El Otro Jardín
Para salvar a los suicidas debemos lograr que ningún cuchillo corte, que ningún tenedor pinche.
Sin cuchillas de afeitar, sin tijeras. Un mundo de largas barbas, de pelos largos.
Para salvar a los suicidas, que paren todos los trenes, todos los coches. Todos caminaremos entre cementerios de vehículos quietos, y en las vías crecerá la hierba. Una hierba mullida y sin alacranes.
Todas las armas estarán cargadas, pero sin gatillo. Como esas promesas que no hacen daño ni se cumplen nunca. Como el arco siempre tenso de ese cielo que no acaba de caer, que no acaba de llegar.
Los venenos, las pastillas, tampoco. Todo estando en su estado más degradado, más inocuo, como un cuarzo o el agua.
El suelo será blando, blandos también los muros. Las voluntades de los hombres serán blandas, los hombres serán cobardes pero no demasiado, pues la demasiada cobardía es igual de afilada.
El mundo sería chato, de nuevo la tierra plana, de casas bajas. Ningún andamio para subir y caer.

Un mundo a oscuras, pues la electricidad es una fuerza mortal al alcance de los dedos.
Si os dais cuenta, el peor enemigo del suicida es el tiempo. Con suficiente tiempo todo se desafila, todo se reblandece, la energía se gasta y los venenos caducan. Hasta la voluntad de morir se quiebra con la muerte misma, y todo deja de importar.
Y el mar, tal vez el mar, la mayor verdad, la única excepción. Si el tiempo no puede con el mar, no podremos tampoco nosotros con él, y siempre quedará la muerte por asfixia, por ahogamiento. El mar amigo, ciego. Para salvar a los suicidas nos tendremos que salvar de morir ahogados, y para ello lo mejor es no salir del agua. No salir a la luz.









