnetofónica, es su voz la grabada allí. Manipula la cinta, cortando y uniendo trozos aquí y allá. Edita, reordena, yuxtapone. El resultado lo vuelve de nuevo papel, pudiendo decirse que mediante un procedimiento aleatorio ha devuelto a las palabras su existencia libre del sentido del texto.




La palabra llega primero, luego vienes tú y todo cambia. Cuando escribí esto no sabía quién eras. Ahora me doy cuenta del sentido que tiene esto para ti, las múltiples implicaciones, por lo que tú ya sabes. Me doy cuenta “yo”, un “yo” que vive dentro de tu interpretación de la palabra, un “yo” ficticio.




Wolfgang Roschen - Phonetische Etüde (escultura sonora)

“Mediante un procedimiento aleatorio, las palabras recobran su existencia libre del sentido del texto”. Pero no es así. Burroughs está convencido de que no es así, y ha explorado muy a fondo el subconsciente (con toda clase de ayudas químicas) como para obviar su criterio. Sospecha que el procedimiento de collage de las cintas tiene mucho de automatismo, pero poco de aleatorio.
Burroughs cree que el subconsciente está plenamente al tanto de dónde están las palabras dentro de esa cinta negra, muda, que es como un montón de tinta congelada y arrancada del papel (como si escribieras todas las palabras posibles, una encima de la otra, y ya no se pudieran leer. El tiempo se hace distancias dentro de la cinta, y ese tiempo táctil, filiforme, sigue portando las palabras.
Afirma que la persona que manipula las cintas está completamente al control de lo que está haciendo, pero a otro nivel.



Acabo de cruzar la estela de otro avión, justo en dirección perpendicular al mío. Acabo de colisionar con un avión pasado, mi trayecto y el de otro viajero han coincidido en el punto exacto, por la ventanilla el vapor congelado en el aire escribe un minucioso tratado sobre perspectiva. De pronto la imagen del cielo azul se llena de bruma y me cruzo con un fantasma. Eres testigo.







Surge un autocollage, un texto que adquiere el sentido de los significados ocultos, ocluidos, reprimidos en el texto original. La fuerza que introdujo ese significado profundo dentro del texto es la que ahora opera para sacarlo a la luz, desde dentro del significado tapadera. Por tanto, lejos de ser un proceso aleatorio, es el proceso más genuino de creación, acaso el más sincero y honesto. Las cintas manipuladas están cargadas de una anti-sintaxis violenta, de espasmos de sonidos y palabras, respiraciones a destiempo y fragmentos con los filos aun cortantes, aun sangrantes. Da miedo pensar que realmente ese animal vive dentro de nuestra palabra todo el tiempo.


De manera que escribí la disculpa sin conocer la ofensa. El azar a veces tiene memoria. Antes de aquello, tal vez después (tal vez no tenga importancia). En un tiempo distinto, acaso, escribí unas palabras y existía una culpa desligada de toda la historia, pues la historia no había sido aun imaginada, y la culpa aun no había sido nombrada. El mundo giró sobre su eje, pivotando en esta ocasión en algún punto del mapa, posiblemente entorno al País Vasco, a 800 m de altura. En la trayectoria exacta del vuelo Madrid-Bremen, en la exacta perpendicular Barcelona-Vigo, tras un número exacto de segundos que nadie ha computado. He herido el cielo haciendo la señal de la cruz, la culpa es algo tan cristiano, tan judío, tan humano al fin…



"En ocasiones", comenta Burroughs , "los textos surgidos de esta manera, al ser almacenados y posteriormente releídos, parecen referirse a acontecimientos futuros". Comenta un caso, en que la reelaboración de un artículo periodístico produce la frase lapidaria: "it's not a good thing to sell your father". Años después, quien pronunció estas palabras (aunque con otro orden, con otra intención) fue traicionado por un hijo suyo. La explicación que propone Burroughs: "When you cut on the present, the future leaks". Una mera imagen poética... o tal vez un recurso mediúmico, adivinatorio.

Estas cosas me las contó el propio Burroughs, cuando llevaba diez años muerto.



Me lees, me interpretas, me inventas diciendo lo que crees entender que digo, manipulas las cintas que flotan en el aire (mi voz, campo magnético jamás oído), colgadas del árbol de la ciencia (frutos amargos, una pena, tan hermosos), como si fueran disculpas, haciendo respirar un aire nuevo lleno de tiempo ya vivido. Me inventas diciendo esto y me haces culpable, coagulándose la historia que nunca fue, cargándose todo de un significado que podría ser una historia, que podría escribirse y hasta vivirse, precipitando como el azúcar en el fondo del vaso, naciendo un cristal del significado tan satisfactorio como falso,

Primero es la palabra.
Luego el miedo.

30 marzo, 2010

Textos legales


ALEGATO


Esto no es un texto.


Pronto volveré a escribir, pronto volverán las esculturas de sombra y ciertas vibraciones. El vértigo de la caída, viejas sorpresas en nuevos recuerdos. Pronto florecerán de nuevo los peces en el aire tan sólido de lo nunca dicho. Pero debe hacerse poco a poco, y por eso, esto aún no es un texto.


Podéis alegar que todo lo escrito es literatura, y que un buen actor puede hacernos llorar leyendo los ingredientes de unas galletas con chocolate. Que la emoción no está en lo escrito sino en la palabra, que la palabra es ubicua y hasta al silencio se le nombra.


No me sirve. Existe la palabra que escapa al texto, como un personaje perdido del Coro griego. Existe y no sé cuál es, pero en el transcurso de este proceso voy a demostrarlo ante este Jurado, igual que encontré en su día el texto sin autor, que se escribe a sí mismo, o el mismísimo Nombre de Dios... son sólo palabras, no es tan difícil.


Nadie es capaz de una desafección tal que no deje trozos de piel en todo lo dicho. Nadie puede usar las palabras del diccionario, pues la piedra se rompe al intentar doblarla. Nadie puede escapar al tejido de íntimas relaciones del cosmos, que a todos nos ata en una cosquilla de vértigo y un vacío de muerte. Nadie puede escribir y no entregarse en lo escrito, irremediablemente vulnerable, para siempre vencido. No se puede escribir algo que no sea un texto... y sin embargo esto no es un texto.


Y si fuera un relámpago, si se hiciera todo luces contra el NO, si arrancara chispas de silencio a cualquier negro vacío, si inundara la memoria y los libros, incluso así no serviría. Es solo una renuncia.



DEFENSA


Desde luego no es fácil justificar mi actitud. Escribir una loa al suicidio y acto seguido desaparecer, no es lo que se dice considerado hacia el lector.


Sin embargo, las respuestas generales han sido de muy buen sentido del humor y una apertura de miras encantadora. Quiero comentar alguno de los apuntes que me habéis ido dejando en los últimos meses, en defensa de mi postura inicial, que sin duda se verá desbordada por lo original de vuestras interpretaciones. Sobre todo la pregunta, no sé si a cuento, ¿por qué un pez?


Hermosa la idea de novengoenningunlibro, creo que es un buen motivo para que un pez luchador aparezca en este texto, el pez que agrede a su propia imagen, como el suicida que quiere acabar con aquello que reconoce al verse. Una forma de proteger a los suicidas es separarlos de su imagen. En todo caso, por qué proteger a los suicidas. Por lo mismo que protegemos a los peces luchadores, resulta que son bellos.


Marina habla de la imagen: "acariciar dentro del mar un cabello largo y suelto, como las algas, como el tacto de este otro jardín". Lo dice así, con letras pequeñas y redondas. Yo, que soy amante de cristales y agujas minerales, devuelvo la imagen a la palabra afilada, y añado una referencia a la bibliografía: "El río" de Julio Cortázar: "parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena". Las aletas del pez, como cabellos enredados entre algas, flotando los móviles cabellos de una mujer ahogada en un río. Afilada, pero hermosa imagen, como lo son los rituales del suicidio que Bendicó, asistiéndolos casi monacalmente, transforma en liturgia propiciatoria.


Y está areadoce, con un relato que tiene el poder de las palabras pensadas, más que el de las palabras escritas. Es más que un comentario, transforma mi texto y da verdadero sentido a la imagen del pez. Tu historia del pez suicida conserva el inmenso misterio que representó una vez para alguien tan pequeño, e inyecta su misterio en un universo que hemos olvidado sentir ajeno, extraño, hostil, como peces fuera del agua, y nos acerca una posibilidad de escape, una esperanza. Una salvación, una mano, otro suicida. Para salvar a los suicidas, todos tenemos que aceptar nuestro impulso de saltar de la pecera, una proyección astral, otra forma de salir de aquí.


Después, al fondo, muy al fondo, un despertar.

Y están también todas las protestas, algunas de ellas automáticas. Tal vez todas.



LEY DE VIDA


La acera mojada, como un río rizado de cemento reflejando el color del cielo. Una paloma muerta, pura blandura vencida, yace al borde de un minúsculo precipicio dibujado entre el quicio de una puerta y la más gris de las aceras. Su pico conserva algo de la fuerza de un tópico pacifista, un poco estatua camino de convertirse en escultura surrealista a fuerza de hormigas.


La gente pasaba a su lado esforzándose por ignorarla, por asco al asco, las metáforas muertas son las más difíciles de pronunciar. Su indiferencia fingida los hacía incoherentes con la escena. La gente así, pasando sin inmutarse al lado de una paloma muerta un día gris, da a la escena un aire de cuadro de Magritte.


A un metro de distancia, un hombre con gabardina cerraba su paraguas, como quien enfunda un arma.




DENUNCIA


Llevo unos años pensando en escribir sobre algunas de las cosas que el bipartito gallego había logrado hacer en su última etapa, cuando de pronto, è partito.


Y no queda nada. Iba a hablar de pequeños, a veces inútiles, esfuerzos por cambiar la cara de algunos aspectos tan pegados a la piel de Galicia que parecían Galicia misma. Y no, eran una tierra mitológica, un poco al modo de Torrente Ballester, tal vez un mapa de aquellas tierras tan parecido a la ficción que podía ser habitado. Y llegan las Galiescolas, nuevas leyes de costas, las ganas de hacer las cosas y la muerte del dragón.


El dragón es ese monstruo que sustituye a los miedos originales, a los miedos que cayeron del cielo en beneficio de los señores, de los dueños de los castillos. A las guerras, a las hambres, a los bárbaros de los pueblos próximos. Es interesante que cuando los miedos pasan y los señores podrían ser derrocados, los propios villanos (humillándose a sí mismos en su villandad) ayudan a crear nuevas justificaciones que cubran su vergüenza servil. El mecanismo (espíritu de la colmena) del consciente colectivo crea el dragón, y los señores mantienen un siglo más de supremacía en la búsqueda de un improbable San Jorge. En Galicia, desde los años 80, el dragón se llama Bloque Nacionalista Galego.


Era un partido que todos admitían necesario y meritorio (y AP -luego PP- se alimentaba de él de manera dialéctica), pero que muchos, muchísimos, lo temían como a un demonio, considerándolo incompatible con la tarea de gobierno. Pues bien, apareció el BNG en bipartito, en el Gobierno de Galicia, se portaron bien, no tenía dientes ni cuernos... y por desgracia el dragón es de por sí un animal tímido que vive en guaridas y evita las multitudes. El BNG de la misma forma resultó un partido muy comedido. El bipartito lo era, evitando en todo momento caer en los actos a los que el mito les había predestinado. Los actos por los que, por otra parte, habían sido votados: matar al señor, desmontar la podrida jaula barrote por barrote, hacerlo arder todo para construir sobre las cenizas.


No ha pasado nada. Han vuelto a perder, ha venido Otro (Feijóo es un "no soy Fraga, soy Otro"), y no pasa nada. Es así como funciona, la democracia garantiza un mandatario tan malo como se merezca el pueblo que lo vota. Pero debo denunciar.


Denuncio en primer lugar la política de asfixia del actual gobierno de la Xunta. Asfixia al sistema educativo, a la actividad de I+D, a la salud pública. Denuncio (por haberlo experimentado) la presión política sobre la actividad de los médicos del SERGAS, forzándolos a liberar camas de hospital antes de lo habitual para contener gastos, derivando en riesgos y molestias a los pacientes que son enviados a sus casas. Denuncio también que la maza que sus antagonistas no se atrevieron a blandir, los nuevos ocupantes de la Xunta la están utilizando contra todo lo que se había comenzado anteriormente, denuncio el odio y el mal ganar.


Denuncio aquí también el desánimo, el desaliento, las pocas ganas de soñar. La actitud de todos los que antes los echábamos de menos y luego los echábamos de más. Las excesivas expectativas que pusimos en el cambio, que viéndose cubiertas sólo a medias y con tibieza, nos hicieron sentir traicionados o vendidos. Denuncio que algunos creímos (me incluyo por puro amor a la derrota) que era mejor un mal contundente que un bien insuficiente. Denuncio que cedimos a la tentación que el ansia de castigar lo mediocre optando por la cucharada más grande de la medicina más amarga. Que dejamos de desear y nos abandonamos al mal sueño, a la larga noche de piedra.


Denuncio por último mi propia cobardía, al escribir esta denuncia como un texto de ficción, un cuento de dragones, y traspapelarla entre los párrafos de un larguísimo texto firmado por alguien que no existe.




PROPIEDAD INTELECTUAL Y PLAGIARISMO


Caminar con un automatismo que imita el movimiento humano, iluminando con los ojos-faros un paisaje idéntico al de tu pueblo, proyectando sobre él los colores de la tarde.


De esta misma tarde. Has analizado los colores del cielo y su rápido cambio del gris-añil a un naranja apagado, pasando por la fascinación de un morado con algo de granuloso, un efecto de la sensibilidad de la película a ciertas longitudes de onda. Añadir un poco más de ocre a la mezcla cuando la proyectas sobre las curvas lunas de los coches, para obtener el efecto exacto del reflejo del cielo.


En efecto, mira el cielo, esas nubes. Mirarlas como si estuvieran pintadas. En su mayoría han sido difuminadas con el dorso de la mano en rápidos movimientos expansivos, desde un punto de fuga que coincide con la puesta de sol, hacia los bordes de la imagen en sentido contrario. Una disposición tópica, un tanto gastada, pero bonita. Sobre ellas, demasiado evidente la técnica, algunas están pintadas con un algodón empapado en gouache. En una capa al fondo de la transparencia hay líneas tenues de pastel. Si las miras como si las hubieras pintado tú, dan ganas de quitar algunas.


Escuchar tu propio silbido mientras paseas, como si fuera un silbido sintético. No es difícil hacer un sonido así, una onda en dientes de sierra y algunos armónicos (tienes un silbido algo estridente), y las envolventes que imitan el ligero vibratto, y un toque de ruido blanco. Tocas el teclado y manejas al mismo tiempo los potenciómetros y los controles, divirtiéndote con media docena de rebuscados artificios para hacer sonar el silbido más “natural” (un poco más de ruido, desajuste sutil de la afinación entre los dos osciladores, juego con el portamento, bajar la frecuencia de corte al mismo tiempo que subes el nivel de ruido blanco, como quien silba un poco demasiado fuerte), todo bien mezclado con una grabación de ruido de fondo de la calle, y los pasos, tus propios pasos, con el punto justo de reverberación.


Tienes que dejar de tocar el teclado del sintetizador, porque se te secan los labios.


Y si me besas, porque paseas a mi lado a lo largo de kilómetro y medio de escenografía perfectamente simulada (todos los objetos son planos y tienen las sombras propias y ajenas dibujadas sobre ellos mismos), entonces reconstruir el sabor del beso como quien cocina, con los ojos cerrados mezclar una cantidad exacta de canela, de eneldo, de cúrcuma y esa flor de sal que sabe un poco a lágrimas. Probar un poco, añadir unas gotas de leche de coco, y verter la mezcla sobre algo de pulpa de tamarindo, exactamente esa carnosidad, ese tacto.


Y seguir paseando con la repetición mecánica de todas las acciones, sonidos, paisajes, la conversación predecible hablada con texto predictivo, copypaste, ensamblada con palabras como si fuera dicha de verdad.


Volver a casa y escribirlo en tu blog, como si hubiera sido cierto, como si lo hubieras imaginado.



LA LETRA DE LA LEY


¿Para qué esa tarima, esa distancia? ¿Qué se quiere demostrar?

Lo tengo que leer dos veces para creerlo, porque tal y como lo escucho en las noticias parece que es un ejercicio de ficción, una Guerra de los Mundos radiada por Orson Welles.


Pero es cierto lo que se lee, lo que se escucha, lo que en cada pantalla intenta ser realidad al reconstruir ondas electromagnéticas sometidas a una primorosa postproducción. En un mundo que se parece mucho al nuestro, los niños y jóvenes han sido sustituidos por seres monstruosos. Un mundo distópico que hace pensar en El juego de los Niños (Juan José Plans), o en The Midwich Cuckoos de John Wyndham, ya metidos en ciencia ficción.

Todo es ciencia ficción en el mundo hipertecnificado de las noticias.

Los responsables de raptar a los infantes de la civilización entera y sustituirlos por estos monstruos no son alienígenas ávidos de cerebros, sino periodistas ávidos de extremos.


Y como barrera de contención para que tales criaturas no devoren a su devota docente, se pone una tarima. La tarima es también puente de mando, el recurso del foco y de esa lente anamórfica que se usa con el héroe protagonista que lucha contra las feroces hormigas gigantes. Sólo verla ahí, en la altura, con la bandera ondeando al fondo y su silueta recortada contra la pizarra llena de tiempos verbales y ríos de Europa.


Y si fuera una ridícula película en que las barras y estrellas vencen a pequeños monstruos cabezones, trasuntos de soviéticos alienantes, uno apaga la fuente de ruido y el problema deja de existir. Pero existe un tipo de ficción que sí puede mantenerse ahí y hace el mismo daño. Hay una ficción perversa que cambia la realidad como un sortilegio. Y está en los telediarios.


Y en cada tertulia de café, mediática o no. Y en cada conversación impostada o no, todos parecen obligados moralmente a reconstruir esa ficción. La de que los jóvenes en las escuelas maltratan, humillan y vejan a sus docentes porque su mente ha sido barrida de todo condicionamiento social y, mediante un extraño rayo cósmico llamado ESO. En consecuencia, esa frase que nos asqueaba escuchar a nuestros mayores cuando éramos niños ("los jóvenes de ahora no tienen respeto a nada"), hoy lo repiten más que nunca los que más juraron no decirlo. Eso sí, con variantes sumamente sofisticadas que incluyen palabras indiscutibles (las hay, no se crea), como autoridad, esfuerzo, valores.


La ESO (¿a falta de mejor nombre?) es, en efecto, una poderosa fuerza destructora diseñada por enemigos de la decencia para crear una horda de jóvenes, ignorantes de los Reyes Godos y de dedos hiperactivos, que a base de PlayStation y SMSs destruirán todos los valores sobre los que se asienta la sociedad cristiana. Esos y una bocanada de inmigrantes, integrados y otros. Sobre todo Otros, los hijos de los demás.


Es verdad, lo admito. El trabajo de un maestro es difícil. No lo niego ni lo negaré nunca, siempre he dicho que no solamente es difícil, sino que además es muy importante. Es verdad que mi sarcasmo no ayuda, no cambia nada, sólo exhibe, sólo expone. Es un sarcasmo exhibicionista, como lo es todo escrito periodístico (quiero ser un quintacolumnista). Es verdad que hay chicos muy difíciles hoy día. Los ha habido siempre, o más bien, siempre ha existido el conflicto entre la personalidad del púber y el rol en el que se le quiere hacer encajar, y ese golpe de martillo, esa forja al rojo vivo, es la educación. No sólo admito que es difícil, también declaro que es una de las actividades que supone mayor responsabilidad de cuantas pueden ser realizadas por una persona en esta sociedad. Y el problema que entraña el conflicto antes mencionado puede minimizarse de dos formas: acercándose al joven y entendiéndolo, adaptando el proceso de aprendizaje a la persona (haciendo cada uno su trabajo), o bien imponiendo. El resto de mi digresión a continuación es una consecuencia lógica de lo anterior, así que no la voy a escribir. Cada uno debe hacerla aparecer en el interior de sí mismo, ni una palabra más por mi parte, y sólo un hueco abierto para otra forma de ficción que de cambie la realidad, esta vez en forma de utopía.


Por eso repito, y al repetirlo necesariamente adquirirá otro significado, otra multiplicidad de significados: "¿Para qué esa tarima, esa distancia?".



EL CUERPO DE LA LEY


Qué extraña manía de intentar distinguirnos del flujo de la historia. Qué eterna fuente de frustración, la de creernos distintos porque distinto es nuestro tiempo.


Por poner un ejemplo estúpido, el empeño en hablar de ciertas modificaciones de la imagen fotográfica, a través de medios digitales, como si de verdad importara ese medio digital.


Y sobre todo, la manía de hacer publicidad gratuita de una marca comercial por encima de las demás. Como podría ser Corel Draw, Aperture, Photo Finish, Corel Photo Paint, Lightroom, Silkypix, Lightzone o incluso las gratuitas: GIMP, Krita, Aviary Phoenix, Pixelmator... Sin necesidad de decir, como si se tratase de una tecnología en sí, "El Fotochóps".


Y no me molesta tanto que se haga publicidad gratuita a una marca comercial determinada (hay que admitir que es un buen programa y posiblemente Adobe se lo merece), eso no me importa. Es el aura de tecno-misticismo que se le atribuye. Parece que el hecho de utilizar retoque fotográfico fuera nuevo, un signo de nuestro tiempo del que escandalizarse a medias, ese escándalo que oculta un profundo y legítimo orgullo, como quien coquetea. Similar al orgullo contradictorio de vivir en un edificio enfermo, tener un virus informático, o ser víctima de la crisis.


No sólo no hay nada nuevo en el retoque fotográfico, ni es éste el que produce trastornos alimentarios. La imagen de una modelo en una revista puede disparar una obsesión en una joven, pero la necesidad de esta joven por autolacerarse, por buscar una autojustificación hacia esa violencia física hacia sí misma, procede de más adentro. No voy a hacer de psicólogo, pero tampoco voy a admitir las más simples de las explicaciones, sólo por mantenerme fiel a mis tiempos.


Y si después de todo es escándalo legítimo el del retoque de las antropometrías, no sé si será porque las propias antropometrías lo son, si el entallado de una blusa (su sugerencia de cuerpo y forma) lo es también, si orientar los focos en forma favorable (pintando con luz la belleza sobre la realidad) no será una trampa igualmente, si la mera idea de fotografiar no es un deseo de olvidar la realidad y sustituirla por su sombra, si no estamos mirando el mundo a través de una pantalla porque deseamos volver a ser arrojados a La Caverna, si el mero mirar no nos distancia para siempre de lo mirado.


Si no hemos puesto desde el principio nombres equivocados a las partes de nuestro cuerpo, a las formas de nuestra persona, a todos los objetos y los actos, para alejarlos, para taparlos. Si no habría que rechazar el retoque verbográfico y nombrar las cosas al menos una vez, nombrarlas una a una.



PERIODO DE ALEGACIONES


1. Hay quien dice, con altivo respeto, que la fotografía no es un arte, que no tiene el mérito del pintor. Entiéndase, mérito es trabajo, lo dicen en los colegios de monjas (y el arte religioso no se lleva bien con el celuloide). Hay que darles la razón, no se puede evitar. Hay que decirles que darle al botón no tiene mérito. El arte es mirar.


1.5. A aquellos mismos hay que someterlos al test del objeto invisible. A la manera de Morandi, a la manera de Giacometti, el test sería un inverso del Traje del Rey. El arte es mirar.


2. Decía Wilde que el rechazo del arte decimonónico por el realismo es la rabia de Calibán al ver su imagen en el espejo, y el rechazo del arte decimonónico por el romanticismo es la rabia de Calibán al NO ver su imagen en el espejo. Hoy día a Calibán le llegaría con tener página en Facebook.


3. Viendo la cantidad de basura en forma impresa que se acumula en cualquier quiosco, uno está por darle la razón a Cortázar y su cuento "el fin del mundo del fin", pensar que se seguirá imprimiendo basura en una forma indiscriminada, sin ton ni son, hasta colapsar lo legible sin que nadie lo lea. La diferencia con el cuento es que, quién lo iba a decir, entre medias de todo lo escrito que quedará sin leer, no navegaremos con barcos inmóviles. Navegaremos por internet, buceando medio ahogados entre tantas palabras inútiles que quedarán sin imprimir.


4. En Política todo deseo es lícito mientras no se logre. En el Arte, todo logro es lícito mientras no se desee. En leyes, ¿todo arte es político?


5. Con una rabia terrible levanté el puño, abrí la boca para expresar mi queja hacia todo lo que tenía a mi alrededor. Olvidé mi queja, estas cosas que le pasan a uno a veces, un despiste. Aprovechando que tenía el puño levantado, comencé una violenta revolución. Algún día recordaré por qué, creo que por ahora no hace falta.


6. Sueño con fuego, con fuegos. Sueño que todo arde. Es el momento de mayor paz.




EL ESPÍRITU DE LA LEY


Porque las reglas están para romperse, todos lo saben. Si hay una puerta, es para contener, para cerrar; pero debe ser abierta, franqueada. Es inevitable que toda verja sea trepada, toda . Aquello que se cierra para protegernos, también se abre para dejar pasar aire fresco. Y las leyes, todas las leyes, son infringidas por un bien mayor al menos una vez.


Quien hace la ley lo sabe de antemano, debe saberlo. Es posible que se introduzcan elementos arbitrarios e injustos en las leyes para obtener un beneficio equilibrado en su inevitable. Por eso entiendo los huecos de alegalidad en la justicia humana, esa mezcla de ruleta rusa y logia masónica que es la justicia humana, siempre con huecos deliberados para saciar la necesidad de imperfección.


Pero la ley divina, esa no es admisible. Sus estamentos cerrados, sus absolutos y sus normas alimentarias, convertidas en absurdo por la biotecnología. Sus redes sin huecos, diseñadas directamente por algún Dios, por Dios en persona (a imagen y semejanza nuestra), ¿para qué?


Como todas, para ser rota.


La base misma de la mayor parte de religiones es perversa, y el cristianismo más que ninguna, por cómo funciona la justicia divina. Las tablas de la ley son una reafirmación de la intención perversa y rebuscada de un Dios que plantó, en mitad del Paraíso, un árbol del que no se podía comer. En un entorno idílico con una vida unidimensional no se necesita más para trazar la red.


Pero una vez arrojado el hombre al mundo, una vez sometido a las caprichosas leyes físicas, a las arbitrarias leyes humanas, a la ineludible ley del deseo, qué necesidad había de un nuevo árbol del Saber. Ninguna, además no serviría. Al gritar de nuevo las tablas de la Ley, se le vió el plumero. Un corpus legal construido sobre una palabra: NO. Sobre los actos ya hechos, letras escritas sobre las líneas de la mano. Contradiciendo lo que cada uno hará, al menos una vez en la vida, toda metáfora misma del vivir, se escribe una ley de diez contundentes puntos que cubren los huecos, que taponan las salidas de todas las demás, y reclama para sí la ejecución de la primera maldición, del pecado original (la semilla ha de germinar).


Y Dios lo hizo a propósito. El pobre no tiene más remedio que hacer las cosas a propósito, no puede disfrutar de una historia sin conocer el final o paladear el goce de ir tanteando en la oscuridad, él que lo ve todo. Viviendo como vive fuera del tiempo, todas las historias se aparecen enteras delante de él, principio y final simultáneamente.


Así que esa terrible y tortuosa historia de una humanidad sometida a su propia maldición fue a propósito. Para superar sus limitaciones, para pasar unas vacaciones fuera de su eternidad, encarnarse en un hombre y salvar a los hombres. Pero como los hombres no tienen remedio pobrecillos, queda la puerta abierta a una segunda parte, como en las novelas escritas a propósito.


Y no le culpo. Cada uno hace lo mismo cuando urde el plan para una novela y la perpetra. Uno sabe de antemano que se cometerá un crimen y que el personaje no tiene escapatoria, pero le deja que intente escapar página tras página. Uno es demiurgo de su novela y desenrolla el tiempo de la trama, primero generando una historia simultánea y autocontenida, accediendo a la intemporalidad por la vía de la ficción literaria. Uno escribe para generar la eternidad dentro del tiempo, y forzar la paradoja para que el tiempo cristalice en un sempiterno crimen. Dentro de cada tiempo cristalizado viven Dioses que crean su mundo usando un pecado para que fluya el tiempo. En un juego de muñecas rusas, ficciones dentro de ficciones dentro de historias, y cada Big Bang es un chasquear de la lengua.


Después de todo, al principio era La Palabra.




HECHA LA LEY...


Ha molestado el calendario que para 2010 ha preparado el ayuntamiento de Vigo. Se dice que de entre las 140.000 fotos del archivo municipal ha escogido las doce más siniestras y oscuras. Una docena de fotos terribles, para la docena de terribles meses que se quieren ilustrar. En vez de ser gatitos en cestas o bebés regordetes disfrazados de flores, son fusilamientos, palizas, brutalidad policial, miedo en las caras de los hombres, llanto en los huérfanos. En vez de bouquets de crisantemos de varios colores son fotos grises de grises sobre la sombra negra de hombres negros de tanta hambre.


Pero la verdad es que se han limitado a cumplir la ley. La Ley de Memoria Histórica. Son fotos de la represión franquista durante los años 40 y 50 en Vigo. Lo que molesta a los vigueses es que en lugar de mostrar vistas de la ciudad, los muestra a ellos, de uno u otro lado, en estampas que quieren olvidar, que se han empeñado en tapar con hormigón, asfalto y buganvillas. Son cosas que hay que decir para poder olvidarlas con sentido, que hay que sacar de abajo de la alfombra para poder enterrarla en el sitio adecuado. Independientemente de eso, simplemente se está cumpliendo la ley.


Y hecha una ley, hay que cumplirla.


Hecha la ley...




... HECHA LA TRAMPA


He de confesar algo; sí he vuelto.


18 febrero, 2009

El Otro Jardín


Para salvar a los suicidas debemos lograr que ningún cuchillo corte, que ningún tenedor pinche.

Sin cuchillas de afeitar, sin tijeras. Un mundo de largas barbas, de pelos largos.

Para salvar a los suicidas, que paren todos los trenes, todos los coches. Todos caminaremos entre cementerios de vehículos quietos, y en las vías crecerá la hierba. Una hierba mullida y sin alacranes.

Todas las armas estarán cargadas, pero sin gatillo. Como esas promesas que no hacen daño ni se cumplen nunca. Como el arco siempre tenso de ese cielo que no acaba de caer, que no acaba de llegar.

Los venenos, las pastillas, tampoco. Todo estando en su estado más degradado, más inocuo, como un cuarzo o el agua.

El suelo será blando, blandos también los muros. Las voluntades de los hombres serán blandas, los hombres serán cobardes pero no demasiado, pues la demasiada cobardía es igual de afilada.


El mundo sería chato, de nuevo la tierra plana, de casas bajas. Ningún andamio para subir y caer.


Pez-flor




Un mundo a oscuras, pues la electricidad es una fuerza mortal al alcance de los dedos.

Si os dais cuenta, el peor enemigo del suicida es el tiempo. Con suficiente tiempo todo se desafila, todo se reblandece, la energía se gasta y los venenos caducan. Hasta la voluntad de morir se quiebra con la muerte misma, y todo deja de importar.

Y el mar, tal vez el mar, la mayor verdad, la única excepción. Si el tiempo no puede con el mar, no podremos tampoco nosotros con él, y siempre quedará la muerte por asfixia, por ahogamiento. El mar amigo, ciego. Para salvar a los suicidas nos tendremos que salvar de morir ahogados, y para ello lo mejor es no salir del agua. No salir a la luz.



29 enero, 2009

Curso breve de literatura breve en cuatro pasos


1.- Aprende a escribir (eso es lo más fácil).

2.- Aprende a borrar. Desaprende, desaprehéndete de las palabras. Táchalas del borrador hasta que sólo quede la caricia y la espina.

3.- Deja de sentir tanto, deja de pensar tanto. Que lo hagan tus personajes, a ellos les toca vivir.

4.- Este es el punto más difícil: deja que sean tus personajes los que callen.


Puedes practicar, por ejemplo, con ese cuento que siempre quisiste escribir. Ese en el que una joven vestida de negro mira por la ventana, durante horas. De pronto sonríe. Y todo queda decidido.

09 enero, 2009

Talión


"entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie"
(Éxodo 21:23, 24)



El principio de equivalencia de la legislación Mesopotámica fue formulado posteriormente en Israel en la forma de la conocida Ley del Talión . En realidad, un avance en la jurisprudencia, porque evitaba el revanchismo y las espirales de violencia. La idea es que sólo debe pagar por un delito aquel que lo comete, y no un miembro de su familia o su comunidad. También que debe pagar un precio equivalente al daño objetivo infringido, y no a la percepción subjetiva de la gravedad del acto. Con ello el estado tomaba partido en disputas que solían ser consideradas un asunto privado, imponía una retribución justa a la parte infractora, dando por zanjada la cuestión.

Esta ley era indispensable en una sociedad sanguinaria y vengativa como era el feudalismo mesopotámico del tercer milenio antes de Cristo.

En la antigua Judea muchas afrentas seguían siendo consideradas asuntos privados (incluyendo mutilaciones), pero incluso en el ámbito privado la Ley del Talión se empleaba para dirimir cualquier disputa y evitar que se perpetuara. Evidentemente la formulación original de la Ley del Talión es bárbara y brutal: mano por mano, pie por pie.
Si bien Moisés había ordenado "El que mate a un animal, devolverá un animal. El que mate a un hombre, morirá" (Levítico 24,19-21), el Talmud suavizó su aplicación.Podría resultar que un daño cometido accidentamente, resultante en mutilación, tuviera como contrapartida una pena en la que la pérdida de sangre o una infección provocara la muerte del infractor. También se pensaba que la mano de un artesano no era igual que la de un ladrón, en su valor (aunque ambos la usan con habilidad para ganarse la vida). Por eso la ley Talmúdica transfiere el espíritu de la Ley de Talión, pero no su literalidad.
Se plantea entonces regresar a la retribución dineraria en pago de la afrenta, como ya practicaban los sumerios antes de Hammurabi. Aquí comienza el problema. Talión es establecido como principio práctico para los Jueces de Judea, que tienen que valorar qué es esa "equivalencia", y a cuántos corderos equivale un ojo, cuánto dinero corresponde a un diente. Tal vez una vida. La vida de quién.

La evaluación económica del valor de una vida es una crueldad cotidiana con la que convivimos sin saberlo. Cuando se establece el precio del barril de crudo se suman distintos costes -de producción, almacenamiento, transporte, ... - y a ello se suma un concepto macabro: el coste derivado de mantener la estabilidad en la región productora. Entre esos costes, se contabilizan vidas. Sinceramente, creo que el petróleo sigue siendo demasiado barato.

Porque si os parece cruel el talión en su formulación más antigua (quien hiere es herido, quien mata muere, para saldar la deuda), creo que es más cruel ese nuevo Ojo por Ojo ponderado, con realización de medias aritméticas de la cantidad de ojos debidos, con su cobro delegado en todos aquellos con responsabilidad subsidiaria, transferencia de culpas a noventa días, lo justo para que fracase toda mediación, toda justicia.

El dibujante Pau, en una de sus viñetas para el Diario de Mallorca lo pone muy claro.




Tres días después de haber comenzado la Operación Plomo Fundido, ya había cuatrocientos muertos y dos mil heridos.

Hablamos de equivalencias. Son exactamente dos veces el 11M. Si la cuenta la hiciéramos hoy, saldrían casi cinco veces. Aquello fue casi insoportable, incluso para un país como el nuestro. Cuanto más para un trozo de tierra seca con poco más de un millón de habitantes.

Pero no hay equivalencias hablando de un país sin tierra enfrentada con un pueblo sin patria, la vergüenza contra la ofensa, la venganza contra el rencor. Un dibujo en el mapa, una mancha de tinta, esto os corresponde. La tierra prometida (me habías prometido más), un talión por sí mismo: me avergüenzo de lo que ha hecho mi hermano, el de la quijada y el bigote, aquí tienes una justa compensación, un trozo de tierra de otro, una justicia discutible, te regalo un problema. Toma una libra de su carne, pero sin derramar una gota de su sangre. Mercaderes de hombres, pesando patrias en un plato y vidas en el otro. Y la gente con hambre pesa menos, y las tierras con sueño pesan más, nos pesan los párpados del sueño de la tierra de los sueños, promesa sin habitar.

Y si un hombre se saca un ojo, a quién se lo cobrará. Y si un pueblo escoge a un líder suicida para enfrentarse a otro pueblo sanguinario, y si se inmola a quién reclamará. Y si fueron israelíes quienes asesinaron a Isaac Rabin, una esperanza para la paz, a quién pedir cuentas. Y si los propios palestinos decidieron poner a Hamás por delante de Al Fatah, quién tiene la culpa. Y si ambos tienen razón por la razón equivocada, quién pagará el error de su razón.

Y por qué tenemos nosotros que preocuparnos por hacer esas cuentas, ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?



¿Lo soy?

28 diciembre, 2008

Encontros e Despedidas



ENCONTROS


El concierto de María Rita (Montreux, Agosto de 2006) era un continuo vaivén de ritmos arrancados por el potente gesto de sus manos, la fuerza de sus movimientos que los empujaban hacia adelante como en mareas vivas. Bocanadas de gusto a Brasil que nos daba de beber su voz.


A pesar de ser una canción lenta y algo melancólica, "Encontros e Despedidas" de Milton Nascimento era perfecta para aquel concierto. "Todos os días é un vai e vem, a vida se repete na estaçao". Un mecerse, un ir y venir, como las manos de María Rita. "Tem gente a sorrir e a chorar".


El percusionista iba marcando de fondo un ritmo binario con las escobillas sobre las congas. Nunca lo había visto. Era un resonante susurro de tren lejano, con la insistencia de un recuerdo que no quiere ser olvidado pero no llega a convertirse en palabra.


La canción era tocada en intensas oleadas de crescendo y diminuendo, hasta que el sonido moría totalmente, justo antes de volver a arrancar otra estrofa más vehemente todavía.


Lo que más me llamó la atención era ese murlmullo de tren, esas escobillas que continuaban invariables, desconectadas, descolgadas del cíclico anhelo del piano y de la voz. En una canción que habla del ir y venir de la vida, de esa estación donde lo efímero se perpetúa en su repetición, por un momento pude asumir la perspectiva del maquinista del tren.


Lo invariable es el movimiento. Lo que perdura es el viaje mismo.


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DE NATURAL INGRÁVIDO 

El despegue fue tan violento que tuve que sujetar el cuaderno para no mancharme de todas las palabras a medio escribir, que se me venían encima.


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HORROR VACUI

Es extraño sobrevolar la ciudad (hoy Lisboa). Es temprano, y la luz rasante arranca colores pastel a unos edificios de una belleza decadente. Se ve despertar la actividad, se ven coches, comercios, luces. Lo que no logro ver es gente.

Posiblemente es por la distancia o por la perspectiva, pero las ciudades desde aquí parece que no nos necesitaran. Noto el lento latido de la ciudad, su propia vida... indiferente a la nuestra.

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La Tranquilidad del Domador de Fieras

Los despegues en días como hoy (una mañana fría y plomiza) son una demostración del engaño de toda sensación de seguridad. Nada más salir el avión, el suelo parece una caótica masa parda, capaz de tragarnos, masticarnos y escupirnos. El aire es desapacible, y se siente su inhóspita turbulencia. Es por las bajas presiones y las nubes bajas. Es ese falso techo tan próximo, parece que nos fuera a aplastar bajo un peso de latón enfermo.


Quizás sea el contraste. Al poco tiempo de despegar ya estamos atravesando las nubes, densas como la ira e igual de grises. El avión temblando, el miedo, las turbulencias. Otro minuto de ceguera, y de pronto todo es tenue, como un paisaje asiático, apenas un instante. Se ha tranquilizado todo. Tan rápidamente se emerge de las nubes que la luz hace daño a los ojos. Un sol intenso, cálido sobre la piel. Un cielo limpio, un abrazo azul. Y ver debajo una capa de nubes que parecen algo sólido y suave. Tal vez nieve, tal vez una gigantesca colcha.


De eso hablaba, de la seguridad que sientes entonces, al estar por fin sobre esa nube que parecen manos abiertas, que no te dejarán caer. 
Un firme. Una red. 
Una pareja, una casa, una carrera, un hijo, un trabajo, una nube.


Abajo empieza a llover.



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A Hombros de Gigantes

Me cuesta explicar la emoción del aterrizaje en Málaga. Primero es sentir todos los pliegues de la Tierra, sus formas elevadas hacia el cielo con los colores y brillos de la montaña nevada. Es Sierra Morena, es la costa a lo lejos, y un tapiz de texturas que casi se saborea. Y pronto es el mar.


El avión sobrevuela un tramo de Mediterráneo, en una suave curva, para entrar en Málaga desde el mar. En el camino, se incendia el ensueño.


Entre la bruma añil de un cielo conmovido por la distancia, se adivina la sombra de un coloso. África. La visión ensoñada de los montes Atlas no me abandona ya, me acompaña junto con esta luz, este fulgor de espacio exterior, este sur que no logro reconocer nunca. Este sur que es mío y al que aun soy un extraño. Y África nos mira.


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Un Sabor a Tierra (y a Luna)

Extraño fue aquel regreso, en una especie de anochecer ciego, casi sin matices ni colores. Un contraluz saturado de un blanco pálido, el brillo del agua de la Ría de Vigo, piel estremecida por un viento frío. Se veía el frío. Escamas muertas de plata helada.

El puente sobre la ría, más pequeño y fino que nunca, erosionada su silueta por una luz que devoraba toda pretensión de forma. Y pronto la montaña trayendo su noche, imponiendo los pardos, los grises y el amargor adelantado de la rutina. Una gran luna sella ese pacto de silencio.



Vista por la ventanilla y esquema
1- Ventanilla   2- Luna   3- Reflejo   4- Ala

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EL OTRO LADO

París a mediodía, en otoño. Por poner un ejemplo.

Se trata de esos mundos de agua que encuentras en distintos puntos de la tierra, que dan una sorpresa que sólo se vive desde el aire. Esa mezcla de mundos, múltiples capas de engaño.

Hay agua en París. En las fuentes, en pequeños lagos en infinitud de parques, y el río. El río ubicuo en tantos meandros, cruzando y rodeando la Isla de Francia. Desde la altura, tanta agua es completamente plana y tranquila, un espejo perfecto de agua recortado sobre la tierra más seca.

La sensación es muy hermosa, y también inquietante: a mediodía, en otoño, el sol hace vibrar el oro sobre el agua. Si uno mira hacia la ciudad mientras el avión se aproxima al aeropuerto, ve el cielo y el sol reflejado en los múltiples corrientes y encharcamientos de agua. Entonces uno lo ve claro. No es agua, es un hueco a través del cual se ve el otro cielo. El que está debajo de la ciudad.

Es París que ha sido desgarrado en un canal con forma de Sena (y sus meandros), y taladrado en diversos parques y lagos, es París después de la lluvia -ácida-, una ciudad de un espesor finísimo, apenas una corteza, que se ha disuelto en algunos sitios. Y se ve el otro lado. La luz del sol, ese otro sol que vive debajo de la ciudad de la luz, alumbra y deslumbra desde ahí detrás, puede verse ese otro cielo. Puede espiarse toda su plenitud mientras el avión pasa, puede reconstruirse su forma sumando la imagen adivinada por todos esos huecos, voyeur de un paraíso al revés. Además del vértigo, siento la angustia de estar atrapados del lado incorrecto del espejo. Reviso el folleto de seguridad del avión, aunque creo que no menciona nada de ilusiones ópticas.


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FÍSICA DE VUELO


Antes del despegue, la tripulación de cabina reparte caramelos de menta. Junto con una sonrisa, claro. Creo que las turbinas entran en régimen ayudadas por el crujido acompasado de docenas de papeles de celofán, todo el mundo está abriendo sus caramelos.
Pronto la cabina se llena del alegre tintineo del caramelo entre los dientes, y la boca de cada viajero se llena de frescor. Asciende el vapor de mentol contra el paladar, y todos nos sentimos más ligeros mientras el avión despega. Se nota el eucaliptol empujar el velo del paladar, arrastrarse por entre las fosas nasales, despejando la nariz, escaparse por las ventanas nasales.

Y yo me pregunto si ese ligero empuje no estará ayudando a la fuerza ascensional, y a facilitar el despegue. Hago mis cábalas, como cuando pienso en una mosca que vuela por dentro del avión, y otras composiciones de vectores y fuerzas. Supongo que entonces mi mente también flota más que de costumbre.


Al aterrizar, nos ofrecen caramelos tipo toffe. Entonces es cuando me convenzo de que lo hacen a propósito. Setenta y seis pasajeros notando simultáneamente el cálido sabor del toffe y su textura blanda llenando la boca, la somnolencia y la placidez, y con ello ayudando a un descenso suave y seguro, una vuelta a la realidad sin sobresaltos mientras se despliega el tren de aterrizaje.


No sé qué pensarán los dentistas de estas prácticas.



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Knossos

Bruselas contradice muchos tópicos. Solemos pensar en que, a lomos de un avión, nos sentiremos volando como si fuéramos pájaros. Sin embargo, al sobrevolar de noche la ciudad en aproximación al Aeropuerto, me sentí más como una mosca.


Una mosca pasando a través de la tela de araña cubierta de rocío, en una zona umbría de un monte al amanecer (tengo una imagen muy precisa en la cabeza, y ahora no sé si ha salido de Bélgica o de algún monte asturiano). Las gotas brillan sobre la invisible red, una geometría transparente.


Y qué decir del aeropuerto. Las luces de las muchas pistas cruzadas son de distintos colores y parecen flotar en el aire. Su luz reverbera dentro de los ojos sin alejar lo más mínimo la oscuridad absoluta en la que nadan.



¡Y yo que esperaba aterrizar en medio de un charco de chocolate!



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DESPEDIDAS


Cada viaje es el último. Cada vez que volvemos, algo se rompe o se pierde.

Viajar es abandonar la responsabilidad de vivir nuestra vida, dejar un recortable en nuestro lugar y esperar que al volver todos los demás nos hayan dejado el hueco que ocupaba nuestro cuerpo.


Es absurdo. Cuando salimos de nuestro mundo, éste se colapsa y rellena el hueco con un caos líquido y salado. Nosotros nos llenamos de sustancia alienígena mientras que nuestra misión en nuestro mundo se llena de incoherencia, hasta que desaparece. Y al volver necesariamente tenemos que comenzar de nuevo, porque el mundo ha cambiado desde que nos fuimos, y porque nosotros somos otros. ¡¡No podemos creer de veras que vamos a seguir como si nada!!


Y es que viajar es más bien resetear todo. Es como el ascensor, ese lugar en el que nos refugiamos cuando el piso seis vendrá y aplastará a la planta baja, acabará con todo lo que hay allí, hará papilla a todo el que no fuera capaz de entrar en el ascensor. Todo eso sucede mientras uno está en esa celda en la que todos disimulan, miran arriba, intentan abstraerse de la devastación y muerte que reina afuera. Cuando todo ha acabado, el ascensor avisa con un alegre tintineo, y las puertas se abren. Impera ahora el Piso Seis, con su nuevo paisaje, su nueva gente, desalmados que no muestran la menor compasión por aquellos que acaban de aniquilar.


Y viajar es lo mismo. Nos metemos en un ascensor con asientos, y nos cambian el paisaje, acaban con lo que conocemos y lo cambian por un sueño a lo Kafka. Mientras, hay el tiempo justo para reconstruir una copia exacta de lo que dejamos atrás.


Porque cada viaje es el primero, y nos dejamos cambiar tanto por lo nuevo que nunca regresamos.

Lo que perdura es el viaje mismo.

30 septiembre, 2008

Lo único que nos queda


Siempre queda la duda.

Tal vez durante el breve momento en que el pensamiento se distrae, mientras dejas que la línea de la carretera guíe el movimiento del coche y ni piensas en el camino, tal vez entonces ya te hayas pasado la salida. Pasas el resto del camino preocupado, con la sensación de que todo podría ir mal y de que toda la normalidad y calma esconde una gran mentira.

Es sólo un ejemplo.

Al entrar en un avión, el personal de tierra comprueba el billete, lo pasa por un lector magnético y lo valida. La pantalla dice claramente el destino, pero por si acaso, la azafata no te deja pasar hasta comprobar que tu billete corresponde al avión. Y sin embargo, sucede. Ves a la tripulación de cabina como loca contando tres o cuatro veces los ocupantes, sobra uno, preguntan, buscan... y al fin encuentran al viajero que iba en realidad a Praga y no a Viena.

No podría suceder sino por una inverosímil combinación de casualidades, que incluyan que alguien se confunda de avión, que justo su billete no sea controlado como debe, y que el asiento que tiene asignado resulte estar libre en el otro avión. Y sin embargo, sucede.

Tan sólo hay que añadirle una casualidad más.


Alberto Giacometti - La plaza de la ciudad


Imaginemos que nada llama la atención de la tripulación, que hay un número idéntico de personas del vuelo A en el avión B que del B en el A, todas despistadas, todas con suerte en el cruce de asientos. Las cuentas salen, los errores compensados son otra forma de equilibrio.

Entonces tendremos a parejas de personas con destinos cruzados. Tipo "extraños en un tren" pero involuntarios. Imagina la situación: una señora va a Praga y entra en un avión a Bucarest, amparada por la coincidencia que mencionamos antes. No habla ni checo ni húngaro, posiblemente los dos le suenan igual, así que, ¿cuánto tiempo tardará en darse cuenta de su error? Puede coger un taxi y decir "Sheraton Hotel", algo así, y la llevarán al Sheraton. Pueden pasar horas, o incluso un día entero sin que se de cuenta.

Una vez me sucedió. Esperábamos en el aeropuerto a que un coche de la compañía nos fuera a recoger. Era nuestro primer viaje de trabajo a Inglaterra, lo cual podría servir de disculpa.
No, no puede, la historia es demasiado absurda.
Estábamos indignados porque llevábamos esperando más de una hora y no había coche. Una hora más tarde decidimos coger un taxi y exigir que se nos abonara el importe. El conductor del coche de la compañía fue acusado de no acudir o de estar borracho. Él insistía en que estuvo esperando, tardamos días en comprender algo muy sencillo: nos esperó en Heathrow, nosotros llegamos a Garthwick. Nos engañó la cómodidad de una idea sencilla, "aeropuerto". O la palabra misma. Como nos suelen engañar las palabras más próximas, "casa", "hombre", o alguna aun más peligrosa, como "amigo".

Siempre queda la duda. A veces me despierto sobresaltado de esa tranquilidad cotidiana que decimos "normal" (otra palabra taicionera), pensando que pronto descubriré un nuevo error, un gran fallo que ha sido enmascarado por la homogeneidad de las ciudades extrañas, las gentes extrañas, sus motivaciones y sus movimientos tan ajenos.

Un día cualquiera. Viajo a algún lugar en el que no he estado antes. Sin tiempo para turismo, apenas pasar tres días en un congreso, soltar la charla pertinente, volverme. Preocupación, maletas, taxi, aeropuerto, facturación, tarjeta de embarque, controles, cinturón y reloj porfavor, pasaporte, embarquen urgentemente por puerta B39, no olviden sus efectos personales...
Muchas veces, durante el vuelo me da la impresión de que no he mirado con suficiente cuidado la puerta de embarque, o que me he dejado llevar por la marea humana preocupado más del peso de mi equipaje que de mi destino. Tal vez la rutina me pueda. Y dejo que la línea de la carretera guíe la conducción, despistado de nuevo.

Pero es peor cuando no me doy cuenta, no compruebo el nombre del aeropuerto al llegar, me alojo en el hotel y hasta me quejo si no estoy registrado al llegar, digo que la agencia se encargará de todo y el recepcionista me deja subir pidiéndome disculpas. Soporto el congreso sobre un tema que entiendo sólo a medias, en el que gente de todos lados se esfuerzan en hablar un inglés incomprensible. Intercambio tarjetas con gente que las perderá incluso antes que yo las suyas. Lanzo mis veinticinco minutos de gráficos y tecnicismos a un grupo de gente a la que le importa poco lo que digo, ...

... y sólo entonces, durante el viaje de regreso, me pregunto si no habrá sido todo un gran error. Una inmensa concatenación de casualidades que no sé exactamente en qué momento empezó. Una duda fría y pastosa como lodo. Si no habré estado en un lugar que no era, hablando a quien no debía oír. Si no me habré dejado en el hotel un año entero de instituto, o el recuerdo de un concierto en el parque. Si mientras tanto alguien habrá ocupado mi lugar mi espacio mi vida mi cuerpo. Me miro las manos, sigo preguntándome. Cómo me llamo realmente, ¿me equivoqué de ropa y ella me llevó a donde estoy? Repaso años de mi vida preguntándome en qué momento me pasé la salida.

Al llegar a casa te encuentro, me abrazas, te miro...


... y siempre me queda la duda.



Max Ernst - Eva, la última que nos queda.

07 septiembre, 2008

Autorrelato


Quiero leer un texto que comience formulando un deseo.

Quisiera, tal vez, que empezara como dubitativo.

Lento.

Muy, ... muy suave. Lienzo de palabras dulces, ronroneo de luna y un mecerse en la caricia más profunda. Que fuera de pronto tan evocador como la voz que recuerdas cuando te quedas en silencio, como una foto en sepia, como aquel lugar de tu infancia.

Que quien escriba tenga que cerrar los ojos, oir hacia adentro, sentirse lleno. Y quien lo lea lo note, lo sepa.

Ese texto continuaría creciendo desde el susurro al canto. Quisiera que se fuera llenando de luz como los primeros días de primavera, de palabras frescas, aéreas, de cascadas y explosiones. Se te llena la boca de ríos, de pura luz, de la palabra luz.

Un gozo de leer, pero también un asomo de decepción. Porque uno le pilla el truco al juego. Aunque es un juego bonito y uno participa leyendo, si-la-be-an-do, y porque te dices es un buen texto después de todo, y da pena que se acabe. Ves el final del texto ahí abajo, como cuando se va acabando un libro y sientes adelgazarse el montón de páginas entre los dedos.

El texto que quiero leer no es distinto, y por mucho que se alargue el autor en digresiones, quien lee atisba la última línea, esa última línea que el escritor se resiste a escribir. El lector la espera, relamiéndose. Quiero leer un texto que acabe con una última frase sencilla, inquietante y secreta, que encierre una sentencia, una posibilidad y una paradoja.

Pero un texto así no puede escribirse.

07 agosto, 2008

Hoy


Hoy el cielo se ha llenado de nubes. Por primera vez desde hace tiempo, coincidimos aquí las nubes y yo. Habían estado de visita cuando yo me iba, y al revés.

Delante del sol se mueven tres capas de nubes deshilachadas, a distintas alturas en el cielo. Entre sus huecos se enhebran hilos de luz (á la il Veronesse), que se mueven, aparecen y desaparecen por culpa del deslizamiento desincronizado de las nubes.

Los sonidos de la tarde son tan mortecinos como sus colores. Posiblemente me lleguen teñidos ya. Monótono, musical, rítmico, el canto de un grillo inaugura y acompaña la noche de Agosto. Obsesiva y maniática secuencia de cinco ladridos, un silencio, cinco ladridos... bastante lejos. Un pájaro alterna un patrón de negra, dos corcheas y silencio de negra, con otro más gracil con mordente en la primera nota, siempre con un afinado arpegio mayor. Los ritmos de los tres animales, sencillos en sí, pueden oirse combinados en complejos esquemas polirrítmicos. Se funden, se separan, y hasta su eco parece jugar con el tiempo.



El otro sonido no se funde con los animales, aunque también procede de un animal. Es como si se hubiera escrito en otro idioma. Son los cascos de un caballo, al trote. Es un sonido visual, uno puede imaginarse los saltos y el pequeño tiempo de suspensión de los caballos en el aire, y su caer cargado de cascabeles. Los cascabeles no llegan nunca a alcanzar el ritmo del caballo, por culpa de la inercia. Se quedan en su propia capa transparente de sonido superpuesto. Por la inercia.

Tardo en preguntarme el por qué de un caballo con cascabeles, posiblemente por culpa de la inercia. Al principio lo asumimos todo como natural.

Son las fiestas del pueblo. He ahí el por qué. Lo que pasa es que no sé de qué pueblo. Deduzco que son fiestas porque se logra distinguir una misa al aire libre. El viento trae ráfagas de sonido, el cura da la misa con una cadencia musicada, y la frecuencia de las ráfagas no coincide con la de sus altibajos vocales. El resultado es confuso y complejo: a veces sus impulsos (espíritu) vocales llegan amortiguados, mientras algunos susurros llegan nítidos y potentes. Es difícil seguirle, pero el sermón parece versar sobre las relaciones de pareja entre jóvenes. Dice cosas que no encajan, posiblemente también es causa de la inercia, y del cambio de ritmo.

Con un sencillo movimiento del interruptor adecuado, proyecto todo al plano, y en la tarde tranquila y calma se aplastan más de media docena de polirritmias discordes, nada encaja, nada es sincrónico. Todos los patrones parecen falsos.

Camino absorto hacia un Renault Clio gris perla, matrícula 3688-BCC, o cualquier otra. Observo que el coche salta, tiembla, vibra solo un poco. Al ritmo de mis pasos. Que el suelo lo hace, que los postes de la luz y los muros de piedra vienen hacia mí al ritmo de mis pasos. Que hay un ritmo ahora que lo junta todo, que todo cuanto veo, todo cuanto cabe en mis ojos, camina a mi ritmo. Mis ojos lo salvan del desconcierto.

Por dentro, estoy bailando.