La noche de las palabras
Bajo por el sendero mal iluminado, por el puro gusto de saber a dónde lleva. No lleva a ningún sitio, termina en una pista de tierra que se bifurca. Por un lado avanza entre los viñedos, por el otro desaparece entre las sombras.
Tan sólo encuentro oscuridad de distintas negruras, y la sombra de un árbol fosilizada en forma de una mancha azabache en el suelo. El calor del día ha ido secando un charco excepto en la zona refrescada por la fronda del árbol, con lo que su sombra ha dibujado ese dominio de agua indultada. El agua, de noche, resulta especialmente negra.
Camino entre grillos y chicharras, y un gorgojeo que tardo en identificar. Se trata de ranas pequeñas. Me empapo de su misteriosa liturgia nocturna, complejo gamelán de ritmos tan simples. Con los ojos cerrados me dejo iluminar de cánticos, de los restos de un calor que el viento arranca ya sin piedad.
Con cuidado me alejo de las penumbras y los ruidos suaves, para sumergirme en la oscuridad y el silencio, avanzo por el camino de la derecha, que es tan oscuro como la noche. Sólo queda el ruido de los pasos en una gravilla cada vez más fina, cada vez más tierra, como la propia noche. Como mi propia boca.
La noche era tan noche, el frío tan frío, que alcanzó una cierta forma de plenitud.
Avanzaba en medio de una ciudad desconocida, la aguja de la catedral y la torre de la estación se veían a lo lejos, y luego sólo el aire sólido de tan helado, el suelo que recibía sus pasos como los del primer hombre que pisaba ese mundo sin una sola estrella.
Las pocas luces de la ciudad fosforecían en el fondo de sus ojos. Emergió de la plaza desierta, una especie de robusto castillo destacaba con aire de buque fantasma, a su izquierda, y un edificio neoclásico llenaba la mitad de su campo visual con las paredes pulidas de arenisca. Un árbol parecía desistir de florecer, aparecían y desaparecían los edificios cúbicos de cristal entre las distintas sombras imposibles de identificar. Un tordo buscaba semillas en el césped, las piedras redondas marcaban el límite de la zona peatonal, el aire acariciaba las mejillas de una joven con una trenza, el suelo seguía mojado.
Todo era una sola cosa, todo simultáneo, sin fronteras ni escalas, sin contexto. Porque había alcanzado una cierta forma de plenitud, gracias al frío y a la falta de luna en la densa negrura.
"Me invadió una cierta forma de plenitud", pensó, como si lo escribiera.
Un error muy grave.
En primer lugar, porque la plenitud no lo invadía. No puede ser algo exterior que entra, penetra y te invade. La plenitud es uno mismo, cuando deja de ser otras cosas. Cuando hace frío.
En segundo lugar, por pensarlo, y empezar a nombrar mentalmente todas las cosas que en su plenitud habían sido una misma cosa, una misma noche sin fronteras ni escalas ni contexto. Al nombrarlas cometía el sacrilegio de crearlas (primero fue el verbo), de arrancarlas de la plenitud y estamparlas de nuevo en el papel de calco de la realidad.
En tercer lugar, por la trampa de escribir, aun sin el grafo, sin el papiro. Escribir por pensar un texto y no un pensamiento. La forma más ruin de escritura: tan sólo la impostura de escribir.
"TEXTO": del latín, es un tejido, una trama. TEXTERE es tejer, urdir. Es una trampa donde la palabra es lo visible, el follaje que protege de la vista los finos hilos de sintaxis y de sumisión, el peso del diccionario. Atrapado dentro de la estatua ecuestre de su autocomplacencia, de unas palabras tan bien engarzadas, de unas palabras que no son suyas. Deja la frase sin acabar.
Perdió una oportunidad. Él, que tuvo esa posibilidad, y yo que soy pura palabra ahora le traiciono tres veces al trenzar su historia.
Si piensas como si escribieras, la realidad está perdida. La ficción en que todos vivimos se secará en esa forma de cartón áspero y cortante de la literatura, y "te invadirá" (ahora sí) la palabra "plenitud". Así, con comillas y todo.
Si escribes como si vivieras, es todavía peor. Escribirás algo tan tuyo que no podrás compartirlo, y desearás no haberlo puesto nunca en palabras.
Date cuenta, cuando rompes un hechizo te encuentras de pronto sobre el suelo pegajoso de barro, en el mundo húmedo y real, pero normalmente eres incapaz de decir de dónde vienes.











2 comentarios:
Sentimos la magia de las palabras en el silencio de las piedras. Cuando la tinta es silencio que traspasa el tiempo, las fronteras, cuando el trazo es sentimiento,entonces, somos piedra.
No puedo decirte Balcius dónde he estado mientras guardaba silencio. Lo que sí que está ahí, aún, es la sombra de una sensación, que puesta en palabras sería más o menos “no quiero salir, aún no...”
Gracias...
Un beso.
Me Alegra La Claridad de Los Ojos.
Compruebo que Veo Además de Mirar.
Y es compartible)
A veces la Gente ... No sabe bien cual es Su Tejido o Su Texto...
Saberlo: es estar en permanente Hechizo.
No besos. No palabras. No pisadas.nO UN GRacias. No música. No saludo. No escribo siquiera.
Sí ESPERO.
Pero sí Espero.
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