28 diciembre, 2008

Encontros e Despedidas



ENCONTROS


El concierto de María Rita (Montreux, Agosto de 2006) era un continuo vaivén de ritmos arrancados por el potente gesto de sus manos, la fuerza de sus movimientos que los empujaban hacia adelante como en mareas vivas. Bocanadas de gusto a Brasil que nos daba de beber su voz.


A pesar de ser una canción lenta y algo melancólica, "Encontros e Despedidas" de Milton Nascimento era perfecta para aquel concierto. "Todos os días é un vai e vem, a vida se repete na estaçao". Un mecerse, un ir y venir, como las manos de María Rita. "Tem gente a sorrir e a chorar".


El percusionista iba marcando de fondo un ritmo binario con las escobillas sobre las congas. Nunca lo había visto. Era un resonante susurro de tren lejano, con la insistencia de un recuerdo que no quiere ser olvidado pero no llega a convertirse en palabra.


La canción era tocada en intensas oleadas de crescendo y diminuendo, hasta que el sonido moría totalmente, justo antes de volver a arrancar otra estrofa más vehemente todavía.


Lo que más me llamó la atención era ese murlmullo de tren, esas escobillas que continuaban invariables, desconectadas, descolgadas del cíclico anhelo del piano y de la voz. En una canción que habla del ir y venir de la vida, de esa estación donde lo efímero se perpetúa en su repetición, por un momento pude asumir la perspectiva del maquinista del tren.


Lo invariable es el movimiento. Lo que perdura es el viaje mismo.


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DE NATURAL INGRÁVIDO 

El despegue fue tan violento que tuve que sujetar el cuaderno para no mancharme de todas las palabras a medio escribir, que se me venían encima.


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HORROR VACUI

Es extraño sobrevolar la ciudad (hoy Lisboa). Es temprano, y la luz rasante arranca colores pastel a unos edificios de una belleza decadente. Se ve despertar la actividad, se ven coches, comercios, luces. Lo que no logro ver es gente.

Posiblemente es por la distancia o por la perspectiva, pero las ciudades desde aquí parece que no nos necesitaran. Noto el lento latido de la ciudad, su propia vida... indiferente a la nuestra.

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La Tranquilidad del Domador de Fieras

Los despegues en días como hoy (una mañana fría y plomiza) son una demostración del engaño de toda sensación de seguridad. Nada más salir el avión, el suelo parece una caótica masa parda, capaz de tragarnos, masticarnos y escupirnos. El aire es desapacible, y se siente su inhóspita turbulencia. Es por las bajas presiones y las nubes bajas. Es ese falso techo tan próximo, parece que nos fuera a aplastar bajo un peso de latón enfermo.


Quizás sea el contraste. Al poco tiempo de despegar ya estamos atravesando las nubes, densas como la ira e igual de grises. El avión temblando, el miedo, las turbulencias. Otro minuto de ceguera, y de pronto todo es tenue, como un paisaje asiático, apenas un instante. Se ha tranquilizado todo. Tan rápidamente se emerge de las nubes que la luz hace daño a los ojos. Un sol intenso, cálido sobre la piel. Un cielo limpio, un abrazo azul. Y ver debajo una capa de nubes que parecen algo sólido y suave. Tal vez nieve, tal vez una gigantesca colcha.


De eso hablaba, de la seguridad que sientes entonces, al estar por fin sobre esa nube que parecen manos abiertas, que no te dejarán caer. 
Un firme. Una red. 
Una pareja, una casa, una carrera, un hijo, un trabajo, una nube.


Abajo empieza a llover.



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A Hombros de Gigantes

Me cuesta explicar la emoción del aterrizaje en Málaga. Primero es sentir todos los pliegues de la Tierra, sus formas elevadas hacia el cielo con los colores y brillos de la montaña nevada. Es Sierra Morena, es la costa a lo lejos, y un tapiz de texturas que casi se saborea. Y pronto es el mar.


El avión sobrevuela un tramo de Mediterráneo, en una suave curva, para entrar en Málaga desde el mar. En el camino, se incendia el ensueño.


Entre la bruma añil de un cielo conmovido por la distancia, se adivina la sombra de un coloso. África. La visión ensoñada de los montes Atlas no me abandona ya, me acompaña junto con esta luz, este fulgor de espacio exterior, este sur que no logro reconocer nunca. Este sur que es mío y al que aun soy un extraño. Y África nos mira.


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Un Sabor a Tierra (y a Luna)

Extraño fue aquel regreso, en una especie de anochecer ciego, casi sin matices ni colores. Un contraluz saturado de un blanco pálido, el brillo del agua de la Ría de Vigo, piel estremecida por un viento frío. Se veía el frío. Escamas muertas de plata helada.

El puente sobre la ría, más pequeño y fino que nunca, erosionada su silueta por una luz que devoraba toda pretensión de forma. Y pronto la montaña trayendo su noche, imponiendo los pardos, los grises y el amargor adelantado de la rutina. Una gran luna sella ese pacto de silencio.



Vista por la ventanilla y esquema
1- Ventanilla   2- Luna   3- Reflejo   4- Ala

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EL OTRO LADO

París a mediodía, en otoño. Por poner un ejemplo.

Se trata de esos mundos de agua que encuentras en distintos puntos de la tierra, que dan una sorpresa que sólo se vive desde el aire. Esa mezcla de mundos, múltiples capas de engaño.

Hay agua en París. En las fuentes, en pequeños lagos en infinitud de parques, y el río. El río ubicuo en tantos meandros, cruzando y rodeando la Isla de Francia. Desde la altura, tanta agua es completamente plana y tranquila, un espejo perfecto de agua recortado sobre la tierra más seca.

La sensación es muy hermosa, y también inquietante: a mediodía, en otoño, el sol hace vibrar el oro sobre el agua. Si uno mira hacia la ciudad mientras el avión se aproxima al aeropuerto, ve el cielo y el sol reflejado en los múltiples corrientes y encharcamientos de agua. Entonces uno lo ve claro. No es agua, es un hueco a través del cual se ve el otro cielo. El que está debajo de la ciudad.

Es París que ha sido desgarrado en un canal con forma de Sena (y sus meandros), y taladrado en diversos parques y lagos, es París después de la lluvia -ácida-, una ciudad de un espesor finísimo, apenas una corteza, que se ha disuelto en algunos sitios. Y se ve el otro lado. La luz del sol, ese otro sol que vive debajo de la ciudad de la luz, alumbra y deslumbra desde ahí detrás, puede verse ese otro cielo. Puede espiarse toda su plenitud mientras el avión pasa, puede reconstruirse su forma sumando la imagen adivinada por todos esos huecos, voyeur de un paraíso al revés. Además del vértigo, siento la angustia de estar atrapados del lado incorrecto del espejo. Reviso el folleto de seguridad del avión, aunque creo que no menciona nada de ilusiones ópticas.


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FÍSICA DE VUELO


Antes del despegue, la tripulación de cabina reparte caramelos de menta. Junto con una sonrisa, claro. Creo que las turbinas entran en régimen ayudadas por el crujido acompasado de docenas de papeles de celofán, todo el mundo está abriendo sus caramelos.
Pronto la cabina se llena del alegre tintineo del caramelo entre los dientes, y la boca de cada viajero se llena de frescor. Asciende el vapor de mentol contra el paladar, y todos nos sentimos más ligeros mientras el avión despega. Se nota el eucaliptol empujar el velo del paladar, arrastrarse por entre las fosas nasales, despejando la nariz, escaparse por las ventanas nasales.

Y yo me pregunto si ese ligero empuje no estará ayudando a la fuerza ascensional, y a facilitar el despegue. Hago mis cábalas, como cuando pienso en una mosca que vuela por dentro del avión, y otras composiciones de vectores y fuerzas. Supongo que entonces mi mente también flota más que de costumbre.


Al aterrizar, nos ofrecen caramelos tipo toffe. Entonces es cuando me convenzo de que lo hacen a propósito. Setenta y seis pasajeros notando simultáneamente el cálido sabor del toffe y su textura blanda llenando la boca, la somnolencia y la placidez, y con ello ayudando a un descenso suave y seguro, una vuelta a la realidad sin sobresaltos mientras se despliega el tren de aterrizaje.


No sé qué pensarán los dentistas de estas prácticas.



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Knossos

Bruselas contradice muchos tópicos. Solemos pensar en que, a lomos de un avión, nos sentiremos volando como si fuéramos pájaros. Sin embargo, al sobrevolar de noche la ciudad en aproximación al Aeropuerto, me sentí más como una mosca.


Una mosca pasando a través de la tela de araña cubierta de rocío, en una zona umbría de un monte al amanecer (tengo una imagen muy precisa en la cabeza, y ahora no sé si ha salido de Bélgica o de algún monte asturiano). Las gotas brillan sobre la invisible red, una geometría transparente.


Y qué decir del aeropuerto. Las luces de las muchas pistas cruzadas son de distintos colores y parecen flotar en el aire. Su luz reverbera dentro de los ojos sin alejar lo más mínimo la oscuridad absoluta en la que nadan.



¡Y yo que esperaba aterrizar en medio de un charco de chocolate!



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DESPEDIDAS


Cada viaje es el último. Cada vez que volvemos, algo se rompe o se pierde.

Viajar es abandonar la responsabilidad de vivir nuestra vida, dejar un recortable en nuestro lugar y esperar que al volver todos los demás nos hayan dejado el hueco que ocupaba nuestro cuerpo.


Es absurdo. Cuando salimos de nuestro mundo, éste se colapsa y rellena el hueco con un caos líquido y salado. Nosotros nos llenamos de sustancia alienígena mientras que nuestra misión en nuestro mundo se llena de incoherencia, hasta que desaparece. Y al volver necesariamente tenemos que comenzar de nuevo, porque el mundo ha cambiado desde que nos fuimos, y porque nosotros somos otros. ¡¡No podemos creer de veras que vamos a seguir como si nada!!


Y es que viajar es más bien resetear todo. Es como el ascensor, ese lugar en el que nos refugiamos cuando el piso seis vendrá y aplastará a la planta baja, acabará con todo lo que hay allí, hará papilla a todo el que no fuera capaz de entrar en el ascensor. Todo eso sucede mientras uno está en esa celda en la que todos disimulan, miran arriba, intentan abstraerse de la devastación y muerte que reina afuera. Cuando todo ha acabado, el ascensor avisa con un alegre tintineo, y las puertas se abren. Impera ahora el Piso Seis, con su nuevo paisaje, su nueva gente, desalmados que no muestran la menor compasión por aquellos que acaban de aniquilar.


Y viajar es lo mismo. Nos metemos en un ascensor con asientos, y nos cambian el paisaje, acaban con lo que conocemos y lo cambian por un sueño a lo Kafka. Mientras, hay el tiempo justo para reconstruir una copia exacta de lo que dejamos atrás.


Porque cada viaje es el primero, y nos dejamos cambiar tanto por lo nuevo que nunca regresamos.

Lo que perdura es el viaje mismo.

4 comentarios:

areadoce dijo...

Bienvenido Balcius, Bienhallado

marina dijo...

Balcius,
la canción es preciosa. Me fijé en lo de las escobillas que contaste y sí, es esa sensación que describes. No me repito. En fin. Ha sido una delicia leerte.
Sigo... y comparto una lluvia de sensaciones o recuerdos que me invadieron mientras iba leyendo.



horror vacui

Hace pocos días fui a ver a mi abuela, que está en una residencia en las afueras. Tenía que cruzar casi de extremo a extremo el pueblo y andar un rato por una zona boscosa. El caso es que a medida que iba andando aumentaba mi asombro. Nadie por la calle. Mmmm...Debo decir que era el primer día del año. Oía, eso sí, los ruidos de la gente dentro de sus casas terminando de comer pero afuera, nadie. Conté los coches, tres. No es un pueblo pequeño, tiene diez mil habitantes, así que me sorprendí y me maravillé de la poesia que se dibujaba con un gato cruzando la calle, otro asomando su cabeza en una esquina, tres palomas que alzaban el vuelo, algunas casas antiguas inhabitadas que tenían más presencia que nunca. El caso es que tuve unos deseos terribles de desaparecer, de no ser, pues me sentía que sobraba, era una intrusa y que algo rompía. Tuve la sensación que decías, que las ciudades, los pueblos, no nos necesitan. Unas ganas de estar colgada de una nube y desde arriba contemplar este mundo con vida propia.

la tranquilidad del domador de fieras

No sé si domador, pero yo me siento, cuando estoy arriba, gourmet gourmet. Me entran una ganas imperiosas de comerme las nubes y los macizos...

El otro lado

Increíble El otro lado. Me quedo con la frase "voyeur de un paraíso al revés" No he ido nunca en avión a París, y sin embargo, con lo que has escrito te puedo decir que casi lo he vivido, y es que me lo imagino. Inmediatamente me ha venido a la cabeza un personaje de La insoportable levedad del ser, Sabina, la pintora, y he visto París como uno de sus cuadros, con el desgarro, mostrando el otro lado.

Física de vuelo

Yo me pregunto si cuando reparten los caramelos de menta toda la gente que luego hará el concierto de celofán, realmente le apetece tomárselo. Como si fuera una oración o un salmo contagioso....que quieras o no, al final te apuntas y participas.

Despedidas

Quizás será que no viajo tanto como tu, pero yo no percibo el viajar como hacer un reset.
A veces me siento tan extraña en "mi mundo" que cada vez me siento más de ningún sitio. Siempre me veo viajando y alucinando con lo que veo, tanto si voy al otro lado del mundo como a una tienda de la plaza del mercado. No sé. Incluso mi casa. A menudo la veo como algo accesorio que puede volatilizarse en cualquier momento. Como lo diría... Cada vez me siento como si mi lugar fuera yo mísma, un yo que va moldeándose y moviéndose de aquí para allá.
Quizás estoy exagerando... pero esta sería la sensación.

maria dijo...

Me encantó este escrito, como casi todos los tuyos, con una comodidad impresionante para describir las cosas.
Te imagino mirando por la ventanilla con curiosidad mientras piensas y observas todas esas cosas (yo he visto y sentido casi todas, pero no había parado a buscar las palabras para describirlo, quizá por que a veces siento también lo que describe marina...como que al final no perteneces a ningún sitio).
Ya casi nadie se dedica a mirar por la ventanilla cuando viaja, y yo me he quedado alucinada viendo una tormenta eléctrica descargar desde arriba, o viendo la línea que marca la parte de la tierra que queda en luz y la que queda en penumbra...
Recomiendo si alguna vez vas a México, aterrizar de noche en la ciudad....es una belleza aterradora, pero vale la pena.
Un abrazo Balcius

novengoenningunlibro dijo...

Huy, lo siento, hace tanto que no comento nada, que me equivoqué de dirección.
La de arriba soy yo : )