30 mayo, 2008

La Peau Douce


Hace tiempo que conozco a uno de esos Cambiantes. Es un ser extraño, me da ecalofríos. Estará aquí en dieciocho minutos, ni uno más ni uno menos.

Son fríos y metódicos. Ahora posiblemente sea un lagarto. Porque eso es lo que hacen los Cambiantes: su cabeza, sus manos, todo lo que sobresale de su correcto traje se transmuta constantemente.
Cambian de hombre-perro a hombre-gaviota.
El que a mediodía es un turón, con la cabeza minúscula olisqueado, asomada por el cuello almidonado, quince minutos más tarde tiene el traje ocupado por un monstruoso varano que lanza su lengua bífida contra los objetos que ocupan sus manos verdes y escamosas.

Los instantes de transición entre un ser y otro son violentos, están habitados por espasmos y ruidos profundos. El traje no se arruga ni se agita, ni tan siquiera se altera su andar despreocupado. Sólo son la cabeza y las manos lo que cambia, de hiena a lechuza, a mono, a serpiente, a cormorán. Siempre en zonas de transición muy concretas, siempre a horas precisas. Nadie sabe (al menos yo no lo sé) si el cambio se produce por el lugar geográfico o por la hora del día, tal es la obcecación con la que repiten su rutina.

Algunos Cambiantes tienen Hombres como una de sus naturalezas. El que yo conozco es uno de ellos. Sospecho que pueden tener incluso distintos momentos del día en que son hombres, no necesariamente el mismo hombre, tal vez con distinto nombre, sin duda con distintas ocupaciones siempre ejercitadas con maniática obsesión.

Cuando entre por esa puerta, sólo yo conoceré su secreto.

Es verdad que sólo le conozco como Soriano, el de la Agencia, pero yo lo sé. Saluda, recoge los pedidos, y se va. Siempre inmutable, indiferente a las bromas o al ambiente de la oficina. Mecánicamente, siempre el mismo gesto, las mismas palabras con la misma entonación, la precisión de un reloj.

Jamás lo he visto fuera del trabajo, y nunca se dejará ver en los momentos terribles de la transformación, pero yo sé que Soriano es un Cambiante.


No podría soportarlo si no lo fuera.

18 mayo, 2008

Diagrama


En el intermedio de la reunión, todos se encaminan a la sala donde está servido el cattering. Unos termos de café, unos montados de pan con queso, jamón, la rebanada de tomate... todos distintos, bastantes bonitos. Recorramos rápidamente el grupo mientras descansan: charlan despreocupados.
Son personas resueltas e inteligentes, elegantes pero no autocomplacientes. No son elegantes como lo son los políticos o los artistas, cuando lo son. Algunos ya se conocen de anteriores reuniones, y bromean sobre hechos pasados con claves personales. Otros se encuentran por primera vez y se intercambian tarjetas de visita.


Míralos ahora uno por uno. Te darás cuenta de que la sensación que has tenido no es de las personas sino del conjunto. Congelados. Por poner un ejemplo, reduciré la luz de la sala e iluminaré al tipo del traje azul claro, por ejemplo. Adelante a cámara lenta, fíjate bien. Está algo nervioso, se nota el esfuerzo que hace para disimularlo. Lo notas tú, porque ahora estamos ampliando la imagen y nos hemos situado ahí, desde donde ves bien esa zona de las sienes en la que late una vena engrosada, porque le oyes tartamudear más de lo normal, porque ahora la fecha sobreimpresa está señalando la causa de su estado alterado.

Es incapaz de mantener la rebanada de salmón ahumando en su sitio, sobre el pan, y ahora le ha plantado un dedo encima.

Cuando su interlocutor toma la palabra, él abre la boca demasiado y se esfuerza por morder correctamente, sin que el aceite rebose o se le desmonte todo en varios trozos (bastante bonitos). Un fino y rápido hilo de aceite se desliza por sus dedos hasta la palma de su mano, y su turbación se dispara.

Pero nadie se da cuenta, sólo él cree que todos le están viendo y están disimulando. Cree que todos contienen su gesto de reproche o de desagrado, y que lo toleran su indecoro por pura condescendencia. Qué equivocado.

Los demás -ahora lo verás- están disimulando, sí, pero disimulan otra cosa. Marcaremos ahora con un círculo la causa de cada uno. Observa la lista que se despliega a la derecha y luego la foto fija con los números correspondientes: hay dos hombres con caspa, tres con demasiadas cosas en las manos, uno ha cogido un canapé que no le gusta y no sabe dónde meterlo, a la única mujer del grupo le parece que todos la juzgan por ser la única mujer, y uno de los belgas se avergüenza de un nivel de inglés que es exactamente igual del de sus interlocutores.

No, no tomes notas, tan sólo obsérvalos y date cuenta de lo que llena sus ojos, de lo lejos que están unos de otros.

Muy bien -"Apaguen el simulador"-. Pronto te enseñaré a aprovecharte de todo ello. Puedes guardar en tu interior el más terrible de los secretos, si aparentas intentar ocultar algo trivial estarás a salvo. Si disimulas tu desamparo nadie sospechará de tu fuerza. Recuerda bien que no son como nosotros... son todos tan frágiles, tan peligrosos...


12 mayo, 2008

Convivir con serpientes marinas


Hay una frase que se repite a menudo en los últimos meses, una frase que me llama mucho la atención: "las constructoras están en caída libre". Lejos de inquietarme, les doy la bienvenida a esta casa, así que las constructoras se vienen a vivir aquí. Claro, afuera hace tanto frío.

Puede que muchos de los que me conocéis (de oídas, de leídas o de vista) creáis que las constructoras y sus constructores, las promotoras y sus promotores, y en general esa casta de nueva liberal-burguesía, no me caen bien. Creeréis que no me resulta grata su compañía dentro de esta casa. Sin embargo, siento que nos unen muchas cosas a los constructores y a mí.

En primer lugar, son seres muy próximos a la poética en todos sus actos. Además, dominan diversas formas de magia, del poder de usar las palabras para cambiar la realidad, potencian la vida privada de los objetos por encima de su funcionalidad, y son capaces de invertir el sentido de las relaciones de los objetos con sus palabras. "Hipoteca", si parece un ingrediente de cualquier pócima mágica.

Pensad en la esencia fantasmática de su filosofía de negocio y su trasfondo poético. Ellos no venden una casa, no venden un feo cubo de hormigón y ladrillo infiltrado de tubos húmedos, una ruina de efecto retardado. Nadie lo querría. Ellos venden el espacio que hay dentro, cuya propiedad más interesante es que puede albergar en su interior una o varias vidas.

Muy Zen ese concepto: es el vacío de una casa lo que le da valor. Entonces ellos venden ese vacío, ellos venden aire. Y viven de ello. Viven del aire, como los poetas.

Ahora pensad en su forma de modificar las ataduras de las personas y las cosas. En combinación con esos otros fascinantes seres, las entidades financieras, han logrado que uno sea poseedor de una deuda y viva dentro de ella. Uno no tiene una casa. Ellos construyen la casa, el banco la compra, tú adquieres el derecho a quedar debiendo, y habitas tu deuda. Habitas una posibilidad, un hueco desgarrado en el delicado tejido de lo que es y lo que puede ser, habitas una angustia y un peligro, habitas la posibilidad de perderlo todo. Vives dentro de la pérdida a plazos.

Recuerdo una prueba que hicieron a unos niños pequeños, para comprobar su creatividad. Le preguntaban cuántas cosas distintas se podían hacer con un objeto determinado. Escogieron el más anodino posible: pusieron sobre la mesa un ladrillo. Por supuesto el primero lo tuvo fácil: "romper nueces", cosas similares, pero cuanto más opciones se daban, más difícil se hacía inventarse nuevas, y la cosa se puso realmente interesante. Alguien dijo que ponérsela sobre el hombro, imaginar que era una radio, y bailar al ritmo de la música imaginaria. Me encantó. Entonces fue cuando un niño miró el ladrillo, y dijo que lo pintaría de amarillo brillante y lo usaría para un plan maestro para atracar una caja fuerte y sustituirlo por un lingote de oro, sin que nadie se enterara.

Ese chico era muy listo. De mayor seguro que se hizo constructor. Hacer pasar ladrillos por oro, hacer pasar casas por tesoros, o sitios para vivir por bienes donde invertir dinero. Qué ocurrencia.

Lo que más me gustó fue escuchar al patrono de este colectivo tan dado a la magia y al esoterismo, hablar de su situación actual (me temo que no les gusta estar en Caída Libre, aunque yo nunca los he tratado mal). El caballero dijo que el sector estaba en crisis, por un desequilibrio financiero (hasta ahí bien), que el peligro para España procedía de que el peso del sector en la economía nacional era muy alto (muy sagaz), y que el gobierno, si quería ahorrarse problemas, ya sabía a qué atenerse.

Me quedé fascinado por esas palabras. "Ya saben lo que tienen que hacer". Una combinación de súplica, imposición, sobreentendido y amenaza. Si nosotros nos hundimos se hunde España, así que danos pasta. Y el desparpajo con que lo dijo, parecía estar guiñando un ojo con media sonrisa al locutor mientras sacudía su Rollex por el bien de los trabajadores de la construcción. Jamás se me hubiera ocurrido que fueran tan flexibles, tan abiertos a ideas y soluciones, a nuevas formas de pensar. Jamás creí que pudieran apelar a la intervención del Estado, a la planificación estatal de la producción y de las finanzas, esos tipos que cobran el 50% mínimo en negro, que distraen lo que pueden, que burlan toda reglamentación y control siempre que pueden. Esos tipos que se han pasado la vida negándose a una intervención de precios, apelando a la libertad de mercado para justificar las artificiales y disparatadas subidas, ahora ya no creen en esa regulación espontánea de los mercados. Sólo puedo entender que lo dijera de broma, los constructores tienen un fino y complicado sentido del humor, y en eso también me siento próximo a ellos.

O eso o es que tienen miedo.

Se siente vértigo cayendo, ¿verdad? Hay que ser muy duro para vivir en caída libre, no es fácil. No sabéis soportarlo. Me da pena.

Si es así, no los quiero. Aquí sólo entra gente que disfruta la caída, sin pensar nunca en la perspectiva de un suelo ahí abajo. Mirad a Solbes. Ese sí que me pareció soberbio, supongo que hizo gala del mismo humor que quien le había apelado. Dijo: "no debemos intervenir en el ajuste que se realizará en el mercado inmobiliario, el propio mercado llegará a un equilibrio". Qué extraordinariamente cínico, qué satisfacción debe sentirse al decirle eso a una panda de liberales.

Alguno de ellos, seguro que en ese momento pensó: "ahora caigo".

05 mayo, 2008

Como cae un árbol, cayó suavemente sobre la arena


Sé que queda muy bien citar a Saint-Exupéry. Seguro que las conocéis: "El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo"; "Al primer amor se le quiere más, a los otros se les quiere mejor", cosas por el estilo.

Queda uno tan bien cuando reniega de lo adulto. Está tan bien visto optar por lo sencillo, por ser niño y abandonar todo el peso del intelecto y de la vida vivida, aunque la de Peter-Pan es una pose, tan falsa como la del pedante. Ninguno de los dos disfruta en serio de su disfraz, sino de cómo le sienta.

Es trampa jugar si conoces el truco. Es trampa usar las frases de Antoine cuando uno sabe que alguien las está esperando, que se le juzgará bien si las usa. Cuando ha oído de refilón "lo primero que averiguo de un hombre es si ha leído El Principito". Entonces ya no está autorizado para usar las frases que acaba de rebuscar en algún libro del cual se salta las ilustraciones (al contrario de lo que hacía de niño).

Además es muy fácil. Demasiado fácil citar frases de un libro ya escrito. Alguien se pregunta qué quiere decir eso, si se podía ser el Principito antes de que el libro existiera. Por supuesto que sí, muchos lo han hecho, antes, después, e independientemente de bandada de pájaros alguna. Sólo se puede llegar a él borrando el libro de la memoria, dibujándolo en otro sitio. Más profundo. En el pozo de tu desierto.

Fácil citarlo. Pero qué difícil ser el Principito, que no te importe serlo, con la pérdida que supone, la responsabilidad de lo que se ha domesticado. Serlo de verdad, con esa voz pequeña que no tiembla más que una estrella del atardecer, en una noche de grillos. Serlo tan abiertamente, pedir y preguntar como él.

El acto más difícil, el más poderoso, ya lo dijo Zaratustra: hacerse niño y decir SÍ. La afirmación de luz de quien ama una flor.

Hacerse niño y pedir:


Dibújame un cordero.







Telesketch, programado por vdabney.