30 septiembre, 2008

Lo único que nos queda


Siempre queda la duda.

Tal vez durante el breve momento en que el pensamiento se distrae, mientras dejas que la línea de la carretera guíe el movimiento del coche y ni piensas en el camino, tal vez entonces ya te hayas pasado la salida. Pasas el resto del camino preocupado, con la sensación de que todo podría ir mal y de que toda la normalidad y calma esconde una gran mentira.

Es sólo un ejemplo.

Al entrar en un avión, el personal de tierra comprueba el billete, lo pasa por un lector magnético y lo valida. La pantalla dice claramente el destino, pero por si acaso, la azafata no te deja pasar hasta comprobar que tu billete corresponde al avión. Y sin embargo, sucede. Ves a la tripulación de cabina como loca contando tres o cuatro veces los ocupantes, sobra uno, preguntan, buscan... y al fin encuentran al viajero que iba en realidad a Praga y no a Viena.

No podría suceder sino por una inverosímil combinación de casualidades, que incluyan que alguien se confunda de avión, que justo su billete no sea controlado como debe, y que el asiento que tiene asignado resulte estar libre en el otro avión. Y sin embargo, sucede.

Tan sólo hay que añadirle una casualidad más.


Alberto Giacometti - La plaza de la ciudad


Imaginemos que nada llama la atención de la tripulación, que hay un número idéntico de personas del vuelo A en el avión B que del B en el A, todas despistadas, todas con suerte en el cruce de asientos. Las cuentas salen, los errores compensados son otra forma de equilibrio.

Entonces tendremos a parejas de personas con destinos cruzados. Tipo "extraños en un tren" pero involuntarios. Imagina la situación: una señora va a Praga y entra en un avión a Bucarest, amparada por la coincidencia que mencionamos antes. No habla ni checo ni húngaro, posiblemente los dos le suenan igual, así que, ¿cuánto tiempo tardará en darse cuenta de su error? Puede coger un taxi y decir "Sheraton Hotel", algo así, y la llevarán al Sheraton. Pueden pasar horas, o incluso un día entero sin que se de cuenta.

Una vez me sucedió. Esperábamos en el aeropuerto a que un coche de la compañía nos fuera a recoger. Era nuestro primer viaje de trabajo a Inglaterra, lo cual podría servir de disculpa.
No, no puede, la historia es demasiado absurda.
Estábamos indignados porque llevábamos esperando más de una hora y no había coche. Una hora más tarde decidimos coger un taxi y exigir que se nos abonara el importe. El conductor del coche de la compañía fue acusado de no acudir o de estar borracho. Él insistía en que estuvo esperando, tardamos días en comprender algo muy sencillo: nos esperó en Heathrow, nosotros llegamos a Garthwick. Nos engañó la cómodidad de una idea sencilla, "aeropuerto". O la palabra misma. Como nos suelen engañar las palabras más próximas, "casa", "hombre", o alguna aun más peligrosa, como "amigo".

Siempre queda la duda. A veces me despierto sobresaltado de esa tranquilidad cotidiana que decimos "normal" (otra palabra taicionera), pensando que pronto descubriré un nuevo error, un gran fallo que ha sido enmascarado por la homogeneidad de las ciudades extrañas, las gentes extrañas, sus motivaciones y sus movimientos tan ajenos.

Un día cualquiera. Viajo a algún lugar en el que no he estado antes. Sin tiempo para turismo, apenas pasar tres días en un congreso, soltar la charla pertinente, volverme. Preocupación, maletas, taxi, aeropuerto, facturación, tarjeta de embarque, controles, cinturón y reloj porfavor, pasaporte, embarquen urgentemente por puerta B39, no olviden sus efectos personales...
Muchas veces, durante el vuelo me da la impresión de que no he mirado con suficiente cuidado la puerta de embarque, o que me he dejado llevar por la marea humana preocupado más del peso de mi equipaje que de mi destino. Tal vez la rutina me pueda. Y dejo que la línea de la carretera guíe la conducción, despistado de nuevo.

Pero es peor cuando no me doy cuenta, no compruebo el nombre del aeropuerto al llegar, me alojo en el hotel y hasta me quejo si no estoy registrado al llegar, digo que la agencia se encargará de todo y el recepcionista me deja subir pidiéndome disculpas. Soporto el congreso sobre un tema que entiendo sólo a medias, en el que gente de todos lados se esfuerzan en hablar un inglés incomprensible. Intercambio tarjetas con gente que las perderá incluso antes que yo las suyas. Lanzo mis veinticinco minutos de gráficos y tecnicismos a un grupo de gente a la que le importa poco lo que digo, ...

... y sólo entonces, durante el viaje de regreso, me pregunto si no habrá sido todo un gran error. Una inmensa concatenación de casualidades que no sé exactamente en qué momento empezó. Una duda fría y pastosa como lodo. Si no habré estado en un lugar que no era, hablando a quien no debía oír. Si no me habré dejado en el hotel un año entero de instituto, o el recuerdo de un concierto en el parque. Si mientras tanto alguien habrá ocupado mi lugar mi espacio mi vida mi cuerpo. Me miro las manos, sigo preguntándome. Cómo me llamo realmente, ¿me equivoqué de ropa y ella me llevó a donde estoy? Repaso años de mi vida preguntándome en qué momento me pasé la salida.

Al llegar a casa te encuentro, me abrazas, te miro...


... y siempre me queda la duda.



Max Ernst - Eva, la última que nos queda.

07 septiembre, 2008

Autorrelato


Quiero leer un texto que comience formulando un deseo.

Quisiera, tal vez, que empezara como dubitativo.

Lento.

Muy, ... muy suave. Lienzo de palabras dulces, ronroneo de luna y un mecerse en la caricia más profunda. Que fuera de pronto tan evocador como la voz que recuerdas cuando te quedas en silencio, como una foto en sepia, como aquel lugar de tu infancia.

Que quien escriba tenga que cerrar los ojos, oir hacia adentro, sentirse lleno. Y quien lo lea lo note, lo sepa.

Ese texto continuaría creciendo desde el susurro al canto. Quisiera que se fuera llenando de luz como los primeros días de primavera, de palabras frescas, aéreas, de cascadas y explosiones. Se te llena la boca de ríos, de pura luz, de la palabra luz.

Un gozo de leer, pero también un asomo de decepción. Porque uno le pilla el truco al juego. Aunque es un juego bonito y uno participa leyendo, si-la-be-an-do, y porque te dices es un buen texto después de todo, y da pena que se acabe. Ves el final del texto ahí abajo, como cuando se va acabando un libro y sientes adelgazarse el montón de páginas entre los dedos.

El texto que quiero leer no es distinto, y por mucho que se alargue el autor en digresiones, quien lee atisba la última línea, esa última línea que el escritor se resiste a escribir. El lector la espera, relamiéndose. Quiero leer un texto que acabe con una última frase sencilla, inquietante y secreta, que encierre una sentencia, una posibilidad y una paradoja.

Pero un texto así no puede escribirse.