18 febrero, 2009

El Otro Jardín


Para salvar a los suicidas debemos lograr que ningún cuchillo corte, que ningún tenedor pinche.

Sin cuchillas de afeitar, sin tijeras. Un mundo de largas barbas, de pelos largos.

Para salvar a los suicidas, que paren todos los trenes, todos los coches. Todos caminaremos entre cementerios de vehículos quietos, y en las vías crecerá la hierba. Una hierba mullida y sin alacranes.

Todas las armas estarán cargadas, pero sin gatillo. Como esas promesas que no hacen daño ni se cumplen nunca. Como el arco siempre tenso de ese cielo que no acaba de caer, que no acaba de llegar.

Los venenos, las pastillas, tampoco. Todo estando en su estado más degradado, más inocuo, como un cuarzo o el agua.

El suelo será blando, blandos también los muros. Las voluntades de los hombres serán blandas, los hombres serán cobardes pero no demasiado, pues la demasiada cobardía es igual de afilada.


El mundo sería chato, de nuevo la tierra plana, de casas bajas. Ningún andamio para subir y caer.


Pez-flor




Un mundo a oscuras, pues la electricidad es una fuerza mortal al alcance de los dedos.

Si os dais cuenta, el peor enemigo del suicida es el tiempo. Con suficiente tiempo todo se desafila, todo se reblandece, la energía se gasta y los venenos caducan. Hasta la voluntad de morir se quiebra con la muerte misma, y todo deja de importar.

Y el mar, tal vez el mar, la mayor verdad, la única excepción. Si el tiempo no puede con el mar, no podremos tampoco nosotros con él, y siempre quedará la muerte por asfixia, por ahogamiento. El mar amigo, ciego. Para salvar a los suicidas nos tendremos que salvar de morir ahogados, y para ello lo mejor es no salir del agua. No salir a la luz.



29 enero, 2009

Curso breve de literatura breve en cuatro pasos


1.- Aprende a escribir (eso es lo más fácil).

2.- Aprende a borrar. Desaprende, desaprehéndete de las palabras. Táchalas del borrador hasta que sólo quede la caricia y la espina.

3.- Deja de sentir tanto, deja de pensar tanto. Que lo hagan tus personajes, a ellos les toca vivir.

4.- Este es el punto más difícil: deja que sean tus personajes los que callen.


Puedes practicar, por ejemplo, con ese cuento que siempre quisiste escribir. Ese en el que una joven vestida de negro mira por la ventana, durante horas. De pronto sonríe. Y todo queda decidido.

09 enero, 2009

Talión


"entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie"
(Éxodo 21:23, 24)



El principio de equivalencia de la legislación Mesopotámica fue formulado posteriormente en Israel en la forma de la conocida Ley del Talión . En realidad, un avance en la jurisprudencia, porque evitaba el revanchismo y las espirales de violencia. La idea es que sólo debe pagar por un delito aquel que lo comete, y no un miembro de su familia o su comunidad. También que debe pagar un precio equivalente al daño objetivo infringido, y no a la percepción subjetiva de la gravedad del acto. Con ello el estado tomaba partido en disputas que solían ser consideradas un asunto privado, imponía una retribución justa a la parte infractora, dando por zanjada la cuestión.

Esta ley era indispensable en una sociedad sanguinaria y vengativa como era el feudalismo mesopotámico del tercer milenio antes de Cristo.

En la antigua Judea muchas afrentas seguían siendo consideradas asuntos privados (incluyendo mutilaciones), pero incluso en el ámbito privado la Ley del Talión se empleaba para dirimir cualquier disputa y evitar que se perpetuara. Evidentemente la formulación original de la Ley del Talión es bárbara y brutal: mano por mano, pie por pie.
Si bien Moisés había ordenado "El que mate a un animal, devolverá un animal. El que mate a un hombre, morirá" (Levítico 24,19-21), el Talmud suavizó su aplicación.Podría resultar que un daño cometido accidentamente, resultante en mutilación, tuviera como contrapartida una pena en la que la pérdida de sangre o una infección provocara la muerte del infractor. También se pensaba que la mano de un artesano no era igual que la de un ladrón, en su valor (aunque ambos la usan con habilidad para ganarse la vida). Por eso la ley Talmúdica transfiere el espíritu de la Ley de Talión, pero no su literalidad.
Se plantea entonces regresar a la retribución dineraria en pago de la afrenta, como ya practicaban los sumerios antes de Hammurabi. Aquí comienza el problema. Talión es establecido como principio práctico para los Jueces de Judea, que tienen que valorar qué es esa "equivalencia", y a cuántos corderos equivale un ojo, cuánto dinero corresponde a un diente. Tal vez una vida. La vida de quién.

La evaluación económica del valor de una vida es una crueldad cotidiana con la que convivimos sin saberlo. Cuando se establece el precio del barril de crudo se suman distintos costes -de producción, almacenamiento, transporte, ... - y a ello se suma un concepto macabro: el coste derivado de mantener la estabilidad en la región productora. Entre esos costes, se contabilizan vidas. Sinceramente, creo que el petróleo sigue siendo demasiado barato.

Porque si os parece cruel el talión en su formulación más antigua (quien hiere es herido, quien mata muere, para saldar la deuda), creo que es más cruel ese nuevo Ojo por Ojo ponderado, con realización de medias aritméticas de la cantidad de ojos debidos, con su cobro delegado en todos aquellos con responsabilidad subsidiaria, transferencia de culpas a noventa días, lo justo para que fracase toda mediación, toda justicia.

El dibujante Pau, en una de sus viñetas para el Diario de Mallorca lo pone muy claro.




Tres días después de haber comenzado la Operación Plomo Fundido, ya había cuatrocientos muertos y dos mil heridos.

Hablamos de equivalencias. Son exactamente dos veces el 11M. Si la cuenta la hiciéramos hoy, saldrían casi cinco veces. Aquello fue casi insoportable, incluso para un país como el nuestro. Cuanto más para un trozo de tierra seca con poco más de un millón de habitantes.

Pero no hay equivalencias hablando de un país sin tierra enfrentada con un pueblo sin patria, la vergüenza contra la ofensa, la venganza contra el rencor. Un dibujo en el mapa, una mancha de tinta, esto os corresponde. La tierra prometida (me habías prometido más), un talión por sí mismo: me avergüenzo de lo que ha hecho mi hermano, el de la quijada y el bigote, aquí tienes una justa compensación, un trozo de tierra de otro, una justicia discutible, te regalo un problema. Toma una libra de su carne, pero sin derramar una gota de su sangre. Mercaderes de hombres, pesando patrias en un plato y vidas en el otro. Y la gente con hambre pesa menos, y las tierras con sueño pesan más, nos pesan los párpados del sueño de la tierra de los sueños, promesa sin habitar.

Y si un hombre se saca un ojo, a quién se lo cobrará. Y si un pueblo escoge a un líder suicida para enfrentarse a otro pueblo sanguinario, y si se inmola a quién reclamará. Y si fueron israelíes quienes asesinaron a Isaac Rabin, una esperanza para la paz, a quién pedir cuentas. Y si los propios palestinos decidieron poner a Hamás por delante de Al Fatah, quién tiene la culpa. Y si ambos tienen razón por la razón equivocada, quién pagará el error de su razón.

Y por qué tenemos nosotros que preocuparnos por hacer esas cuentas, ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?



¿Lo soy?

28 diciembre, 2008

Encontros e Despedidas



ENCONTROS


El concierto de María Rita (Montreux, Agosto de 2006) era un continuo vaivén de ritmos arrancados por el potente gesto de sus manos, la fuerza de sus movimientos que los empujaban hacia adelante como en mareas vivas. Bocanadas de gusto a Brasil que nos daba de beber su voz.


A pesar de ser una canción lenta y algo melancólica, "Encontros e Despedidas" de Milton Nascimento era perfecta para aquel concierto. "Todos os días é un vai e vem, a vida se repete na estaçao". Un mecerse, un ir y venir, como las manos de María Rita. "Tem gente a sorrir e a chorar".


El percusionista iba marcando de fondo un ritmo binario con las escobillas sobre las congas. Nunca lo había visto. Era un resonante susurro de tren lejano, con la insistencia de un recuerdo que no quiere ser olvidado pero no llega a convertirse en palabra.


La canción era tocada en intensas oleadas de crescendo y diminuendo, hasta que el sonido moría totalmente, justo antes de volver a arrancar otra estrofa más vehemente todavía.


Lo que más me llamó la atención era ese murlmullo de tren, esas escobillas que continuaban invariables, desconectadas, descolgadas del cíclico anhelo del piano y de la voz. En una canción que habla del ir y venir de la vida, de esa estación donde lo efímero se perpetúa en su repetición, por un momento pude asumir la perspectiva del maquinista del tren.


Lo invariable es el movimiento. Lo que perdura es el viaje mismo.


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DE NATURAL INGRÁVIDO 

El despegue fue tan violento que tuve que sujetar el cuaderno para no mancharme de todas las palabras a medio escribir, que se me venían encima.


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HORROR VACUI

Es extraño sobrevolar la ciudad (hoy Lisboa). Es temprano, y la luz rasante arranca colores pastel a unos edificios de una belleza decadente. Se ve despertar la actividad, se ven coches, comercios, luces. Lo que no logro ver es gente.

Posiblemente es por la distancia o por la perspectiva, pero las ciudades desde aquí parece que no nos necesitaran. Noto el lento latido de la ciudad, su propia vida... indiferente a la nuestra.

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La Tranquilidad del Domador de Fieras

Los despegues en días como hoy (una mañana fría y plomiza) son una demostración del engaño de toda sensación de seguridad. Nada más salir el avión, el suelo parece una caótica masa parda, capaz de tragarnos, masticarnos y escupirnos. El aire es desapacible, y se siente su inhóspita turbulencia. Es por las bajas presiones y las nubes bajas. Es ese falso techo tan próximo, parece que nos fuera a aplastar bajo un peso de latón enfermo.


Quizás sea el contraste. Al poco tiempo de despegar ya estamos atravesando las nubes, densas como la ira e igual de grises. El avión temblando, el miedo, las turbulencias. Otro minuto de ceguera, y de pronto todo es tenue, como un paisaje asiático, apenas un instante. Se ha tranquilizado todo. Tan rápidamente se emerge de las nubes que la luz hace daño a los ojos. Un sol intenso, cálido sobre la piel. Un cielo limpio, un abrazo azul. Y ver debajo una capa de nubes que parecen algo sólido y suave. Tal vez nieve, tal vez una gigantesca colcha.


De eso hablaba, de la seguridad que sientes entonces, al estar por fin sobre esa nube que parecen manos abiertas, que no te dejarán caer. 
Un firme. Una red. 
Una pareja, una casa, una carrera, un hijo, un trabajo, una nube.


Abajo empieza a llover.



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A Hombros de Gigantes

Me cuesta explicar la emoción del aterrizaje en Málaga. Primero es sentir todos los pliegues de la Tierra, sus formas elevadas hacia el cielo con los colores y brillos de la montaña nevada. Es Sierra Morena, es la costa a lo lejos, y un tapiz de texturas que casi se saborea. Y pronto es el mar.


El avión sobrevuela un tramo de Mediterráneo, en una suave curva, para entrar en Málaga desde el mar. En el camino, se incendia el ensueño.


Entre la bruma añil de un cielo conmovido por la distancia, se adivina la sombra de un coloso. África. La visión ensoñada de los montes Atlas no me abandona ya, me acompaña junto con esta luz, este fulgor de espacio exterior, este sur que no logro reconocer nunca. Este sur que es mío y al que aun soy un extraño. Y África nos mira.


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Un Sabor a Tierra (y a Luna)

Extraño fue aquel regreso, en una especie de anochecer ciego, casi sin matices ni colores. Un contraluz saturado de un blanco pálido, el brillo del agua de la Ría de Vigo, piel estremecida por un viento frío. Se veía el frío. Escamas muertas de plata helada.

El puente sobre la ría, más pequeño y fino que nunca, erosionada su silueta por una luz que devoraba toda pretensión de forma. Y pronto la montaña trayendo su noche, imponiendo los pardos, los grises y el amargor adelantado de la rutina. Una gran luna sella ese pacto de silencio.



Vista por la ventanilla y esquema
1- Ventanilla   2- Luna   3- Reflejo   4- Ala

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EL OTRO LADO

París a mediodía, en otoño. Por poner un ejemplo.

Se trata de esos mundos de agua que encuentras en distintos puntos de la tierra, que dan una sorpresa que sólo se vive desde el aire. Esa mezcla de mundos, múltiples capas de engaño.

Hay agua en París. En las fuentes, en pequeños lagos en infinitud de parques, y el río. El río ubicuo en tantos meandros, cruzando y rodeando la Isla de Francia. Desde la altura, tanta agua es completamente plana y tranquila, un espejo perfecto de agua recortado sobre la tierra más seca.

La sensación es muy hermosa, y también inquietante: a mediodía, en otoño, el sol hace vibrar el oro sobre el agua. Si uno mira hacia la ciudad mientras el avión se aproxima al aeropuerto, ve el cielo y el sol reflejado en los múltiples corrientes y encharcamientos de agua. Entonces uno lo ve claro. No es agua, es un hueco a través del cual se ve el otro cielo. El que está debajo de la ciudad.

Es París que ha sido desgarrado en un canal con forma de Sena (y sus meandros), y taladrado en diversos parques y lagos, es París después de la lluvia -ácida-, una ciudad de un espesor finísimo, apenas una corteza, que se ha disuelto en algunos sitios. Y se ve el otro lado. La luz del sol, ese otro sol que vive debajo de la ciudad de la luz, alumbra y deslumbra desde ahí detrás, puede verse ese otro cielo. Puede espiarse toda su plenitud mientras el avión pasa, puede reconstruirse su forma sumando la imagen adivinada por todos esos huecos, voyeur de un paraíso al revés. Además del vértigo, siento la angustia de estar atrapados del lado incorrecto del espejo. Reviso el folleto de seguridad del avión, aunque creo que no menciona nada de ilusiones ópticas.


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FÍSICA DE VUELO


Antes del despegue, la tripulación de cabina reparte caramelos de menta. Junto con una sonrisa, claro. Creo que las turbinas entran en régimen ayudadas por el crujido acompasado de docenas de papeles de celofán, todo el mundo está abriendo sus caramelos.
Pronto la cabina se llena del alegre tintineo del caramelo entre los dientes, y la boca de cada viajero se llena de frescor. Asciende el vapor de mentol contra el paladar, y todos nos sentimos más ligeros mientras el avión despega. Se nota el eucaliptol empujar el velo del paladar, arrastrarse por entre las fosas nasales, despejando la nariz, escaparse por las ventanas nasales.

Y yo me pregunto si ese ligero empuje no estará ayudando a la fuerza ascensional, y a facilitar el despegue. Hago mis cábalas, como cuando pienso en una mosca que vuela por dentro del avión, y otras composiciones de vectores y fuerzas. Supongo que entonces mi mente también flota más que de costumbre.


Al aterrizar, nos ofrecen caramelos tipo toffe. Entonces es cuando me convenzo de que lo hacen a propósito. Setenta y seis pasajeros notando simultáneamente el cálido sabor del toffe y su textura blanda llenando la boca, la somnolencia y la placidez, y con ello ayudando a un descenso suave y seguro, una vuelta a la realidad sin sobresaltos mientras se despliega el tren de aterrizaje.


No sé qué pensarán los dentistas de estas prácticas.



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Knossos

Bruselas contradice muchos tópicos. Solemos pensar en que, a lomos de un avión, nos sentiremos volando como si fuéramos pájaros. Sin embargo, al sobrevolar de noche la ciudad en aproximación al Aeropuerto, me sentí más como una mosca.


Una mosca pasando a través de la tela de araña cubierta de rocío, en una zona umbría de un monte al amanecer (tengo una imagen muy precisa en la cabeza, y ahora no sé si ha salido de Bélgica o de algún monte asturiano). Las gotas brillan sobre la invisible red, una geometría transparente.


Y qué decir del aeropuerto. Las luces de las muchas pistas cruzadas son de distintos colores y parecen flotar en el aire. Su luz reverbera dentro de los ojos sin alejar lo más mínimo la oscuridad absoluta en la que nadan.



¡Y yo que esperaba aterrizar en medio de un charco de chocolate!



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DESPEDIDAS


Cada viaje es el último. Cada vez que volvemos, algo se rompe o se pierde.

Viajar es abandonar la responsabilidad de vivir nuestra vida, dejar un recortable en nuestro lugar y esperar que al volver todos los demás nos hayan dejado el hueco que ocupaba nuestro cuerpo.


Es absurdo. Cuando salimos de nuestro mundo, éste se colapsa y rellena el hueco con un caos líquido y salado. Nosotros nos llenamos de sustancia alienígena mientras que nuestra misión en nuestro mundo se llena de incoherencia, hasta que desaparece. Y al volver necesariamente tenemos que comenzar de nuevo, porque el mundo ha cambiado desde que nos fuimos, y porque nosotros somos otros. ¡¡No podemos creer de veras que vamos a seguir como si nada!!


Y es que viajar es más bien resetear todo. Es como el ascensor, ese lugar en el que nos refugiamos cuando el piso seis vendrá y aplastará a la planta baja, acabará con todo lo que hay allí, hará papilla a todo el que no fuera capaz de entrar en el ascensor. Todo eso sucede mientras uno está en esa celda en la que todos disimulan, miran arriba, intentan abstraerse de la devastación y muerte que reina afuera. Cuando todo ha acabado, el ascensor avisa con un alegre tintineo, y las puertas se abren. Impera ahora el Piso Seis, con su nuevo paisaje, su nueva gente, desalmados que no muestran la menor compasión por aquellos que acaban de aniquilar.


Y viajar es lo mismo. Nos metemos en un ascensor con asientos, y nos cambian el paisaje, acaban con lo que conocemos y lo cambian por un sueño a lo Kafka. Mientras, hay el tiempo justo para reconstruir una copia exacta de lo que dejamos atrás.


Porque cada viaje es el primero, y nos dejamos cambiar tanto por lo nuevo que nunca regresamos.

Lo que perdura es el viaje mismo.

30 septiembre, 2008

Lo único que nos queda


Siempre queda la duda.

Tal vez durante el breve momento en que el pensamiento se distrae, mientras dejas que la línea de la carretera guíe el movimiento del coche y ni piensas en el camino, tal vez entonces ya te hayas pasado la salida. Pasas el resto del camino preocupado, con la sensación de que todo podría ir mal y de que toda la normalidad y calma esconde una gran mentira.

Es sólo un ejemplo.

Al entrar en un avión, el personal de tierra comprueba el billete, lo pasa por un lector magnético y lo valida. La pantalla dice claramente el destino, pero por si acaso, la azafata no te deja pasar hasta comprobar que tu billete corresponde al avión. Y sin embargo, sucede. Ves a la tripulación de cabina como loca contando tres o cuatro veces los ocupantes, sobra uno, preguntan, buscan... y al fin encuentran al viajero que iba en realidad a Praga y no a Viena.

No podría suceder sino por una inverosímil combinación de casualidades, que incluyan que alguien se confunda de avión, que justo su billete no sea controlado como debe, y que el asiento que tiene asignado resulte estar libre en el otro avión. Y sin embargo, sucede.

Tan sólo hay que añadirle una casualidad más.


Alberto Giacometti - La plaza de la ciudad


Imaginemos que nada llama la atención de la tripulación, que hay un número idéntico de personas del vuelo A en el avión B que del B en el A, todas despistadas, todas con suerte en el cruce de asientos. Las cuentas salen, los errores compensados son otra forma de equilibrio.

Entonces tendremos a parejas de personas con destinos cruzados. Tipo "extraños en un tren" pero involuntarios. Imagina la situación: una señora va a Praga y entra en un avión a Bucarest, amparada por la coincidencia que mencionamos antes. No habla ni checo ni húngaro, posiblemente los dos le suenan igual, así que, ¿cuánto tiempo tardará en darse cuenta de su error? Puede coger un taxi y decir "Sheraton Hotel", algo así, y la llevarán al Sheraton. Pueden pasar horas, o incluso un día entero sin que se de cuenta.

Una vez me sucedió. Esperábamos en el aeropuerto a que un coche de la compañía nos fuera a recoger. Era nuestro primer viaje de trabajo a Inglaterra, lo cual podría servir de disculpa.
No, no puede, la historia es demasiado absurda.
Estábamos indignados porque llevábamos esperando más de una hora y no había coche. Una hora más tarde decidimos coger un taxi y exigir que se nos abonara el importe. El conductor del coche de la compañía fue acusado de no acudir o de estar borracho. Él insistía en que estuvo esperando, tardamos días en comprender algo muy sencillo: nos esperó en Heathrow, nosotros llegamos a Garthwick. Nos engañó la cómodidad de una idea sencilla, "aeropuerto". O la palabra misma. Como nos suelen engañar las palabras más próximas, "casa", "hombre", o alguna aun más peligrosa, como "amigo".

Siempre queda la duda. A veces me despierto sobresaltado de esa tranquilidad cotidiana que decimos "normal" (otra palabra taicionera), pensando que pronto descubriré un nuevo error, un gran fallo que ha sido enmascarado por la homogeneidad de las ciudades extrañas, las gentes extrañas, sus motivaciones y sus movimientos tan ajenos.

Un día cualquiera. Viajo a algún lugar en el que no he estado antes. Sin tiempo para turismo, apenas pasar tres días en un congreso, soltar la charla pertinente, volverme. Preocupación, maletas, taxi, aeropuerto, facturación, tarjeta de embarque, controles, cinturón y reloj porfavor, pasaporte, embarquen urgentemente por puerta B39, no olviden sus efectos personales...
Muchas veces, durante el vuelo me da la impresión de que no he mirado con suficiente cuidado la puerta de embarque, o que me he dejado llevar por la marea humana preocupado más del peso de mi equipaje que de mi destino. Tal vez la rutina me pueda. Y dejo que la línea de la carretera guíe la conducción, despistado de nuevo.

Pero es peor cuando no me doy cuenta, no compruebo el nombre del aeropuerto al llegar, me alojo en el hotel y hasta me quejo si no estoy registrado al llegar, digo que la agencia se encargará de todo y el recepcionista me deja subir pidiéndome disculpas. Soporto el congreso sobre un tema que entiendo sólo a medias, en el que gente de todos lados se esfuerzan en hablar un inglés incomprensible. Intercambio tarjetas con gente que las perderá incluso antes que yo las suyas. Lanzo mis veinticinco minutos de gráficos y tecnicismos a un grupo de gente a la que le importa poco lo que digo, ...

... y sólo entonces, durante el viaje de regreso, me pregunto si no habrá sido todo un gran error. Una inmensa concatenación de casualidades que no sé exactamente en qué momento empezó. Una duda fría y pastosa como lodo. Si no habré estado en un lugar que no era, hablando a quien no debía oír. Si no me habré dejado en el hotel un año entero de instituto, o el recuerdo de un concierto en el parque. Si mientras tanto alguien habrá ocupado mi lugar mi espacio mi vida mi cuerpo. Me miro las manos, sigo preguntándome. Cómo me llamo realmente, ¿me equivoqué de ropa y ella me llevó a donde estoy? Repaso años de mi vida preguntándome en qué momento me pasé la salida.

Al llegar a casa te encuentro, me abrazas, te miro...


... y siempre me queda la duda.



Max Ernst - Eva, la última que nos queda.

07 septiembre, 2008

Autorrelato


Quiero leer un texto que comience formulando un deseo.

Quisiera, tal vez, que empezara como dubitativo.

Lento.

Muy, ... muy suave. Lienzo de palabras dulces, ronroneo de luna y un mecerse en la caricia más profunda. Que fuera de pronto tan evocador como la voz que recuerdas cuando te quedas en silencio, como una foto en sepia, como aquel lugar de tu infancia.

Que quien escriba tenga que cerrar los ojos, oir hacia adentro, sentirse lleno. Y quien lo lea lo note, lo sepa.

Ese texto continuaría creciendo desde el susurro al canto. Quisiera que se fuera llenando de luz como los primeros días de primavera, de palabras frescas, aéreas, de cascadas y explosiones. Se te llena la boca de ríos, de pura luz, de la palabra luz.

Un gozo de leer, pero también un asomo de decepción. Porque uno le pilla el truco al juego. Aunque es un juego bonito y uno participa leyendo, si-la-be-an-do, y porque te dices es un buen texto después de todo, y da pena que se acabe. Ves el final del texto ahí abajo, como cuando se va acabando un libro y sientes adelgazarse el montón de páginas entre los dedos.

El texto que quiero leer no es distinto, y por mucho que se alargue el autor en digresiones, quien lee atisba la última línea, esa última línea que el escritor se resiste a escribir. El lector la espera, relamiéndose. Quiero leer un texto que acabe con una última frase sencilla, inquietante y secreta, que encierre una sentencia, una posibilidad y una paradoja.

Pero un texto así no puede escribirse.

07 agosto, 2008

Hoy


Hoy el cielo se ha llenado de nubes. Por primera vez desde hace tiempo, coincidimos aquí las nubes y yo. Habían estado de visita cuando yo me iba, y al revés.

Delante del sol se mueven tres capas de nubes deshilachadas, a distintas alturas en el cielo. Entre sus huecos se enhebran hilos de luz (á la il Veronesse), que se mueven, aparecen y desaparecen por culpa del deslizamiento desincronizado de las nubes.

Los sonidos de la tarde son tan mortecinos como sus colores. Posiblemente me lleguen teñidos ya. Monótono, musical, rítmico, el canto de un grillo inaugura y acompaña la noche de Agosto. Obsesiva y maniática secuencia de cinco ladridos, un silencio, cinco ladridos... bastante lejos. Un pájaro alterna un patrón de negra, dos corcheas y silencio de negra, con otro más gracil con mordente en la primera nota, siempre con un afinado arpegio mayor. Los ritmos de los tres animales, sencillos en sí, pueden oirse combinados en complejos esquemas polirrítmicos. Se funden, se separan, y hasta su eco parece jugar con el tiempo.



El otro sonido no se funde con los animales, aunque también procede de un animal. Es como si se hubiera escrito en otro idioma. Son los cascos de un caballo, al trote. Es un sonido visual, uno puede imaginarse los saltos y el pequeño tiempo de suspensión de los caballos en el aire, y su caer cargado de cascabeles. Los cascabeles no llegan nunca a alcanzar el ritmo del caballo, por culpa de la inercia. Se quedan en su propia capa transparente de sonido superpuesto. Por la inercia.

Tardo en preguntarme el por qué de un caballo con cascabeles, posiblemente por culpa de la inercia. Al principio lo asumimos todo como natural.

Son las fiestas del pueblo. He ahí el por qué. Lo que pasa es que no sé de qué pueblo. Deduzco que son fiestas porque se logra distinguir una misa al aire libre. El viento trae ráfagas de sonido, el cura da la misa con una cadencia musicada, y la frecuencia de las ráfagas no coincide con la de sus altibajos vocales. El resultado es confuso y complejo: a veces sus impulsos (espíritu) vocales llegan amortiguados, mientras algunos susurros llegan nítidos y potentes. Es difícil seguirle, pero el sermón parece versar sobre las relaciones de pareja entre jóvenes. Dice cosas que no encajan, posiblemente también es causa de la inercia, y del cambio de ritmo.

Con un sencillo movimiento del interruptor adecuado, proyecto todo al plano, y en la tarde tranquila y calma se aplastan más de media docena de polirritmias discordes, nada encaja, nada es sincrónico. Todos los patrones parecen falsos.

Camino absorto hacia un Renault Clio gris perla, matrícula 3688-BCC, o cualquier otra. Observo que el coche salta, tiembla, vibra solo un poco. Al ritmo de mis pasos. Que el suelo lo hace, que los postes de la luz y los muros de piedra vienen hacia mí al ritmo de mis pasos. Que hay un ritmo ahora que lo junta todo, que todo cuanto veo, todo cuanto cabe en mis ojos, camina a mi ritmo. Mis ojos lo salvan del desconcierto.

Por dentro, estoy bailando.

31 julio, 2008

En Defensa de Bibiana Aido


Sé lo que se suele decir. "Si hablas, que lo que digas sea más interesante que tu silencio".

Volver a escribir después de un silencio prolongado impone una carga adicional de responsabilidad. Como si un silencio más largo valiera tanto como una palabra muy grande.

Yo noto esa carga, porque vivo el silencio en todos sus segundos. Pero Balcius sólo habita el texto, e insiste en burlarse de toda carga (¿adicional?) de responsabilidad. Hoy me exige tratar un tema que hace tiempo que dejó de ser hoticia, y que ya no tiene ningún interés. Me pide que hablemos del ataque mediático a la Ministra de Igualdad, Bibiana Aido.

Cuando se la nombró, recordé aquella anécdota sobre Mahler. Al concluir el estreno de la rompedora Sinfonía de Cámara de Schönberg, todo eran abucheos y amenazas contra el compositor que había perpetrado semejante atentado contra las reglas de la armonía y el movimiento melódico. Tan solo Gustav Mahler estaba encantado. De pie, aplaudiendo y vitoreando, el respetable Mahler comentaba a todos que era una obra maravillosa, que quería volver a oirla lo antes posible para disfrutarla mejor, que Schönberg era un genio. Como todos le decían que no tenía razón, que la obra era un caos y el compositor había perdido la cabeza, Mahler finalmente sentenció:


"Es joven, no puede estar equivocado"


Cuando se nombró a una chica tan joven como Ministra de Igualdad pensé "¡qué acierto!". El propio nombramiento era una voluntad de romper moldes, de superar barreras. Deseé que ella fuera una Schönberg, con su impulso y sin los rancios preconceptos, sin los podridos raseros, con ganas de cambiar cosas, rompiendo con la oxidada forma de pensar y sin importarle las críticas tempranas. Deseé también que hubiera un Mahler.

De los acontecimientos posteriores quedan hoy sólo retazos confusos, teñidos de sarcasmo.

Dijo una vez "miembros y miembras". Se rieron.
Los periódicos y televisiones recogen la propuesta de un teléfono para maltratadores. Es entonces desautorizada, vilipendiada, pisoteada sin que casi nadie acuda en su defensa. Sin espacio para la explicación.
Unas semanas después es olvidada como una bomba sin carga explosiva. Un peso inútil. Además, sólo importa la crisis, y nada que no se mida en Euros tiene ahora la menor importancia.

Sin embargo, SÍ es IMPORTANTE volver a hablar de todo aquello. Porque en realidad, ella tenía razón. Recordemos que es joven.

La propuesta de Bibiana Aido no quiere anular o corregir, sino potenciar y completar el conjunto de aciones que actualmente se toman en un tema tan grave. La actitud actual de la sociedad es la de la "tolerancia cero" ante el maltratador. Eso está bien: una persona que se impone en una relación de dominación, mediante la violencia, no debe recibir el más mínimo reconocimiento social por ello. Solía pasar, el hombre que pega era más hombre, y se trataba de problemas "domésticos", que sólo atañen al Hombre de la casa.

Por otra parte, hay un esfuerzo por hacer visible el problema de la violencia hacia las mujeres. Recordemos que antes se les llamaba "crímenes pasionales" y se consideraban parcialmente justificables. Recordemos, por favor, y admitamos todo lo que se ha avanzado ya, cuánto ha cambiado la situación.




Por último, hay un trabajo por la protección de la mujer. Es importantísimo: las mujeres deben sentir que están protegidas y arropadas, que tienen derechos sobre sí mismas, y que tienen una pareja y no un dueño y señor. Y hacerlo con Ley, con acción policial y legal directa. Ese es el trabajo de la Ley Integral de Violencia de Género, uno de los mayores avances sociales de la anterior legislatura.

Todo eso está muy bien. Pero no llega.

Todo el mundo lo sabe, todo el mundo lo dice. No llega, la realidad nos lo planta delante, sin posibilidad de escapar.

Hay varias posibilidades. Una es apelar a los tiempos en que se metía la basura debajo de la alfombra, "en mis tiempos no pasaba esto", en que las mujeres llegaban a urgencias con tres huesos rotos, de la mano de sus maridos, y nadie preguntaba nada. De los tiempos (hace apenas una década) en que una mujer llega a comisaría a denunciar que su marido quiere pegarle, y como única respuesta recibe un malicioso "eso se soluciona en la cama". Entonces uno dice que el trabajo no valió la pena, y que había que haberlo dejado todo como estaba, que antes no morían tantas mujeres.

O al menos, su sangre no salpicaba nuestra conciencia.

Otra opción es peor aun. Es decir, insistir, una y otra vez, que la Ley Integral contra la Violencia de Género no funciona. Usar mal la estadística, y de una forma perversa deducir que la Ley provoca un aumento de muertes. Transmitir, por tanto, que las mujeres están desamparadas, que la Ley no las protege, y por tanto que deben someterse y rebelarse contra esa fuerza social que intenta liberarlas.

Prefiero la tercera opción: la cabeza fría y el sentido común. Ver qué se ha hecho, cómo ha funcionado y estudiar qué falta por hacer. Entonces hacerlo.

Bibiana Aido, en mi opinión, se decidió a encabezar ese movimiento. La Ley Integral sí funciona, muchas mujeres han podido liberarse de un infierno de acoso psicológico y físico, de un pozo sin fondo. Cien mujeres liberadas por cada víctima, cien éxitos por cada fracaso, pero es cierto que cada víctima cuenta. El análisis de muchos de los casos (la mayoría acaban con el suicidio del agresor) parece indicar que muchos hombres simplemente no sabían qué hacer ante la nueva situación, en la que la mujer tenía derecho sobre lo que él consideraba su potestad, su reino y dominio.

La mano de un hombre es capaz de hacer muchas cosas. Es tan capaz de pegar, de empuñar un arma, como de dar una caricia. Pero un hombre puede no haber dado jamás una caricia a nadie. En este país de machitos, no es considerado muy masculino acariciar. Piensa en un niño que no haya recibido afecto físico ni se le haya pedido que lo dé. Piensa en alguien que ha vivido toda su vida entre relaciones de poder y autoridad. Recuerda cómo el lenguaje lo pone por encima de ella, la mujer que "le es entregada" en el altar. Pídele ahora que asuma que se ha acabado, que ella no le quiere, pídele que actúe como un hombre... y no sabrá. Nadie le ha enseñado a hacerlo. Sólo sabe usar su mano de una manera.

Es algo que se detectó al analizar las estadísticas de las llamadas al teléfono de atención a mujeres maltratadas. Muchas llamadas eran de hombres que no sabían qué hacer, que pedían ayuda y no se les ocurría otro sitio para llamar. Los hombres asustados, los cobardes, los animales acorralados, también son peligrosos. El teléfono para hombres es una medida difícil de explicar, pero es una idea brillante, si sirve como dijo la Ministra para "contribuir con políticas preventivas a otro modelo de masculinidad, desde el que establecer las relaciones de pareja sobre nuevas referencias".

Lo que hace es asumir la complejidad del problema, y asumir su responsabilidad en la necesidad de reeducar emocionalmente incluso a la población adulta. Los potenciales agresores son todos aquellos hombres educados en un modelo machista, es decir... todos los hombres. Y muchos de ellos no tienen instrumentos para enfrentarse a sus propias emociones, ni para canalizarlas. La violencia es lo más próximo, lo más sencillo. Siempre se dice que la solución está en la formación, y no puede limitarse a una charla en el colegio y un ejercicio: señala la palabra "violencia de género" con un círculo y discútela con tu compañero. Enseñar a los machos a ser hombres es quizás la más efectiva de las soluciones.

Y entenderlos. Saber que posiblemente sus madres, sus profesores, el cura de su pueblo o su primo mayor, son tan culpables como ellos de la agresión. Y todos los que se ríen de las propuestas de la Ministra, los que simplifican el problema diciendo "a los agresores ni agua", y olvidan que antes que agresores eran magníficas personas y "quién lo iba a decir, parecían tan buena pareja". Todos los que hacen muecas cuando se nombra a una ingeniera, una jueza o una arquitecta, los que hacen mofa de aquello de "miembros y miembras", sin pararse a pensar que el lenguaje intenta anclar realidades que ya no existen. Rosa Pereda propuso una aguda explicación a la violenta reacción contra el "miembros y miembras" en este excelente artículo: resumiendo, a un hombre le puedes tocar cualquier cosa, excepto el miembro. Y al final todas esas susceptibilidades no revelan más que puntos débiles. La violencia de los medios de comunicación contra la Ministra (y unas medidas que le son extrañas y demasiado avanzadas) acaba por ser del mismo tipo que la violencia de los hombres contra sus mujeres (y una sociedad que les es nueva y extraña).

Lo que me cuesta más entender es por qué no hubo más voces en favor de Bibiana Aido. Por qué las pocas que se levantaron en apoyo fueron cubiertas de improperios. Que alguien me explique si es tan difícil escribir esto.

Por eso tenía que escribirlo. Incluso tarde, incluso fuera de lugar (en este blog nunca se escribe actualidad salvo cuando es antigua). Una vez tuve la oportunidad de escribir sobre un accidente de un petrolero, que acabó en catástrofe ecológica. No lo hice. Mucha gente se lanzó a las playas a sacar cientos de toneladas de fuel pesado de las piedras y arena, y yo no escribí nada.

Nombré al agresor, nombré a su familia y educadores, nombré a aquellos que se oponen al cambio social... me queda aun nombrar a otros culpables: los que nos quedamos callados cuando toca gritar.

11 julio, 2008

Erich Fromm en el Recreo


De pequeño me preguntaba cuál era el antónimo (me encantaban esas cosas) de "encerrado".

(Me siguen gustando, los antónimos palíndromos anagramas... ¿se nota?)

Quiero decir, si quedarse dentro es estar encerrado; quedarse fuera, ¿qué es? Mi conclusión era rotunda, inmediata, y seguía su propia lógica: es estar ENABIERTADO. Inmediatamente pensaba en las consecuencias de un enabiertamiento prolongado, y lo duro que podía ser. Especialmente para un niño, claro.

Imagínesele al niño sin asideros. Consiguiendo, de pronto e instantáneamente, una sobredosis de todo lo que siempre quiso para cuando fuera mayor. Es que los niños siempre tienen prisa para hacerse mayores y poder disfrutar de lo que de niños no les gusta: la comida agria, el humo del tabaco, las cosas ásperas, la incertidumbre.

Así imaginaba el estar enabiertado: una brutal incetidumbre. Una insoportable libertad, la falta de todas esas seguridades. La más importante: que un juego es un juego. En aquel momento aun existía el peligro de que un juego no lo fuera, si lo empezaban niños mayores, de la calle. Niños demasiado vividos, con una sombra de bigote y que comenzaban a disfrutar del humo. Trascendencia del juego, el comienzo del miedo. Peor, el comienzo de la perversidad: el amor al miedo.

Quedarse fuera era estar expuesto todo el tiempo a ese mundo, y eso me aturdía, me confundía. Quedarse fuera era vivir a marchas forzadas.

Hoy día no disfruto de casi nada de aquello, todo lo que creía que disfrutaban los adultos. Y tampoco se me ha pasado la inquietud ante los enabiertamientos.

El motivo es bien distinto ahora.

No añoro ninguna clase de protección hogareña, porque estas paredes que llamo casa ya no me protegen. No temo a ningún matoncillo de doce años, he descubierto que la gente amable es más peligrosa. Pero sí hay algo, y tiene que ver con las llaves, esos objetos tan extraños.

Para mí, tener una llave es sinónimo de poder perderla. Corrijo, es sinónimo de que voy a perderla. Por eso he buscado todo el tiempo un antónimo de llave. No es cerradura, la cerradura es la maldición de la llave. Sin ella, su pérdida no tiene importancia: "ahora mismo me hago otra parecida, y ya está".

No puedo entender por qué yo, el que vive legítimamente en mi casa, soy la única persona sometida al riesgo de perder la llave, a la maldición de la cerradura, a un enabiertamiento que a nadie más afecta. Una vez propuse que yo, como dueño de la casa, no debería llevar las llaves, que la mera posesión me debería dar derecho a entrar libremente. Que tendrían que ser el resto de personas las que llevasen llave: unos tendrían una llave que abrieran la casa (tú la tienes, sólo tú porque me gusta que entres y te sientes a mi lado), y otros tendrían una llave que no la abriera.

No entendieron mi propuesta. Aunque alguien entendió mi lógica (me conoce desde pequeño).

El llegar a casa y buscar tres veces en todos los bolsillos, es cargarse de pronto con todo el cansancio de años, con todo el frío de noches, con la perspectiva de dar explicaciones, y balbucir torpezas (aun mayores que perder una llave). No encontrarla. Los dedos cada vez más incapaces, y recorriendo mentalmente los sitios donde uno la puede haber perdido. Es darse cuenta de que uno atraviesa tantos sitios a lo largo del día, y deja tan pocas huellas en ellos. Es darse cuenta de que uno cruza tantos espacios y habita tan pocos. Darse cuenta de que uno puede entrar libremente en todos esos sitios inhóspitos, pero no puede entrar en su propia casa. Recordar horarios comerciales, mirar el reloj, y caer en la cuenta de que hay mucho menos mundo accesible a esta hora, que todo cierra y la de casa no es la única llave que falta. Admitir que no sabe uno a dónde ir, que nadie cerca te abrirá sin más la puerta, que no sabes por dónde empezar a buscar, que no sabes fabricarte la llave de tu propia puerta.

Por eso me parece milagroso cada día, cuando rebusco en el bolsillo y el pequeño objeto metálico lleno de piezas dentales se aloja dócil en mi mano, y siempre funciona. Me sorprende tanto que, las pocas veces que se pierde, aparezca a los dos minutos de empezar a buscar (se ha quedado en el coche, o en la chaqueta que tengo en la mano, nada importante). Aunque no me hagan cambiar del todo de idea, esos instantes me calman en parte esa angustia ante una libertad condicional.

Lo que tú quieras, pero no vuelvas a soltarme la mano.

10 julio, 2008

Cuadernos de Crítica Ficticia I: El Proceso


Era un texto extraordinario.

Tuve que leerlo tres veces para darme cuenta. La primera vez me dejó completamente indiferente, porque sólo leí lo que estaba escrito.

Decía así:

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"EL PROCESO

Estoy olvidando todas tus afrentas, todos tus rencores.
En el fondo te quiero."



Me parecía excesivamente pretencioso llamarle "El Proceso", como al maravilloso cuento de Franz Kafka, de manera absolutamente gratuita además. Es un texto vacío y sin historia, y no hay nada interesante u original en él. Me parecía un insulto que ocupara una página entera de aquella antología de microrrelatos que tenía al menos tres relatos por página. En realidad, me parecía mal incluso que estuviera en la antología.

Pero entonces miré con atención la hoja donde había sido impreso el cuento.

Todo lo que me había molestado se convirtió de pronto en lo más valioso del cuento. El ser un texto vacío, sin historia, el ocupar él solo una página,... porque realmente estaba escrito así:


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EL PROCESO

Estoy olvidando todas tus afrentas, todos tus rencores.




















En el fondo te quiero.


Al principio pensé en lo interesante que era que aquella frase ("en el fondo te quiero") se hubiera caído como una hoja en otoño, y quedase ahí abajo, en el fondo de la hoja. Me divertía con esa imagen que creía ingeniosa, la hoja en el fondo de la hoja, "en el fondo" te quiero. Y en seguida me dí cuenta de que estaba siendo demasiado simplista, que el cuento estaba ahí, en el espacio en blanco.

Ese era "el proceso".

Tantos años de ver textos tópicos -es lo que tiene ser un crítico de segunda- me hicieron ver al principio sólo el tópico que ocultaba el verdadero sentido del texto. Leí mal todas las palabras, empezando por el título. No era un falso homenaje (es decir, una apropiación) hacia Kafka, era el resumen del proceso creativo del vacío del texto. Aquí me traicionó mi propia pedantería de escritor frustrado, que me hacía creer que todos los escritores debían ser igual de pedantes.

Tampoco el "estoy olvidando" se refería al tiempo del texto ni del lector, sino al tiempo mismo asociado a ese proceso. El fondo no se refiere al lugar geométrico, ni al sentido figurado de la frase hecha, sino al fondo (lo que contiene) del texto, en contraposición a su forma (lo escrito). "En el fondo te quiero" es una frase que contiene una gran cantidad de recursos estilísticos que en realidad quiere decir "prefiero que permanezcas ahí, donde no puedas seguir ". La combinación "te quiero" es tan fuerte que nos aparta de interpretarla de otra forma que de la tópica y consabida, y el autor juega con ello con una habilidad tan endiablada que casi se me escabulle.

Veréis, en muchas ocasiones se ha intentado a través de la literatura que un cuento no contuviese una descripción de lo narrado, sino que contuviese lo narrado en sí. Lo mismo con la pintura o con la música, poesía o arquitectura. Pero en general intentos tan pretenciosos han fracasado estrepitosamente. Pienso en todos esos intentos que se hicieron entorno al concepto "silencio", pero un poema en blanco no es un silencio, es sencillamente la falta de poema. No sirve. O todos los poemas en torno a un sufrimiento lacerante, que pretendían ser el dolor mismo más que su descripción. Muchos textos, canciones o pinturas pretenden ser el resultado de un grito, de un llanto, de una muerte. Muy pocos lo consiguen.

En este texto, el espacio en blanco supone la realización de ese proceso, y no sólo su culminación, sino el propio acto de crearlo está grabado en ese mármol de la página en blanco. Entendí al fin, y me sentía muy satisfecho de mi sagacidad. Creía que el autor había elaborado la efectiva ilusión literaria de haber escrito un largo texto para eliminarlo, y hacer de esa eliminación un proceso.

Entonces me entró una duda.

Logré de la editorial que me había mandado el volumen para su reseña, que me dejara acceder a los manuscritos de algunos textos. Fue difícil. Finalmente dí con el manuscrito. Sucede lo de siempre: la realidad del autor le baja los humos a cualquier crítico. Amarilleado de años, bastante deteriorado, y aunque no se note bien aquí por culpa de la reproducción, tenía huellas de haber sido alcanzado por, al menos, un par de lágrimas.


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03 julio, 2008

Masaje Cardíaco


1 - ReQUEST

¿Qué hacéis todavía aquí?

No es un reproche. Al contrario, guarda una expresión de sorpresa y de agradecimiento. Pero sobre todo es exactamente lo que parece ser; nada más que eso: una pregunta.

Se traduciría como "¿qué esperáis leer aquí?". Lo escribiré. Lo que queráis leer yo lo escribiré. Creo que os merecéis que se cumplan vuestros deseos, y en mi papel de ausencia silenciosa que hace pasar los días, asumiré las funciones del Destino para cumplir caprichosamente vuestros deseos.

La espera es un acto, y con verdadero poder transformador sobre la realidad. El más poderoso sortilegio es callar. Acompañar al tiempo en su paso, a las cosas en su mutación. Modular con el propio deseo el devenir de lo mutable, la forma de los cambiantes.

Quiero dejarme transformar (como Balcius, hecho de la SUSTANCIA más MUTABLE que existe: el sueño hecho palabra). Dejarme transformar por vuestra espera.


2- ReSTARt

Llueve una lluvia luminosa, hace calor y llueve. El aire es fino, limpio, golpea la luz de la tarde con sus anaranjados, alargando sombras, proyectando con vocación de cinematógrafo un arcoiris duro, casi opaco. Los pájaros continúan cantando, pero dentro del armazón de hormigón de las casas a medio hacer, más que nunca unas ruinas tempranas.

Es un buen momento para volver a escribir.

Al entrar en casa deja de llover, y la tarde adelgaza a toda velocidad. Entiendo la urgencia de atraparla con mi bicicleta, por lo que corrijo mentalmente la frase:

Era un buen momento para haber vuelto a escribir.

Atrapo el instante sin palabras en una hoja de mi libreta, para que me acompañe ahora, en mi primer texto tras tanto tiempo. Si el tiempo literario es una pura invención sumisa, el tiempo real es aun más elástico.


3- ReSTRAIN

Existe un teléfono al que puedes llamar, para escuchar únicamente un silencio habitado. Hay que tener mucha paciencia, pueden pasar horas sin que notes nada más que silencio vacío, un rumor de lluvia muy lejana. Si logras llenarte de lluvia, notarás el silencio habitado, una tensión de escucha, respiración acallada y el crujido de un vestido de lino (para entonces tendrás el oído extraordinariamente afinado).

"Moshi-moshi..."

Al fin, se escucha un sollozo, muy reprimido. Infinitamente triste.
Esa tristeza incolora que se nos arrebató y que sólo es posible la primera vez. Las primeras veces son tan pocas... Esa soledad que ya no sabes sufrir.

Todos cuelgan entonces.
Yo no.
No quiero perderme el resto del silencio.


4.- ReVIEW

He estado mirando algunos textos antiguos de este mismo blog. Los hago míos, por primera vez.

Sé que suena rara esa frase. "Los hago míos, por primera vez". No es tan fácil apropiarse de las palabras que uno dice. Normalmente uno abre la boca como un muñeco de ventrílocuo, y habla la tradición, el sentido común, la civilización o la oportunidad.

No es el caso en los textos de Caída Libre. Lo sabéis bien. Pero tampoco son míos. Se los he regalado a Balcius desde el principio, y después a todos vosotros. Hoy hago míos todos (no, mejor sólo algunos, los que me pertenecen) los textos, palabra por palabra. No podéis decir que no he escrito nada: he vuelto a escribir Caída Libre entero.

Gracias a nuevos ojos, todo ha adquirido un sentido nuevo, gracias a todo lo que he vivido estos dos años y medio (y estos treintaytres míos, recién estrenados), cada palabra quiere decir cosas nuevas, que antes nunca hubiera imaginado.

No he cambiado ni una coma. Por eso me ha llevado tanto tiempo.


5.- ReBORN

Es extraño el acto de leer, la paradoja del tiempo. Está claro el engaño del tiempo literario. Tú lees esto hoy, que no es mi hoy, cuando hablo de ayer como si hiciera un año. Y no tiene nada de magia el ensamblaje, es pura sintaxis.

Puede resultar curioso a alguien el hecho de leer el Quijote. Curioso que nos llegue la palabra de un hombre muerto hace siglos, que se ponga a andar la historia escrita hace siglos y que "hoy" siga significando hoy.

Pero el que Cervantes esté muerto hoy no es más que una paradoja pobre. Estaba vivo en el momento en que lo escribió, y dejó pegado al libro el instante de escribirlo, su tiempo adherido.

Tal vez sea más extraño el caso de Alonso Quijano, pues si su tiempo está, más que adherido, intruído en el papel, ha de admitirse que Alonso Quijano murió hace mucho. Mucho antes que Cervantes. Él lo mató.

Él y cada uno de los lectores que obligan al personaje a sufrir la misma humillación, enfermedad y muerte, y lo peor de todo, la misma lucidez. Cada vez, siempre igual, una condena prefigurada desde el principio, y está claro (como en cualquier personaje atrapado en el material fílmico, que morirá irremediablemente al final de la película, por muchas veces que la veamos, aunque esta vez le gritemos con más fuerza que no coja aquel tren) que Alonso Quijano ya estaba muerto antes de que empezáramos a leer.

Ni siquiera ese es el verdadero milagro.
Me llama la atención el caso de Sancho.

Él no muere.

Cada vez que comenzamos el libro, le tenemos a él, inmortal, y a Quijote, reencarnado, ambos ecos del tiempo de un muerto. La novela siempre me pareció una fantasmagoría, por el problema que plantea a nivel de tiempo. Pero la pareja Quijote-Sancho adelanta en muchos siglos la paradoja de los gemelos. Quijote sigue teniendo una edad humana, mientras Sancho tiene cientos de años, como si Sancho estuviera en realidad viajando a la velocidad de la luz, a través de un tiempo distinto, y aun así manteniéndose a la par de su señor en su rocín hiposónico.

He pensado mucho si decir "he vuelto, cuánto tiempo sin leernos" no sería en realidad la más rebuscada e inútil de las ficciones literarias.


6.- ReLEASE

Tengo una inquietud. Es sólida, pesada, pastosa. El desasosiego proviene de que no es la inquietud que quisiera tener. Viene del color que tiene, y del color que no tiene.

Es como querer decir un nombre que no es, como ansiar el sabor equivocado. Uno se dice: "me liberaré de la inquietud cuando la haya nombrado", esa magia siempre funciona, escribir para deshacerse de lo nunca nombrado, pero esta inquietud es insatisfactoria (es sólida, pesada, pastosa), y cualquier cosa que escribiera también lo sería. Creo que hasta Pessoa lo tenía más fácil.

Para lograr que sea satisfactoria, la confesión deberá ser falsa.


7. - ReBOUND

Te resulta incómodo ver tus propios límites en las cosas que te rodean. Fíjate, una boca extraña con tu mismo tartamudeo, alguien mucho más pelirrojo, pero igual incapaz de reconciliación. Hasta los árboles, hasta el camino desdibujado entre las matas de arándanos. Todo lleva grabado el signo de tus propios límites, de tus propios defectos.

Date cuenta, no están ahí. Es sólo que los llevas grabados en los ojos.


8.- ReWIND

Estamos hechos de una sustancia emocional ajena. Para mí él es el hombre de los ojos indolentes, y tal vez él sólo se reconozca por la huella de las manos, o no se de cuenta de que suelen mirarle las manchas de grasa de la cadena de la bicicleta, en los bajos de los pantalones. En todo caso, hay una base de datos relacional, una imparable máquina mental de etiquetar gente, que mete en una bolsita como la de los policías a un conjunto: "él", "nombre", "chiste malo que contó aquella vez", "manchas de grasa", "tartamudea". Más bonito: "una niña", "nariz manchada de helado de chocolate", "me recuerda una ilustración antigua, no recuerdo dónde la ví", "imaginé que la hija que no tuve se le parecería". Eso piensa una hipotética Marta de una Inesita que sí existe.

La cuestión es que todo se produce sin que uno lo controle. Se abre la bolsa de plástico y cae dentro: "ella", "un rostro sereno, una sonrisa dulce", "una frase de las mil y una noches: era bella como una luna", "chaqueta de lana muy calada, parece un abrazo"... La bolsita se cierra con su sistema zipper, se le pone la etiqueta "INGRID" y un par de banderas y otros distintivos, y la persona pasa a ser instantáneamente ese personaje, a ser disparado por los resortes del árbol probacional. A ti te pasa exactamente lo mismo. A mí. Todos somos el único ser humano de una historia inventada, donde los demás son collages de un olor, un corte de pelo y una voz chillona, o de una mancha de grasa y un discurso aburrido. Cosas que no los definen, que no forman parte de ellos, cosas que ellos han descartado de sus "seres humanos" cuando decidieron contar su propia historia.

Y sin embargo, hay un cuerpo místico del yo.

Una sustancia emocional ajena, como decía. Si a Ingrid la asocio con una chaqueta de lana muy calada que es como un abrazo, si Marta asocia a Inesita con una hija no nacida, si tú me ves dentro de un reloj... eso es importante. Finalmente sí participamos en las historias de los demás en forma de esos seres mitológicos, de esos híbridos de objeto y tiempo, de impresión y juicio. Finalmente sí somos lo que los demás sienten de nosotros, habitamos sus recuerdos y su universo afectivo, incluso a veces lo invadimos sin más, crecemos a costa del corazón ajeno. Y todo ello somos nosotros, cambiando de participar en un relato a protagonizar otro, o de pronto a fundirse en una masa o a adentrarse en el idilio. Somos cambiantes y no podríamos soportar ser de otra forma, y la red de objetos emocionales que dibujan el armazón del yo es más grande que nuestra propia intuición emocional. Por eso a veces nos sorprendemos siendo tan fuertes, tan audaces, tan capaces de amar: alguien, en algún momento, nos ha imaginado así, y ha metido en la bolsa un anillo de ónice, una pintura de Morandi, el cuerno de un unicornio.

Poco importa si son personas o ejemplos, si son nombres inventados o escritura automática. Tampoco yo me llamo Balcius.


9.- ReLOAD

Vosotros ya sabéis que hay muchos trucos de magia que son más interesantes cuando se explican. Cuando se ve el truco, y se disfruta de su sofisticado mecanismo, cuando somos engañados con gusto, y disfrutamos de la habilidad de quien lo usa.

Tal vez sea el caso del Recuerdo Sintético. He descubierto a Balcius usarlo en algunas ocasiones. Es modular una ficción empleando material emotivo real, de forma que pueda llegar a crearse una nostalgia auténtica de un hecho ficticio. Viéndolo así, volver a leer sus textos como si los hubiera escrito yo se me hace raro, y más raro se me hace leerlos como si los hubiera escrito él.

Me intriga algo: si es un personaje de ficción que he creado para que escriba... ¿qué son para él sus recuerdos ficticios? ¿Es capaz un personaje de modelar su propio pasado, aprovechando que su tiempo es hoy?

Si es así, es un afortunado. Al mismo tiempo, si es así... entonces nuestro pasado está en manos de quienes nos piensan, nos imaginan haciendo cosas, cuchichean a nuestras espaldas. Son ellos quienes generan recuerdos sintéticos que luego emponzoñan el ser convergente que somos.

Dicen: "piensa mal y acertarás". Pero es que están haciendo trampa.



Gal Costa - Relance

10.- Quod Erat Demostrandum

Sin duda recuerdas su pelo mojado, cayendo en una hélice no del todo rubia, sobre su hombro redondeado. Como una manzana brillante su hombro, como azahares sus pequeños dientes pequeños, tan blancos, en una boca siempre distante. Sin duda la recuerdas hermosa.

Era tan hija que se negó a ser madre. No podía abandonar la culpa tan pronto.

La estás recordando con la piel al borde del frío, perlada de agua de mar y con el traje de baño aquel oscuro. El sol a su espalda. Imaginas su espalda caliente.

Y las manos frías, sus manos siempre frías entre las tuyas. Y su cuerpo ardiendo entre tus manos. Y tus ojos helados sobre su cuerpo. Y su dientes fijos en tus ojos. Y todo perdido.

Recuerdas muy especialmente el efecto de la luz sobre sus ojos de un color incierto, grises y verdes, miel, castaño, media docena de colores distintos según cómo entrara la luz del sol y girara caprichosa en su interior.

Tenía aquella forma de sorber el té, como si fuera Penélope deshaciendo y haciendo el telar de su propia existencia a cada sorbo, como si fuera la tarea más importante del universo, pero sólo suya.

Sabes bien que no es un recuerdo. Que es una foto de un catálogo. Sabes bien que no la has conocido nunca. Sabes perfectamente que no tiene la menor importancia. Así que quieres nombrarla y sonreirle, decirle que aun la recuerdas.

Y te has olvidado de su nombre. Recuerdas todo de ella, de esa invención que has encajado en tu vida porque te da la gana, porque puedes, pero aun no le has inventado un nombre. Y torpemente dices su nombre real. Y claro, todo se rompe, todo es insoportablemente cierto. No debiste siquiera intentarlo. Por eso ahora debes llorar, todo lo amargamente que puede llorar un ser de papel.

Te recomiendo, Balcius, que vuelvas a jugar con películas y con palabras, y no vuelvas a jugar a tener una vida real. Duele mucho más de lo que puedas imaginar.

30 mayo, 2008

La Peau Douce


Hace tiempo que conozco a uno de esos Cambiantes. Es un ser extraño, me da ecalofríos. Estará aquí en dieciocho minutos, ni uno más ni uno menos.

Son fríos y metódicos. Ahora posiblemente sea un lagarto. Porque eso es lo que hacen los Cambiantes: su cabeza, sus manos, todo lo que sobresale de su correcto traje se transmuta constantemente.
Cambian de hombre-perro a hombre-gaviota.
El que a mediodía es un turón, con la cabeza minúscula olisqueado, asomada por el cuello almidonado, quince minutos más tarde tiene el traje ocupado por un monstruoso varano que lanza su lengua bífida contra los objetos que ocupan sus manos verdes y escamosas.

Los instantes de transición entre un ser y otro son violentos, están habitados por espasmos y ruidos profundos. El traje no se arruga ni se agita, ni tan siquiera se altera su andar despreocupado. Sólo son la cabeza y las manos lo que cambia, de hiena a lechuza, a mono, a serpiente, a cormorán. Siempre en zonas de transición muy concretas, siempre a horas precisas. Nadie sabe (al menos yo no lo sé) si el cambio se produce por el lugar geográfico o por la hora del día, tal es la obcecación con la que repiten su rutina.

Algunos Cambiantes tienen Hombres como una de sus naturalezas. El que yo conozco es uno de ellos. Sospecho que pueden tener incluso distintos momentos del día en que son hombres, no necesariamente el mismo hombre, tal vez con distinto nombre, sin duda con distintas ocupaciones siempre ejercitadas con maniática obsesión.

Cuando entre por esa puerta, sólo yo conoceré su secreto.

Es verdad que sólo le conozco como Soriano, el de la Agencia, pero yo lo sé. Saluda, recoge los pedidos, y se va. Siempre inmutable, indiferente a las bromas o al ambiente de la oficina. Mecánicamente, siempre el mismo gesto, las mismas palabras con la misma entonación, la precisión de un reloj.

Jamás lo he visto fuera del trabajo, y nunca se dejará ver en los momentos terribles de la transformación, pero yo sé que Soriano es un Cambiante.


No podría soportarlo si no lo fuera.

18 mayo, 2008

Diagrama


En el intermedio de la reunión, todos se encaminan a la sala donde está servido el cattering. Unos termos de café, unos montados de pan con queso, jamón, la rebanada de tomate... todos distintos, bastantes bonitos. Recorramos rápidamente el grupo mientras descansan: charlan despreocupados.
Son personas resueltas e inteligentes, elegantes pero no autocomplacientes. No son elegantes como lo son los políticos o los artistas, cuando lo son. Algunos ya se conocen de anteriores reuniones, y bromean sobre hechos pasados con claves personales. Otros se encuentran por primera vez y se intercambian tarjetas de visita.


Míralos ahora uno por uno. Te darás cuenta de que la sensación que has tenido no es de las personas sino del conjunto. Congelados. Por poner un ejemplo, reduciré la luz de la sala e iluminaré al tipo del traje azul claro, por ejemplo. Adelante a cámara lenta, fíjate bien. Está algo nervioso, se nota el esfuerzo que hace para disimularlo. Lo notas tú, porque ahora estamos ampliando la imagen y nos hemos situado ahí, desde donde ves bien esa zona de las sienes en la que late una vena engrosada, porque le oyes tartamudear más de lo normal, porque ahora la fecha sobreimpresa está señalando la causa de su estado alterado.

Es incapaz de mantener la rebanada de salmón ahumando en su sitio, sobre el pan, y ahora le ha plantado un dedo encima.

Cuando su interlocutor toma la palabra, él abre la boca demasiado y se esfuerza por morder correctamente, sin que el aceite rebose o se le desmonte todo en varios trozos (bastante bonitos). Un fino y rápido hilo de aceite se desliza por sus dedos hasta la palma de su mano, y su turbación se dispara.

Pero nadie se da cuenta, sólo él cree que todos le están viendo y están disimulando. Cree que todos contienen su gesto de reproche o de desagrado, y que lo toleran su indecoro por pura condescendencia. Qué equivocado.

Los demás -ahora lo verás- están disimulando, sí, pero disimulan otra cosa. Marcaremos ahora con un círculo la causa de cada uno. Observa la lista que se despliega a la derecha y luego la foto fija con los números correspondientes: hay dos hombres con caspa, tres con demasiadas cosas en las manos, uno ha cogido un canapé que no le gusta y no sabe dónde meterlo, a la única mujer del grupo le parece que todos la juzgan por ser la única mujer, y uno de los belgas se avergüenza de un nivel de inglés que es exactamente igual del de sus interlocutores.

No, no tomes notas, tan sólo obsérvalos y date cuenta de lo que llena sus ojos, de lo lejos que están unos de otros.

Muy bien -"Apaguen el simulador"-. Pronto te enseñaré a aprovecharte de todo ello. Puedes guardar en tu interior el más terrible de los secretos, si aparentas intentar ocultar algo trivial estarás a salvo. Si disimulas tu desamparo nadie sospechará de tu fuerza. Recuerda bien que no son como nosotros... son todos tan frágiles, tan peligrosos...


12 mayo, 2008

Convivir con serpientes marinas


Hay una frase que se repite a menudo en los últimos meses, una frase que me llama mucho la atención: "las constructoras están en caída libre". Lejos de inquietarme, les doy la bienvenida a esta casa, así que las constructoras se vienen a vivir aquí. Claro, afuera hace tanto frío.

Puede que muchos de los que me conocéis (de oídas, de leídas o de vista) creáis que las constructoras y sus constructores, las promotoras y sus promotores, y en general esa casta de nueva liberal-burguesía, no me caen bien. Creeréis que no me resulta grata su compañía dentro de esta casa. Sin embargo, siento que nos unen muchas cosas a los constructores y a mí.

En primer lugar, son seres muy próximos a la poética en todos sus actos. Además, dominan diversas formas de magia, del poder de usar las palabras para cambiar la realidad, potencian la vida privada de los objetos por encima de su funcionalidad, y son capaces de invertir el sentido de las relaciones de los objetos con sus palabras. "Hipoteca", si parece un ingrediente de cualquier pócima mágica.

Pensad en la esencia fantasmática de su filosofía de negocio y su trasfondo poético. Ellos no venden una casa, no venden un feo cubo de hormigón y ladrillo infiltrado de tubos húmedos, una ruina de efecto retardado. Nadie lo querría. Ellos venden el espacio que hay dentro, cuya propiedad más interesante es que puede albergar en su interior una o varias vidas.

Muy Zen ese concepto: es el vacío de una casa lo que le da valor. Entonces ellos venden ese vacío, ellos venden aire. Y viven de ello. Viven del aire, como los poetas.

Ahora pensad en su forma de modificar las ataduras de las personas y las cosas. En combinación con esos otros fascinantes seres, las entidades financieras, han logrado que uno sea poseedor de una deuda y viva dentro de ella. Uno no tiene una casa. Ellos construyen la casa, el banco la compra, tú adquieres el derecho a quedar debiendo, y habitas tu deuda. Habitas una posibilidad, un hueco desgarrado en el delicado tejido de lo que es y lo que puede ser, habitas una angustia y un peligro, habitas la posibilidad de perderlo todo. Vives dentro de la pérdida a plazos.

Recuerdo una prueba que hicieron a unos niños pequeños, para comprobar su creatividad. Le preguntaban cuántas cosas distintas se podían hacer con un objeto determinado. Escogieron el más anodino posible: pusieron sobre la mesa un ladrillo. Por supuesto el primero lo tuvo fácil: "romper nueces", cosas similares, pero cuanto más opciones se daban, más difícil se hacía inventarse nuevas, y la cosa se puso realmente interesante. Alguien dijo que ponérsela sobre el hombro, imaginar que era una radio, y bailar al ritmo de la música imaginaria. Me encantó. Entonces fue cuando un niño miró el ladrillo, y dijo que lo pintaría de amarillo brillante y lo usaría para un plan maestro para atracar una caja fuerte y sustituirlo por un lingote de oro, sin que nadie se enterara.

Ese chico era muy listo. De mayor seguro que se hizo constructor. Hacer pasar ladrillos por oro, hacer pasar casas por tesoros, o sitios para vivir por bienes donde invertir dinero. Qué ocurrencia.

Lo que más me gustó fue escuchar al patrono de este colectivo tan dado a la magia y al esoterismo, hablar de su situación actual (me temo que no les gusta estar en Caída Libre, aunque yo nunca los he tratado mal). El caballero dijo que el sector estaba en crisis, por un desequilibrio financiero (hasta ahí bien), que el peligro para España procedía de que el peso del sector en la economía nacional era muy alto (muy sagaz), y que el gobierno, si quería ahorrarse problemas, ya sabía a qué atenerse.

Me quedé fascinado por esas palabras. "Ya saben lo que tienen que hacer". Una combinación de súplica, imposición, sobreentendido y amenaza. Si nosotros nos hundimos se hunde España, así que danos pasta. Y el desparpajo con que lo dijo, parecía estar guiñando un ojo con media sonrisa al locutor mientras sacudía su Rollex por el bien de los trabajadores de la construcción. Jamás se me hubiera ocurrido que fueran tan flexibles, tan abiertos a ideas y soluciones, a nuevas formas de pensar. Jamás creí que pudieran apelar a la intervención del Estado, a la planificación estatal de la producción y de las finanzas, esos tipos que cobran el 50% mínimo en negro, que distraen lo que pueden, que burlan toda reglamentación y control siempre que pueden. Esos tipos que se han pasado la vida negándose a una intervención de precios, apelando a la libertad de mercado para justificar las artificiales y disparatadas subidas, ahora ya no creen en esa regulación espontánea de los mercados. Sólo puedo entender que lo dijera de broma, los constructores tienen un fino y complicado sentido del humor, y en eso también me siento próximo a ellos.

O eso o es que tienen miedo.

Se siente vértigo cayendo, ¿verdad? Hay que ser muy duro para vivir en caída libre, no es fácil. No sabéis soportarlo. Me da pena.

Si es así, no los quiero. Aquí sólo entra gente que disfruta la caída, sin pensar nunca en la perspectiva de un suelo ahí abajo. Mirad a Solbes. Ese sí que me pareció soberbio, supongo que hizo gala del mismo humor que quien le había apelado. Dijo: "no debemos intervenir en el ajuste que se realizará en el mercado inmobiliario, el propio mercado llegará a un equilibrio". Qué extraordinariamente cínico, qué satisfacción debe sentirse al decirle eso a una panda de liberales.

Alguno de ellos, seguro que en ese momento pensó: "ahora caigo".

05 mayo, 2008

Como cae un árbol, cayó suavemente sobre la arena


Sé que queda muy bien citar a Saint-Exupéry. Seguro que las conocéis: "El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo"; "Al primer amor se le quiere más, a los otros se les quiere mejor", cosas por el estilo.

Queda uno tan bien cuando reniega de lo adulto. Está tan bien visto optar por lo sencillo, por ser niño y abandonar todo el peso del intelecto y de la vida vivida, aunque la de Peter-Pan es una pose, tan falsa como la del pedante. Ninguno de los dos disfruta en serio de su disfraz, sino de cómo le sienta.

Es trampa jugar si conoces el truco. Es trampa usar las frases de Antoine cuando uno sabe que alguien las está esperando, que se le juzgará bien si las usa. Cuando ha oído de refilón "lo primero que averiguo de un hombre es si ha leído El Principito". Entonces ya no está autorizado para usar las frases que acaba de rebuscar en algún libro del cual se salta las ilustraciones (al contrario de lo que hacía de niño).

Además es muy fácil. Demasiado fácil citar frases de un libro ya escrito. Alguien se pregunta qué quiere decir eso, si se podía ser el Principito antes de que el libro existiera. Por supuesto que sí, muchos lo han hecho, antes, después, e independientemente de bandada de pájaros alguna. Sólo se puede llegar a él borrando el libro de la memoria, dibujándolo en otro sitio. Más profundo. En el pozo de tu desierto.

Fácil citarlo. Pero qué difícil ser el Principito, que no te importe serlo, con la pérdida que supone, la responsabilidad de lo que se ha domesticado. Serlo de verdad, con esa voz pequeña que no tiembla más que una estrella del atardecer, en una noche de grillos. Serlo tan abiertamente, pedir y preguntar como él.

El acto más difícil, el más poderoso, ya lo dijo Zaratustra: hacerse niño y decir SÍ. La afirmación de luz de quien ama una flor.

Hacerse niño y pedir:


Dibújame un cordero.







Telesketch, programado por vdabney.