El aire ahí fuera
Olor a polvo y a tiempo te golpea, te seca la boca. No ignores esa señal, deberías mojarte los labios y cerrar la puerta, pero tú pareces disfrutar.
Y te llenas de la infección del tiempo muerto no porque el aire viciado te emborracha, sino porque eres capaz de reconstruir todo lo que hay en la habitación, con los ojos cerrados. Cada objeto, cada cosa, el sonido que hace y su peso y su tacto de siempre, y por eso no enciendes la luz aun.
Sueles echar de menos el tener algo que echar de menos, por eso entras en la habitación sin ventanas y te quedas casi diez minutos con la luz apagada. Cuando la enciendes está todo en su sitio, y te empeñas en ver su inaprensible interior. Las muñecas, la caja de música, botes llenos de piedrecillas y conchas, pilas de dibujos, revistas, recortables. Sobre todo muñecas por todos lados.
Es verdad que está la luz encendida, la hiriente luz dura y teñida de la única bombilla sin lámpara, que hace brillar los millones de partículas del aire, como si estuvieras en un cubo de cristal o se hubiera congelado la lluvia de hace veinte años.
Te niegas a ver otras cosas que las muñecas y sus sonrisas. No ves las grietas en su cara, no ves la pintura saltada. Las polillas o las pequeñas huellas de dientes. No te das cuenta que el sabor del aire son las páginas de los libros y otros papeles, poco a poco volviéndose nada, como toda esa ropa raída y decolorida que te sigues poniendo cuando nadie te ve. Eres como ellas, ya sin ojos. Te agarras a ese trozo de porcelana, te abrazas y lloras unas lágrimas que no salen, que arden en un puro fuego de paja seca.
Déjalo ya. Admite ya tus derrotas, admite tus victorias, y reconocelo de una vez: no tienen tanta importancia. Deja ya tus trucos y haz magia. No te gires, sigue adelante y deja a tu espalda por fin la hoguera necesaria.
Y te llenas de la infección del tiempo muerto no porque el aire viciado te emborracha, sino porque eres capaz de reconstruir todo lo que hay en la habitación, con los ojos cerrados. Cada objeto, cada cosa, el sonido que hace y su peso y su tacto de siempre, y por eso no enciendes la luz aun.
Sueles echar de menos el tener algo que echar de menos, por eso entras en la habitación sin ventanas y te quedas casi diez minutos con la luz apagada. Cuando la enciendes está todo en su sitio, y te empeñas en ver su inaprensible interior. Las muñecas, la caja de música, botes llenos de piedrecillas y conchas, pilas de dibujos, revistas, recortables. Sobre todo muñecas por todos lados.
Es verdad que está la luz encendida, la hiriente luz dura y teñida de la única bombilla sin lámpara, que hace brillar los millones de partículas del aire, como si estuvieras en un cubo de cristal o se hubiera congelado la lluvia de hace veinte años.
Te niegas a ver otras cosas que las muñecas y sus sonrisas. No ves las grietas en su cara, no ves la pintura saltada. Las polillas o las pequeñas huellas de dientes. No te das cuenta que el sabor del aire son las páginas de los libros y otros papeles, poco a poco volviéndose nada, como toda esa ropa raída y decolorida que te sigues poniendo cuando nadie te ve. Eres como ellas, ya sin ojos. Te agarras a ese trozo de porcelana, te abrazas y lloras unas lágrimas que no salen, que arden en un puro fuego de paja seca.
Déjalo ya. Admite ya tus derrotas, admite tus victorias, y reconocelo de una vez: no tienen tanta importancia. Deja ya tus trucos y haz magia. No te gires, sigue adelante y deja a tu espalda por fin la hoguera necesaria.
Stina Nordenstam Get On With Your Life











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