24 abril, 2006

Mantener la palabra dada


Imagina conmigo.

Estás leyendo esto, eso es fácil de imaginar. Confío en tu habilidad para imaginar la tormenta ahí fuera, golpeando furiosa contra los cristales con toda su rabia de agua y viento, su rugir de trueno, la luz de cada relámpago, mano de Dios. Tampoco es excesivamente difícil.

Lees esto en una habitación oscura, oyendo los truenos a destiempo, la luz del monitor lo único que deja en penumbra los objetos familiares pero extrañamente vivos entre el azul pálido, especialmente cuando son iluminados por sordos relámpagos.

Y sigues con la vista estas palabras, y puedes imaginar que te las digo aunque ya las escribí hace mucho tiempo, no importa cuándo. El viento es fuerte, siempre pasa lo mismo, la luz se va, una sobrecarga en la red, el monitor se apaga y queda sólo una débil fosforescencia, algo de luz dentro de los ojos, persistencia de la visión, y sigues leyendo.

Y mueves la cabeza y no hay puntos de referencia, no hay donde apoyar la ceguera, salvo los propios ojos que llevan marcada la huella de estas palabras que lees, de este texto que dibuja lo que ahora piensas, ahora que el lienzo está libre. Más fosforescencia de la que esperabas, las letras flotan ante tus ojos y puedes seguir leyéndolas, verdosas y brillantes, danzando y apareciendo sólo en el momento de leer. Todas las palabras existen sólo cuando las dices, sólo cuando las lees, sólo cuando las inventas. El diccionario es un cementerio y ahí no hay palabras. Delante de tí ahora mismo, aunque todo quede a oscuras, aunque se corte el teléfono y la electricidad y se rompan las cuerdas de las persianas y se hundan las tablas del suelo... ante tí están las palabras que lees, cayendo cual fina lluvia que tus ojos hacen brillar cuando pasan a la altura de la pupila, que tus ojos ordenan y hacen posible su sentido. Y es este mismo instante, el vivido, el escrito, el imaginado, ahora que imaginas conmigo, es el ahora.



Y leer siempre ha sido un extraño sortilegio, invocar un tiempo que no existe, dar sentido a unas palabras que no son nuestras. Leer, tarea de magos.

4 comentarios:

reflejos dijo...

Me dejas hipnotizada con estas palabras.A medida que las he ido leyendo he sentido una especie de hechizo. Gracias, mago.


Saludos cordiales.

princesadehojalata dijo...

Hermoso texto Balcius. Un beso.

Marina dijo...

Leer, tarea de magos... qué bonito :) Desde luego, quien no haya sentido lo que es dejarse atrapar por un libro, olvidarlo todo para seguir esta historia, dejar pasar las horas como si volaran mientras tú te tragas absorto una página tras otra tumbado en el sofá, con la cena sin hacer y los platos sucios...
Un beso. Superando las limitaciones freudianas, te sigo visitando :)

Marauder dijo...

Las palabras no existen hasta que las lees.

Una realidad aplastante con la que se enfrentaron quienes querían leer los jeroglíficos egipcios. Jeroglíficos que fueron durante casi un milenio dibujos sin sentido. No tenían más contenido que el arabesco de una cenefa geométrica. Y todo porque olvidamos el hechizo. Olvidamos cómo leer aquella lengua. Pero cuando un hechicero logró desentrañar aquella cábala, los dibujos se transformaron en Historia. Volvieron a la vida, resucitaron un mundo congelado en sus entrañas codificadas.

Las palabras, pensamiento y existencia congelados en punzadas sobe arcilla, cinceladas sobre rocas, borrones de tinta sobre papel y, más fascinante todavía, saltos de electrones en tubos de vacío. Las palabras escritas son pensamientos cristalizados. Cristales minerales en busca de los cuales tus amigos mineros excavan este blog.

Leer, tarea de magos... o de alquimistas, según se mire. Porque el acto de leer transforma la palabra leía, el pensamiento ajeno, en un pensamiento propio. En comida para el alma.