These little earthquakes
doesn't take much to rip us into pieces
Tori Amos
Principio de Incertidumbre
Normalmente no asistimos a nuestras propias desgracias. Cuando llegamos a casa, nos encontramos que hemos sido abandonados, o encontramos la nota de suicidio (esa elaborada venganza) al lado del cuerpo frío. Nos encontramos ya irremediablemente el agua hasta la rodilla, la nota fatal, o el humo asomando debajo de la puerta, sin ver nunca el fuego naciendo del enchufe. Cuando el dolor aflora, la enfermedad ya ha horadado su camino bajo la piel.
Cuando nos dice que nos ha engañado, el acto está ya cometido. Posiblemente muchas veces ya, sin que nos haya dolido el momento, como cabe esperar de cualquier otro cuchillo.
Incluso un accidente de tráfico es algo que nos sucede cuando estamos demasiado ocupados conduciendo. No estamos en actitud de "tener un accidente de tráfico", lo cual exige cierta concentración y expectativa. Cuando te das cuenta de lo que significa esa sacudida, ese ruido seco, la tibia humedad que todavía no duele, ya te has perdido el espectáculo.
Por eso me sorprendió tanto que el suelo saltara delante de mis narices.
No sólo me sorprendió el hecho en sí de que algo tan seguro, tan firme y sobreentendido como el "suelo" comenzara a moverse por sí mismo. Me sorprendió que sucediera a una hora en la que estaba en casa, de los pocos momentos en los que estaba mirando hacia el recibidor, desde un ángulo improbable de tan cinematográfico, de tan bien abarcada toda la secuencia que se desenvolvió en apenas un par de segundos. Esos segundos donde se concentran todos los cataclismos, y que son los que normalmente suceden sin tenernos como espectadores.
Pero yo estaba atento, no recuerdo por qué, a algún punto del suelo.
La sensación de irrealidad proviene de la nitidez con la que asisto al acontecimiento. Se anunció con un crujido, casi como esos golpes de música orquestal con que se anuncia la presencia del asesino en aquellas pelis. Luego la sucesión de baldosas que se levantaban me hizo pensar en efectos especiales, más que en algo que de verdad estuviera sucediendo.
Como si alguien tirase de una cuerda invisible que activara los resortes, como si se prendiera una mecha rápida que fuera deflagrando bajo el suelo con un reguero de petardos a su paso, se dibujó una línea que fui siguiendo con los ojos como el más hábil de los camarógrafos. Cada par de baldosas se levantaba formando un dibujo de tejado a dos aguas, elevándose apenas un puñado de milímetros, lo suficiente para ver con claridad el movimiento, con un golpe sonoro estrepitoso y seco que parecía tener poco que ver con la acción. Era como si hubieran escogido mal el efecto de sonido en la sala de doblaje.
Como un demonio bajo la piel del suelo, el fenómeno se permitió el capricho de tomar una curva y cambiar de dirección, trazar una curva, tomar la perpendicular y acabar, con un crujido final, al pie del radiador. Parecía que la presencia hubiera recorrido esa distancia por deseo de entrar en aquel fuelle de hierro fundido, tal vez fuera un suspiro.
También pensé que tal vez el fenómeno me estaba señalando ese lugar por algún motivo. Vistas las complicaciones que me trajo, podía haberlo señalado de otra forma. Creo que hubiera preferido una zarza ardiendo, como se hacía antes.
Por si alguien piensa que esto es pura literatura (y no muy interesante) y no la simple y llana verdad, le diré tres cosillas:
- Todo es literatura (más o menos interesante).
- Todo es verdad
- A quien tenga más confianza en una imagen que en una metáfora, le diré antes de nada que no está leyendo el blog adecuado. De todas formas, incluyo una imagen que da cierta idea del fenómeno, en el punto en que tomó la citada curva.

Principio de Simetría
Los acontecimientos que relato sucedieron el viernes pasado, a las once y veinte de la noche. En ese instante el planeta repetía su posición de tantas otras veces, atravesando su huella de hacía 365 días y 4 horas una vez más, coindiciendo con su estela aun vibrante. El sol en su plenitud caía a plomo en ese momento sobre las selvas de Borneo, era una hermosa tarde de finales de verano en Santiago de Chile, una madrugada de finales de invierno en Beijing. China despertaba, el Líbano dormía.
Es simultáneo este tiempo que vivimos todos a destiempo y a desmano, y el tiempo que nos separa es mucho, pero menor que el que necesitamos para cruzar tanta distancia. El momento nos une, de todos modos. Las estrellas que me iluminaban en aquel momento eran las que iluminaban a todo el planeta y su minúsculo circo de seres vivos. Estudié cuidadosamente las estrellas, y pude concluir que efectivamente ellas propiciaban ese acontecimiento. Como llevaba la túnica de astrólogo y la piedra de luna, sabía que no me equivocaba.
En ese mismo instante (aquel viernes a las 11:30 de la noche, GMT+1) sucedió un pequeño hecho extraordinario y catastrófico en muchos puntos del planeta, como una lluvia de neutrinos que hubiera atravesado la Tierra entera en dos segundos y hubiera influido en la vida de todos nosotros.
Pensad bien si no os sucedió algo en ese mismo instante: lavabais los cacharros de la cena y un vaso se rompió, os salisteis de la calzada, pisasteis el rabo al gato, el pulso tembló y el perfilador de ojos trazó una línea ridícula en la cara. Imaginaos ese instante, ese exacto momento en que coinciden todas esas cosas: un tipo pisa mierda, a alguien se le cae la dentadura dentro del plato de sopa, se rompe una cuerda de guitarra, salta el diferencial, dejas de quererla.
Sé a ciencia cierta que esto era así a una escala mundial, ese instante era el mismo instante en que un hombre era fusilado, en que una mano descargaba el último golpe contra una mujer, en que un niño moría de malaria, en que se colgaba el teléfono desde el que se había tomado una decisión horrible, que perpetuaría muchos años el sufrimiento de un país. Era el instante exacto en el que se robaba la dignidad a un pueblo entero, el derecho a vivir a miles, en que millones se estremecían sintiendo que no había futuro. Sé que era ese preciso instante, porque es algo que sucede a cada instante, todo el tiempo.
Principio de Equilibrio
La mayoría de lectores sois casuales, alfomega esta única vez que me visitáis, pero los reincidentes pueden pensar que el tipo despistado al estilo comedia de gags, con una mala suerte que siempre le trata bien, es una invención literaria. No es así, la invención literaria es la del escritor, la del soñador. El personaje del desastre con piernas es el de verdad, el de la mala suerte.
Un ejemplo de ello es lo que pasó con el suelo. No debería tener mayor importancia, aparte de lo inverosímil, y la incómoda y desagradable perspectiva de tener obras en casa. No debería tener mayor importancia, de no ser porque la primera línea de baldosas estaba justo delante de la puerta de salida de mi casa. Increíble pero cierto, el suelo se había levantado tan sólo unos pocos milímetros, lo suficiente para dejarme atrapado en casa. No había forma de abrir la puerta.

He aquí dos hechos interesantes: el primero, una nueva muestra de mi mala suerte y mi novelesca desastrosidad. El segundo, lo imprevisible llevado al extremo, ese juego al que suele jugar la realidad tan a menudo.
En un guión de cine o televisión esta circunstancia hubiera sido del todo inaceptable, por la extraordinaria coincidencia de factores que exige. El espectador, traicionando el pacto de ficción, torcerá el gesto y dirá "demasiada casualidad", "qué curioso", cosas así. Cuando algo es demasiado extraño para ser ficción, posiblemente sea real.
Principio de Conservación
Bajo la piel de las cosas, todo es extraño, todo es real. Los mecanismos -sin cosmética- de cuanto nos rodea, nos alejan de lo cotidiano. Los físicos saben de la insustancialidad de la tenue materia que manejamos, puro vacío en equilibrio tan solo gracias al electromagnetismo, apenas una esponja en comparación con las estrellas de neutrones. Sin embargo, incluso sus cerebros se niegan a aceptar cotidianamente esa idea cuando dejan la taza de café encima de la mesa, cuando sólo campos eléctricos la mantienen levitando ahí, aunque la distancia entre átomos sea tan grande y vacía que la taza pudiera perfectamente colarse a través de la mesa como la arena a través del cedazo.
Tuve que levantar las baldosas para poder abrir la puerta, arrancarlas del suelo. Porque las baldosas no son el suelo, sino su cosmética. La verdad, tampoco tenía gran cosa que hacer fuera, pero no me gusta estar atrapado.
Este es el aspecto del recibidor una vez completada la cirugía:

Feo. Feas las entrañas, los nervios y los huesos de cuanto nos rodea. La realidad como en un grabado anatómico del Renacimiento, como en el cuadro de Rembrandt. La necesidad de escapar de un mundo de pieles transparentes, de cubrirlo con aquello que nos deja tranquilos. En el Siglo XI, los árabes especulaban con que la luz con la que veíamos las cosas salía de nuestros propios ojos. Creo que tenían razón.
Mi primer intento de huida fue un fracaso. La primera linea de aislamiento fue una fina capa de periódicos finos, lo más cotidiano, próximo e inofensivo son las noticias que dejan de serlo.
He aquí mi fallo:

Sólo tenía en casa (a saber por qué) periódicos japoneses. Sobre la superficie escariada del suelo demasiado vivo, una capa de una realidad ajena, demasiado extraña, de nuevo reclamando ser escondida, pisada, disimulada.

Cubrirlo de una hipócrita normalidad poco creíble, como hacemos siempre. La incompetente cubierta de tres comidas al día, de leche y aceite y detergente y papel de cocina, de familiaridad blanda, como una paloma de plumas sucias de tan manoseada. Leche y aceite y detergente y papel de cocina, o al menos sus nombres. Otro transplante de piel.
Principio de Continuidad
No sé qué podréis deducir vosotros de toda esta historia. Personalmente me quedo con una única conclusión: cuando uno tiene ganas de escribir le sirve cualquier cosa. Así ha sido durante
estos últimos dos años, así será mientras el blog aguante.
Felicidades.