31 julio, 2008

En Defensa de Bibiana Aido


Sé lo que se suele decir. "Si hablas, que lo que digas sea más interesante que tu silencio".

Volver a escribir después de un silencio prolongado impone una carga adicional de responsabilidad. Como si un silencio más largo valiera tanto como una palabra muy grande.

Yo noto esa carga, porque vivo el silencio en todos sus segundos. Pero Balcius sólo habita el texto, e insiste en burlarse de toda carga (¿adicional?) de responsabilidad. Hoy me exige tratar un tema que hace tiempo que dejó de ser hoticia, y que ya no tiene ningún interés. Me pide que hablemos del ataque mediático a la Ministra de Igualdad, Bibiana Aido.

Cuando se la nombró, recordé aquella anécdota sobre Mahler. Al concluir el estreno de la rompedora Sinfonía de Cámara de Schönberg, todo eran abucheos y amenazas contra el compositor que había perpetrado semejante atentado contra las reglas de la armonía y el movimiento melódico. Tan solo Gustav Mahler estaba encantado. De pie, aplaudiendo y vitoreando, el respetable Mahler comentaba a todos que era una obra maravillosa, que quería volver a oirla lo antes posible para disfrutarla mejor, que Schönberg era un genio. Como todos le decían que no tenía razón, que la obra era un caos y el compositor había perdido la cabeza, Mahler finalmente sentenció:


"Es joven, no puede estar equivocado"


Cuando se nombró a una chica tan joven como Ministra de Igualdad pensé "¡qué acierto!". El propio nombramiento era una voluntad de romper moldes, de superar barreras. Deseé que ella fuera una Schönberg, con su impulso y sin los rancios preconceptos, sin los podridos raseros, con ganas de cambiar cosas, rompiendo con la oxidada forma de pensar y sin importarle las críticas tempranas. Deseé también que hubiera un Mahler.

De los acontecimientos posteriores quedan hoy sólo retazos confusos, teñidos de sarcasmo.

Dijo una vez "miembros y miembras". Se rieron.
Los periódicos y televisiones recogen la propuesta de un teléfono para maltratadores. Es entonces desautorizada, vilipendiada, pisoteada sin que casi nadie acuda en su defensa. Sin espacio para la explicación.
Unas semanas después es olvidada como una bomba sin carga explosiva. Un peso inútil. Además, sólo importa la crisis, y nada que no se mida en Euros tiene ahora la menor importancia.

Sin embargo, SÍ es IMPORTANTE volver a hablar de todo aquello. Porque en realidad, ella tenía razón. Recordemos que es joven.

La propuesta de Bibiana Aido no quiere anular o corregir, sino potenciar y completar el conjunto de aciones que actualmente se toman en un tema tan grave. La actitud actual de la sociedad es la de la "tolerancia cero" ante el maltratador. Eso está bien: una persona que se impone en una relación de dominación, mediante la violencia, no debe recibir el más mínimo reconocimiento social por ello. Solía pasar, el hombre que pega era más hombre, y se trataba de problemas "domésticos", que sólo atañen al Hombre de la casa.

Por otra parte, hay un esfuerzo por hacer visible el problema de la violencia hacia las mujeres. Recordemos que antes se les llamaba "crímenes pasionales" y se consideraban parcialmente justificables. Recordemos, por favor, y admitamos todo lo que se ha avanzado ya, cuánto ha cambiado la situación.




Por último, hay un trabajo por la protección de la mujer. Es importantísimo: las mujeres deben sentir que están protegidas y arropadas, que tienen derechos sobre sí mismas, y que tienen una pareja y no un dueño y señor. Y hacerlo con Ley, con acción policial y legal directa. Ese es el trabajo de la Ley Integral de Violencia de Género, uno de los mayores avances sociales de la anterior legislatura.

Todo eso está muy bien. Pero no llega.

Todo el mundo lo sabe, todo el mundo lo dice. No llega, la realidad nos lo planta delante, sin posibilidad de escapar.

Hay varias posibilidades. Una es apelar a los tiempos en que se metía la basura debajo de la alfombra, "en mis tiempos no pasaba esto", en que las mujeres llegaban a urgencias con tres huesos rotos, de la mano de sus maridos, y nadie preguntaba nada. De los tiempos (hace apenas una década) en que una mujer llega a comisaría a denunciar que su marido quiere pegarle, y como única respuesta recibe un malicioso "eso se soluciona en la cama". Entonces uno dice que el trabajo no valió la pena, y que había que haberlo dejado todo como estaba, que antes no morían tantas mujeres.

O al menos, su sangre no salpicaba nuestra conciencia.

Otra opción es peor aun. Es decir, insistir, una y otra vez, que la Ley Integral contra la Violencia de Género no funciona. Usar mal la estadística, y de una forma perversa deducir que la Ley provoca un aumento de muertes. Transmitir, por tanto, que las mujeres están desamparadas, que la Ley no las protege, y por tanto que deben someterse y rebelarse contra esa fuerza social que intenta liberarlas.

Prefiero la tercera opción: la cabeza fría y el sentido común. Ver qué se ha hecho, cómo ha funcionado y estudiar qué falta por hacer. Entonces hacerlo.

Bibiana Aido, en mi opinión, se decidió a encabezar ese movimiento. La Ley Integral sí funciona, muchas mujeres han podido liberarse de un infierno de acoso psicológico y físico, de un pozo sin fondo. Cien mujeres liberadas por cada víctima, cien éxitos por cada fracaso, pero es cierto que cada víctima cuenta. El análisis de muchos de los casos (la mayoría acaban con el suicidio del agresor) parece indicar que muchos hombres simplemente no sabían qué hacer ante la nueva situación, en la que la mujer tenía derecho sobre lo que él consideraba su potestad, su reino y dominio.

La mano de un hombre es capaz de hacer muchas cosas. Es tan capaz de pegar, de empuñar un arma, como de dar una caricia. Pero un hombre puede no haber dado jamás una caricia a nadie. En este país de machitos, no es considerado muy masculino acariciar. Piensa en un niño que no haya recibido afecto físico ni se le haya pedido que lo dé. Piensa en alguien que ha vivido toda su vida entre relaciones de poder y autoridad. Recuerda cómo el lenguaje lo pone por encima de ella, la mujer que "le es entregada" en el altar. Pídele ahora que asuma que se ha acabado, que ella no le quiere, pídele que actúe como un hombre... y no sabrá. Nadie le ha enseñado a hacerlo. Sólo sabe usar su mano de una manera.

Es algo que se detectó al analizar las estadísticas de las llamadas al teléfono de atención a mujeres maltratadas. Muchas llamadas eran de hombres que no sabían qué hacer, que pedían ayuda y no se les ocurría otro sitio para llamar. Los hombres asustados, los cobardes, los animales acorralados, también son peligrosos. El teléfono para hombres es una medida difícil de explicar, pero es una idea brillante, si sirve como dijo la Ministra para "contribuir con políticas preventivas a otro modelo de masculinidad, desde el que establecer las relaciones de pareja sobre nuevas referencias".

Lo que hace es asumir la complejidad del problema, y asumir su responsabilidad en la necesidad de reeducar emocionalmente incluso a la población adulta. Los potenciales agresores son todos aquellos hombres educados en un modelo machista, es decir... todos los hombres. Y muchos de ellos no tienen instrumentos para enfrentarse a sus propias emociones, ni para canalizarlas. La violencia es lo más próximo, lo más sencillo. Siempre se dice que la solución está en la formación, y no puede limitarse a una charla en el colegio y un ejercicio: señala la palabra "violencia de género" con un círculo y discútela con tu compañero. Enseñar a los machos a ser hombres es quizás la más efectiva de las soluciones.

Y entenderlos. Saber que posiblemente sus madres, sus profesores, el cura de su pueblo o su primo mayor, son tan culpables como ellos de la agresión. Y todos los que se ríen de las propuestas de la Ministra, los que simplifican el problema diciendo "a los agresores ni agua", y olvidan que antes que agresores eran magníficas personas y "quién lo iba a decir, parecían tan buena pareja". Todos los que hacen muecas cuando se nombra a una ingeniera, una jueza o una arquitecta, los que hacen mofa de aquello de "miembros y miembras", sin pararse a pensar que el lenguaje intenta anclar realidades que ya no existen. Rosa Pereda propuso una aguda explicación a la violenta reacción contra el "miembros y miembras" en este excelente artículo: resumiendo, a un hombre le puedes tocar cualquier cosa, excepto el miembro. Y al final todas esas susceptibilidades no revelan más que puntos débiles. La violencia de los medios de comunicación contra la Ministra (y unas medidas que le son extrañas y demasiado avanzadas) acaba por ser del mismo tipo que la violencia de los hombres contra sus mujeres (y una sociedad que les es nueva y extraña).

Lo que me cuesta más entender es por qué no hubo más voces en favor de Bibiana Aido. Por qué las pocas que se levantaron en apoyo fueron cubiertas de improperios. Que alguien me explique si es tan difícil escribir esto.

Por eso tenía que escribirlo. Incluso tarde, incluso fuera de lugar (en este blog nunca se escribe actualidad salvo cuando es antigua). Una vez tuve la oportunidad de escribir sobre un accidente de un petrolero, que acabó en catástrofe ecológica. No lo hice. Mucha gente se lanzó a las playas a sacar cientos de toneladas de fuel pesado de las piedras y arena, y yo no escribí nada.

Nombré al agresor, nombré a su familia y educadores, nombré a aquellos que se oponen al cambio social... me queda aun nombrar a otros culpables: los que nos quedamos callados cuando toca gritar.

11 julio, 2008

Erich Fromm en el Recreo


De pequeño me preguntaba cuál era el antónimo (me encantaban esas cosas) de "encerrado".

(Me siguen gustando, los antónimos palíndromos anagramas... ¿se nota?)

Quiero decir, si quedarse dentro es estar encerrado; quedarse fuera, ¿qué es? Mi conclusión era rotunda, inmediata, y seguía su propia lógica: es estar ENABIERTADO. Inmediatamente pensaba en las consecuencias de un enabiertamiento prolongado, y lo duro que podía ser. Especialmente para un niño, claro.

Imagínesele al niño sin asideros. Consiguiendo, de pronto e instantáneamente, una sobredosis de todo lo que siempre quiso para cuando fuera mayor. Es que los niños siempre tienen prisa para hacerse mayores y poder disfrutar de lo que de niños no les gusta: la comida agria, el humo del tabaco, las cosas ásperas, la incertidumbre.

Así imaginaba el estar enabiertado: una brutal incetidumbre. Una insoportable libertad, la falta de todas esas seguridades. La más importante: que un juego es un juego. En aquel momento aun existía el peligro de que un juego no lo fuera, si lo empezaban niños mayores, de la calle. Niños demasiado vividos, con una sombra de bigote y que comenzaban a disfrutar del humo. Trascendencia del juego, el comienzo del miedo. Peor, el comienzo de la perversidad: el amor al miedo.

Quedarse fuera era estar expuesto todo el tiempo a ese mundo, y eso me aturdía, me confundía. Quedarse fuera era vivir a marchas forzadas.

Hoy día no disfruto de casi nada de aquello, todo lo que creía que disfrutaban los adultos. Y tampoco se me ha pasado la inquietud ante los enabiertamientos.

El motivo es bien distinto ahora.

No añoro ninguna clase de protección hogareña, porque estas paredes que llamo casa ya no me protegen. No temo a ningún matoncillo de doce años, he descubierto que la gente amable es más peligrosa. Pero sí hay algo, y tiene que ver con las llaves, esos objetos tan extraños.

Para mí, tener una llave es sinónimo de poder perderla. Corrijo, es sinónimo de que voy a perderla. Por eso he buscado todo el tiempo un antónimo de llave. No es cerradura, la cerradura es la maldición de la llave. Sin ella, su pérdida no tiene importancia: "ahora mismo me hago otra parecida, y ya está".

No puedo entender por qué yo, el que vive legítimamente en mi casa, soy la única persona sometida al riesgo de perder la llave, a la maldición de la cerradura, a un enabiertamiento que a nadie más afecta. Una vez propuse que yo, como dueño de la casa, no debería llevar las llaves, que la mera posesión me debería dar derecho a entrar libremente. Que tendrían que ser el resto de personas las que llevasen llave: unos tendrían una llave que abrieran la casa (tú la tienes, sólo tú porque me gusta que entres y te sientes a mi lado), y otros tendrían una llave que no la abriera.

No entendieron mi propuesta. Aunque alguien entendió mi lógica (me conoce desde pequeño).

El llegar a casa y buscar tres veces en todos los bolsillos, es cargarse de pronto con todo el cansancio de años, con todo el frío de noches, con la perspectiva de dar explicaciones, y balbucir torpezas (aun mayores que perder una llave). No encontrarla. Los dedos cada vez más incapaces, y recorriendo mentalmente los sitios donde uno la puede haber perdido. Es darse cuenta de que uno atraviesa tantos sitios a lo largo del día, y deja tan pocas huellas en ellos. Es darse cuenta de que uno cruza tantos espacios y habita tan pocos. Darse cuenta de que uno puede entrar libremente en todos esos sitios inhóspitos, pero no puede entrar en su propia casa. Recordar horarios comerciales, mirar el reloj, y caer en la cuenta de que hay mucho menos mundo accesible a esta hora, que todo cierra y la de casa no es la única llave que falta. Admitir que no sabe uno a dónde ir, que nadie cerca te abrirá sin más la puerta, que no sabes por dónde empezar a buscar, que no sabes fabricarte la llave de tu propia puerta.

Por eso me parece milagroso cada día, cuando rebusco en el bolsillo y el pequeño objeto metálico lleno de piezas dentales se aloja dócil en mi mano, y siempre funciona. Me sorprende tanto que, las pocas veces que se pierde, aparezca a los dos minutos de empezar a buscar (se ha quedado en el coche, o en la chaqueta que tengo en la mano, nada importante). Aunque no me hagan cambiar del todo de idea, esos instantes me calman en parte esa angustia ante una libertad condicional.

Lo que tú quieras, pero no vuelvas a soltarme la mano.

10 julio, 2008

Cuadernos de Crítica Ficticia I: El Proceso


Era un texto extraordinario.

Tuve que leerlo tres veces para darme cuenta. La primera vez me dejó completamente indiferente, porque sólo leí lo que estaba escrito.

Decía así:

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"EL PROCESO

Estoy olvidando todas tus afrentas, todos tus rencores.
En el fondo te quiero."



Me parecía excesivamente pretencioso llamarle "El Proceso", como al maravilloso cuento de Franz Kafka, de manera absolutamente gratuita además. Es un texto vacío y sin historia, y no hay nada interesante u original en él. Me parecía un insulto que ocupara una página entera de aquella antología de microrrelatos que tenía al menos tres relatos por página. En realidad, me parecía mal incluso que estuviera en la antología.

Pero entonces miré con atención la hoja donde había sido impreso el cuento.

Todo lo que me había molestado se convirtió de pronto en lo más valioso del cuento. El ser un texto vacío, sin historia, el ocupar él solo una página,... porque realmente estaba escrito así:


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EL PROCESO

Estoy olvidando todas tus afrentas, todos tus rencores.




















En el fondo te quiero.


Al principio pensé en lo interesante que era que aquella frase ("en el fondo te quiero") se hubiera caído como una hoja en otoño, y quedase ahí abajo, en el fondo de la hoja. Me divertía con esa imagen que creía ingeniosa, la hoja en el fondo de la hoja, "en el fondo" te quiero. Y en seguida me dí cuenta de que estaba siendo demasiado simplista, que el cuento estaba ahí, en el espacio en blanco.

Ese era "el proceso".

Tantos años de ver textos tópicos -es lo que tiene ser un crítico de segunda- me hicieron ver al principio sólo el tópico que ocultaba el verdadero sentido del texto. Leí mal todas las palabras, empezando por el título. No era un falso homenaje (es decir, una apropiación) hacia Kafka, era el resumen del proceso creativo del vacío del texto. Aquí me traicionó mi propia pedantería de escritor frustrado, que me hacía creer que todos los escritores debían ser igual de pedantes.

Tampoco el "estoy olvidando" se refería al tiempo del texto ni del lector, sino al tiempo mismo asociado a ese proceso. El fondo no se refiere al lugar geométrico, ni al sentido figurado de la frase hecha, sino al fondo (lo que contiene) del texto, en contraposición a su forma (lo escrito). "En el fondo te quiero" es una frase que contiene una gran cantidad de recursos estilísticos que en realidad quiere decir "prefiero que permanezcas ahí, donde no puedas seguir ". La combinación "te quiero" es tan fuerte que nos aparta de interpretarla de otra forma que de la tópica y consabida, y el autor juega con ello con una habilidad tan endiablada que casi se me escabulle.

Veréis, en muchas ocasiones se ha intentado a través de la literatura que un cuento no contuviese una descripción de lo narrado, sino que contuviese lo narrado en sí. Lo mismo con la pintura o con la música, poesía o arquitectura. Pero en general intentos tan pretenciosos han fracasado estrepitosamente. Pienso en todos esos intentos que se hicieron entorno al concepto "silencio", pero un poema en blanco no es un silencio, es sencillamente la falta de poema. No sirve. O todos los poemas en torno a un sufrimiento lacerante, que pretendían ser el dolor mismo más que su descripción. Muchos textos, canciones o pinturas pretenden ser el resultado de un grito, de un llanto, de una muerte. Muy pocos lo consiguen.

En este texto, el espacio en blanco supone la realización de ese proceso, y no sólo su culminación, sino el propio acto de crearlo está grabado en ese mármol de la página en blanco. Entendí al fin, y me sentía muy satisfecho de mi sagacidad. Creía que el autor había elaborado la efectiva ilusión literaria de haber escrito un largo texto para eliminarlo, y hacer de esa eliminación un proceso.

Entonces me entró una duda.

Logré de la editorial que me había mandado el volumen para su reseña, que me dejara acceder a los manuscritos de algunos textos. Fue difícil. Finalmente dí con el manuscrito. Sucede lo de siempre: la realidad del autor le baja los humos a cualquier crítico. Amarilleado de años, bastante deteriorado, y aunque no se note bien aquí por culpa de la reproducción, tenía huellas de haber sido alcanzado por, al menos, un par de lágrimas.


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03 julio, 2008

Masaje Cardíaco


1 - ReQUEST

¿Qué hacéis todavía aquí?

No es un reproche. Al contrario, guarda una expresión de sorpresa y de agradecimiento. Pero sobre todo es exactamente lo que parece ser; nada más que eso: una pregunta.

Se traduciría como "¿qué esperáis leer aquí?". Lo escribiré. Lo que queráis leer yo lo escribiré. Creo que os merecéis que se cumplan vuestros deseos, y en mi papel de ausencia silenciosa que hace pasar los días, asumiré las funciones del Destino para cumplir caprichosamente vuestros deseos.

La espera es un acto, y con verdadero poder transformador sobre la realidad. El más poderoso sortilegio es callar. Acompañar al tiempo en su paso, a las cosas en su mutación. Modular con el propio deseo el devenir de lo mutable, la forma de los cambiantes.

Quiero dejarme transformar (como Balcius, hecho de la SUSTANCIA más MUTABLE que existe: el sueño hecho palabra). Dejarme transformar por vuestra espera.


2- ReSTARt

Llueve una lluvia luminosa, hace calor y llueve. El aire es fino, limpio, golpea la luz de la tarde con sus anaranjados, alargando sombras, proyectando con vocación de cinematógrafo un arcoiris duro, casi opaco. Los pájaros continúan cantando, pero dentro del armazón de hormigón de las casas a medio hacer, más que nunca unas ruinas tempranas.

Es un buen momento para volver a escribir.

Al entrar en casa deja de llover, y la tarde adelgaza a toda velocidad. Entiendo la urgencia de atraparla con mi bicicleta, por lo que corrijo mentalmente la frase:

Era un buen momento para haber vuelto a escribir.

Atrapo el instante sin palabras en una hoja de mi libreta, para que me acompañe ahora, en mi primer texto tras tanto tiempo. Si el tiempo literario es una pura invención sumisa, el tiempo real es aun más elástico.


3- ReSTRAIN

Existe un teléfono al que puedes llamar, para escuchar únicamente un silencio habitado. Hay que tener mucha paciencia, pueden pasar horas sin que notes nada más que silencio vacío, un rumor de lluvia muy lejana. Si logras llenarte de lluvia, notarás el silencio habitado, una tensión de escucha, respiración acallada y el crujido de un vestido de lino (para entonces tendrás el oído extraordinariamente afinado).

"Moshi-moshi..."

Al fin, se escucha un sollozo, muy reprimido. Infinitamente triste.
Esa tristeza incolora que se nos arrebató y que sólo es posible la primera vez. Las primeras veces son tan pocas... Esa soledad que ya no sabes sufrir.

Todos cuelgan entonces.
Yo no.
No quiero perderme el resto del silencio.


4.- ReVIEW

He estado mirando algunos textos antiguos de este mismo blog. Los hago míos, por primera vez.

Sé que suena rara esa frase. "Los hago míos, por primera vez". No es tan fácil apropiarse de las palabras que uno dice. Normalmente uno abre la boca como un muñeco de ventrílocuo, y habla la tradición, el sentido común, la civilización o la oportunidad.

No es el caso en los textos de Caída Libre. Lo sabéis bien. Pero tampoco son míos. Se los he regalado a Balcius desde el principio, y después a todos vosotros. Hoy hago míos todos (no, mejor sólo algunos, los que me pertenecen) los textos, palabra por palabra. No podéis decir que no he escrito nada: he vuelto a escribir Caída Libre entero.

Gracias a nuevos ojos, todo ha adquirido un sentido nuevo, gracias a todo lo que he vivido estos dos años y medio (y estos treintaytres míos, recién estrenados), cada palabra quiere decir cosas nuevas, que antes nunca hubiera imaginado.

No he cambiado ni una coma. Por eso me ha llevado tanto tiempo.


5.- ReBORN

Es extraño el acto de leer, la paradoja del tiempo. Está claro el engaño del tiempo literario. Tú lees esto hoy, que no es mi hoy, cuando hablo de ayer como si hiciera un año. Y no tiene nada de magia el ensamblaje, es pura sintaxis.

Puede resultar curioso a alguien el hecho de leer el Quijote. Curioso que nos llegue la palabra de un hombre muerto hace siglos, que se ponga a andar la historia escrita hace siglos y que "hoy" siga significando hoy.

Pero el que Cervantes esté muerto hoy no es más que una paradoja pobre. Estaba vivo en el momento en que lo escribió, y dejó pegado al libro el instante de escribirlo, su tiempo adherido.

Tal vez sea más extraño el caso de Alonso Quijano, pues si su tiempo está, más que adherido, intruído en el papel, ha de admitirse que Alonso Quijano murió hace mucho. Mucho antes que Cervantes. Él lo mató.

Él y cada uno de los lectores que obligan al personaje a sufrir la misma humillación, enfermedad y muerte, y lo peor de todo, la misma lucidez. Cada vez, siempre igual, una condena prefigurada desde el principio, y está claro (como en cualquier personaje atrapado en el material fílmico, que morirá irremediablemente al final de la película, por muchas veces que la veamos, aunque esta vez le gritemos con más fuerza que no coja aquel tren) que Alonso Quijano ya estaba muerto antes de que empezáramos a leer.

Ni siquiera ese es el verdadero milagro.
Me llama la atención el caso de Sancho.

Él no muere.

Cada vez que comenzamos el libro, le tenemos a él, inmortal, y a Quijote, reencarnado, ambos ecos del tiempo de un muerto. La novela siempre me pareció una fantasmagoría, por el problema que plantea a nivel de tiempo. Pero la pareja Quijote-Sancho adelanta en muchos siglos la paradoja de los gemelos. Quijote sigue teniendo una edad humana, mientras Sancho tiene cientos de años, como si Sancho estuviera en realidad viajando a la velocidad de la luz, a través de un tiempo distinto, y aun así manteniéndose a la par de su señor en su rocín hiposónico.

He pensado mucho si decir "he vuelto, cuánto tiempo sin leernos" no sería en realidad la más rebuscada e inútil de las ficciones literarias.


6.- ReLEASE

Tengo una inquietud. Es sólida, pesada, pastosa. El desasosiego proviene de que no es la inquietud que quisiera tener. Viene del color que tiene, y del color que no tiene.

Es como querer decir un nombre que no es, como ansiar el sabor equivocado. Uno se dice: "me liberaré de la inquietud cuando la haya nombrado", esa magia siempre funciona, escribir para deshacerse de lo nunca nombrado, pero esta inquietud es insatisfactoria (es sólida, pesada, pastosa), y cualquier cosa que escribiera también lo sería. Creo que hasta Pessoa lo tenía más fácil.

Para lograr que sea satisfactoria, la confesión deberá ser falsa.


7. - ReBOUND

Te resulta incómodo ver tus propios límites en las cosas que te rodean. Fíjate, una boca extraña con tu mismo tartamudeo, alguien mucho más pelirrojo, pero igual incapaz de reconciliación. Hasta los árboles, hasta el camino desdibujado entre las matas de arándanos. Todo lleva grabado el signo de tus propios límites, de tus propios defectos.

Date cuenta, no están ahí. Es sólo que los llevas grabados en los ojos.


8.- ReWIND

Estamos hechos de una sustancia emocional ajena. Para mí él es el hombre de los ojos indolentes, y tal vez él sólo se reconozca por la huella de las manos, o no se de cuenta de que suelen mirarle las manchas de grasa de la cadena de la bicicleta, en los bajos de los pantalones. En todo caso, hay una base de datos relacional, una imparable máquina mental de etiquetar gente, que mete en una bolsita como la de los policías a un conjunto: "él", "nombre", "chiste malo que contó aquella vez", "manchas de grasa", "tartamudea". Más bonito: "una niña", "nariz manchada de helado de chocolate", "me recuerda una ilustración antigua, no recuerdo dónde la ví", "imaginé que la hija que no tuve se le parecería". Eso piensa una hipotética Marta de una Inesita que sí existe.

La cuestión es que todo se produce sin que uno lo controle. Se abre la bolsa de plástico y cae dentro: "ella", "un rostro sereno, una sonrisa dulce", "una frase de las mil y una noches: era bella como una luna", "chaqueta de lana muy calada, parece un abrazo"... La bolsita se cierra con su sistema zipper, se le pone la etiqueta "INGRID" y un par de banderas y otros distintivos, y la persona pasa a ser instantáneamente ese personaje, a ser disparado por los resortes del árbol probacional. A ti te pasa exactamente lo mismo. A mí. Todos somos el único ser humano de una historia inventada, donde los demás son collages de un olor, un corte de pelo y una voz chillona, o de una mancha de grasa y un discurso aburrido. Cosas que no los definen, que no forman parte de ellos, cosas que ellos han descartado de sus "seres humanos" cuando decidieron contar su propia historia.

Y sin embargo, hay un cuerpo místico del yo.

Una sustancia emocional ajena, como decía. Si a Ingrid la asocio con una chaqueta de lana muy calada que es como un abrazo, si Marta asocia a Inesita con una hija no nacida, si tú me ves dentro de un reloj... eso es importante. Finalmente sí participamos en las historias de los demás en forma de esos seres mitológicos, de esos híbridos de objeto y tiempo, de impresión y juicio. Finalmente sí somos lo que los demás sienten de nosotros, habitamos sus recuerdos y su universo afectivo, incluso a veces lo invadimos sin más, crecemos a costa del corazón ajeno. Y todo ello somos nosotros, cambiando de participar en un relato a protagonizar otro, o de pronto a fundirse en una masa o a adentrarse en el idilio. Somos cambiantes y no podríamos soportar ser de otra forma, y la red de objetos emocionales que dibujan el armazón del yo es más grande que nuestra propia intuición emocional. Por eso a veces nos sorprendemos siendo tan fuertes, tan audaces, tan capaces de amar: alguien, en algún momento, nos ha imaginado así, y ha metido en la bolsa un anillo de ónice, una pintura de Morandi, el cuerno de un unicornio.

Poco importa si son personas o ejemplos, si son nombres inventados o escritura automática. Tampoco yo me llamo Balcius.


9.- ReLOAD

Vosotros ya sabéis que hay muchos trucos de magia que son más interesantes cuando se explican. Cuando se ve el truco, y se disfruta de su sofisticado mecanismo, cuando somos engañados con gusto, y disfrutamos de la habilidad de quien lo usa.

Tal vez sea el caso del Recuerdo Sintético. He descubierto a Balcius usarlo en algunas ocasiones. Es modular una ficción empleando material emotivo real, de forma que pueda llegar a crearse una nostalgia auténtica de un hecho ficticio. Viéndolo así, volver a leer sus textos como si los hubiera escrito yo se me hace raro, y más raro se me hace leerlos como si los hubiera escrito él.

Me intriga algo: si es un personaje de ficción que he creado para que escriba... ¿qué son para él sus recuerdos ficticios? ¿Es capaz un personaje de modelar su propio pasado, aprovechando que su tiempo es hoy?

Si es así, es un afortunado. Al mismo tiempo, si es así... entonces nuestro pasado está en manos de quienes nos piensan, nos imaginan haciendo cosas, cuchichean a nuestras espaldas. Son ellos quienes generan recuerdos sintéticos que luego emponzoñan el ser convergente que somos.

Dicen: "piensa mal y acertarás". Pero es que están haciendo trampa.



Gal Costa - Relance

10.- Quod Erat Demostrandum

Sin duda recuerdas su pelo mojado, cayendo en una hélice no del todo rubia, sobre su hombro redondeado. Como una manzana brillante su hombro, como azahares sus pequeños dientes pequeños, tan blancos, en una boca siempre distante. Sin duda la recuerdas hermosa.

Era tan hija que se negó a ser madre. No podía abandonar la culpa tan pronto.

La estás recordando con la piel al borde del frío, perlada de agua de mar y con el traje de baño aquel oscuro. El sol a su espalda. Imaginas su espalda caliente.

Y las manos frías, sus manos siempre frías entre las tuyas. Y su cuerpo ardiendo entre tus manos. Y tus ojos helados sobre su cuerpo. Y su dientes fijos en tus ojos. Y todo perdido.

Recuerdas muy especialmente el efecto de la luz sobre sus ojos de un color incierto, grises y verdes, miel, castaño, media docena de colores distintos según cómo entrara la luz del sol y girara caprichosa en su interior.

Tenía aquella forma de sorber el té, como si fuera Penélope deshaciendo y haciendo el telar de su propia existencia a cada sorbo, como si fuera la tarea más importante del universo, pero sólo suya.

Sabes bien que no es un recuerdo. Que es una foto de un catálogo. Sabes bien que no la has conocido nunca. Sabes perfectamente que no tiene la menor importancia. Así que quieres nombrarla y sonreirle, decirle que aun la recuerdas.

Y te has olvidado de su nombre. Recuerdas todo de ella, de esa invención que has encajado en tu vida porque te da la gana, porque puedes, pero aun no le has inventado un nombre. Y torpemente dices su nombre real. Y claro, todo se rompe, todo es insoportablemente cierto. No debiste siquiera intentarlo. Por eso ahora debes llorar, todo lo amargamente que puede llorar un ser de papel.

Te recomiendo, Balcius, que vuelvas a jugar con películas y con palabras, y no vuelvas a jugar a tener una vida real. Duele mucho más de lo que puedas imaginar.