La Peau Douce
Hace tiempo que conozco a uno de esos Cambiantes. Es un ser extraño, me da ecalofríos. Estará aquí en dieciocho minutos, ni uno más ni uno menos.
Son fríos y metódicos. Ahora posiblemente sea un lagarto. Porque eso es lo que hacen los Cambiantes: su cabeza, sus manos, todo lo que sobresale de su correcto traje se transmuta constantemente.
Cambian de hombre-perro a hombre-gaviota.
El que a mediodía es un turón, con la cabeza minúscula olisqueado, asomada por el cuello almidonado, quince minutos más tarde tiene el traje ocupado por un monstruoso varano que lanza su lengua bífida contra los objetos que ocupan sus manos verdes y escamosas.
Los instantes de transición entre un ser y otro son violentos, están habitados por espasmos y ruidos profundos. El traje no se arruga ni se agita, ni tan siquiera se altera su andar despreocupado. Sólo son la cabeza y las manos lo que cambia, de hiena a lechuza, a mono, a serpiente, a cormorán. Siempre en zonas de transición muy concretas, siempre a horas precisas. Nadie sabe (al menos yo no lo sé) si el cambio se produce por el lugar geográfico o por la hora del día, tal es la obcecación con la que repiten su rutina.
Algunos Cambiantes tienen Hombres como una de sus naturalezas. El que yo conozco es uno de ellos. Sospecho que pueden tener incluso distintos momentos del día en que son hombres, no necesariamente el mismo hombre, tal vez con distinto nombre, sin duda con distintas ocupaciones siempre ejercitadas con maniática obsesión.
Cuando entre por esa puerta, sólo yo conoceré su secreto.
Es verdad que sólo le conozco como Soriano, el de la Agencia, pero yo lo sé. Saluda, recoge los pedidos, y se va. Siempre inmutable, indiferente a las bromas o al ambiente de la oficina. Mecánicamente, siempre el mismo gesto, las mismas palabras con la misma entonación, la precisión de un reloj.
Jamás lo he visto fuera del trabajo, y nunca se dejará ver en los momentos terribles de la transformación, pero yo sé que Soriano es un Cambiante.
No podría soportarlo si no lo fuera.










4 comentarios:
Me parece que todos somos cambiantes, y desde luego no creo que pudiesemos soportar no serlo y mucho menos que los demas no lo fuesen. Eso permite acallar las conciencias de muchos.
yo no creo ser una cambiante...si bien es cierto de cada cierto tiempo mudo la piel, el resto de mi permanece intacto...
El que conoces como Soriano seguro que lidera la perpetuación de esta subespecie, la que tiene el hombre como una de sus naturalezas. Los otros cambiantes...en fin... La selección natural (o quizás la selección de personal) ya se encargará de ponerles su punto y coma. En el caso de que Soriano no lo fuera... (siempre hay excepciones mendelianas)...¿seguro que no podrías soportarlo?
un abrazo de culebra (son inofensivas eh?) :-)
Pues a mí me gustan.
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