Cuando llevo unas dos horas caminando, comienzo a disfrutar del hecho de no saber dónde estoy, del camino desconocido, apensa distinguble, del frío y el sol de un mediodía mortecino de principios de invierno. Sólo plantas secas a uno y otro lado, las de la derecha extrañas, como arbustos bajos muy ramificados, ni una sola hoja, tan sólo un fruto pardo lleno de espinas, como un pez globo abierto en cuatro, al final de cada ramificación, ofreciendo cientos de semillas negras como granos de azabache a los pequeños pájaros, los únicos seres vivos a la vista. El resto es puro recuerdo, varas y restos de plantas, apenas hierba medio seca aquí y allí, el camino de fragmentos de tierras, gravas, líquenes, pastos y algunos charcos en el que descansaba el limo como espumado, flotando en luz, casi negro. Como la memoria, guarda la pisada de pájaros de dedos largos huesudos y delgados, algo como garzas, tres dedos largos hacia adelante, muy abiertos, uno más corto hacia atrás.
Mientras camino ya casi mecánicamente noto con regocijo que lo que tengo más cerca se repite a sí mismo (el suelo siempre igual, el camino difuso muy recto entre las frajas de plantas secas), mientras que las referencias que podría tomar están tan lejos que no se mueven lo más mínimo, de uno a otro paso. A la derecha la estampa de la ciudad, con su vieja catedral encaramada en el pequeño montículo que se me antoja un túmulo de antiguos señores, cadáveres de tiempo y gloria, de Historia y otras minucias. Flota en un aire moribundo, como de sonrisa cansada en un retrato de Murillo. A la izquierda, igual de lejos, la gloria caótica de las canteras de granito, herida abierta en rosado brillo mineral, de pronto comparables a las catedrales brillando en un aire tenue y ligero a esa hora, el justo tajo entre las piedras.
Tras de mí, la depuradora inactiva, una ruina sin inaugurar, hipopótamo de hormigón con silenciosas turbinas y bombas a las que se le presupone el ruido ausente, la depuradora que deja de alejarse para ser parte del paisaje inmóvil, como lo es la línea de árboles que corta el plano en perpendicular al sentido de mi avance, lo que mi vista alcanza si miro adelante, dibujando otra belleza estéril y algo tópica de árboles sin hojas como muertos, un horizonte demasiado bajo que debe ser el río en un tramo brutalmente recto, unos gigantes indolentes devorados por la hiedra.
El placer es el de sentir que nada se expande ni contrae, como la aguja de las horas parece quieta y el sol siempre en el mismo punto del cielo, de pronto todas las horas de mi vida me parece que fueron mediodía, parece que sólo se mueve el tramo de suelo que está inmediatamente bajo mis pies, arrastrando algo del paisaje idéntico. Siento la ligereza del momento como si yo estuviera quieto, el mundo se mueve bajo los pies que sueltan y agarran alternativamente la cinta transportadora elástica de tierra y guijarros, mientras leo. Leo muy lentamente sin dejar de caminar, de a frases sueltas, a alguien que escribe tal vez aun más lentamente, entiendiendo las grandezas del silencio. Me he traído conmigo "Los Pasos Perdidos", de Alejo Carpentier, que voy mordisqueando como una fruta en un paseo en verano.
Me regocija la frase: "Llevo más de una hora aquí,
sin moverme, sabiendo de lo inútil que es andar donde siempre se está en el
centro de lo contemplado"
El narrador está sentado en un paisaje como este, amplia llanura igual a sí misma, abierta de aire, con un río cerca.
Y yo sintiendo esa misma quietud en el movimiento de mis pasos, esa sensación de ser el centro de una semiesfera seccionada por el suelo que ata todo lo visible y lo invisible, sintiendo que el paisaje está siempre a la misma distancia de mis pasos, que sin embargo acaban llevándome al río.
Y recuerdo el frío de la sombra de los árboles, y recuerdo también el brillo del río como una plancha de plomo fundido que parecía transportar sobre sí una corriente de agua o su efecto de remolinos y otros revuelos, recuerdo también que ese brillo persistía bajo el cielo apagado y ceniciento de un atardecer sin colores, y mis zapatos mojados por caminar sobre un césped perlado de lluvia, pero claramente esos recuerdos están mezclados y no son del mismo día, es otro fragmento de río, allí no hay árboles sino los ordenados que rodean el parque. Al final del camino hay una bajada abrupta directamente al fango del río, no como aquí (/allí) en que de la hierba nace una escalera como hecha por equivocación, pues se hunde suicida en el río. Sentado en la escalera pienso en escribir, pero igual que un par de días después en ese camino en que yo me movía inmóvil. No llevo conmigo la libreta de tapas naranjas a la que llamo a veces con cariño de burla "Balcius", se queda en la memoria donde se mezcla un río con otro, las aguas distintas de Heráclito. Tomo notas otro día, ya sin ningún sol, ni río ni lluvia, notas sobre aquella corriente en que los remolinos y las ondulaciones evolucionaban lentas y densas sobre una corriente sin embargo abrumadoramente rápida, precipitándose gigantesca masa de agua espejo del cielo arrolladora fuerza lámina de atardecer, aunque no escribiré nada de aquello.
Tengo en la mano un trozo de una hoja y veo el reflejo de los árboles quietos sobre el fragor de la corriente. Dejo caer la hoja a mis pies, sobre la corriente, y la veo moverse indecisa, enredarse con pequeñas ramas y un trozo de cuerda que está en la orilla, una hoja completa dura más en la corriente, pero acaba enganchada también. Lanzo una rama, puede ir más lejos, más al centro de la corriente, y la veo avanzar, asomando sólo fragmentos por encima del espejo del atardecer para decirme dónde está mientras se acelera bajo el arrastre de las aguas.
Se acaba enredando, medio minuto después,en los restos de un gran arbol caído en mitad del río y entiendo. Entiendo las conexiones, los hilos de marioneta, la falsedad de las escalas (y los ritmos), y al mismo tiempo he perdido todas las palabras para explicarlo. Comprendo de pronto y mi incapacidad para argumentar me impide escribir, y al mismo tiempo eso que veo es precisamente que puedo escribir, que está justificada mi idea -que rechacé avergonzado- de que mi paseo por el camino de tierra hacia aquel río manso era remedo de la búsqueda mítica del libro, por caminos de piedra hacia el Orinoco, ascendiendo el Orinoco, que sí es una verdad a escala cuando las escalas son mentira y que mis letras están ya escritas, que una vez puesto aquí, todo el silencio atrás será cubierto de letras y que no es cierto que haya estado callado, pues todo aquel tiempo era este tiempo y todo aquel tiempo he estado escribiendo. Entendí entonces (al ver la rama en el río) lo que había leído dos días después, precisamente es la mentira del tiempo.
Siempre he estado aquí, nunca ha tenido importancia.
Nota al margen:
No pierde la voz quien sabe de lo dicho y lo por decir
quien conserva lo vivido y su por-venir.
No pierde la voz quien se niega a perderla.