Le Fantôme de la Égalité
He sorprendido a mis zapatillas mientras intentaban escapar.
Todos los días congelan el trayecto hacia la puerta, hacia la calle, hacia lo que ellas creen que es la vida, el mundo de verdad. Capturan el paso que se aleja, habita dentro de ellas el acto de abrir la puerta, de salir, de dar por inaugurada la náusea diaria.
Todos los días congelan el gesto. Pero a veces, además, encierran el impulso y el ansia.
Al regresar a casa, doce horas después, me las encuentro enfrentándose a mis zapatos de calle como un animal, algo un como rencor frío.
Las anima un impulso tanático, suicida. No están hechas para la calle, precisamente por eso la ansían. Ansían la lluvia que las empape, el barro, todas las cosas duras, cortantes y punzantes que existen (imagina) en ese mundo de fuera, en ese que va desgastando y dotando de carácter al resto de mi calzado. Ella los ve, como el niño ve a los soldados. Igual que el niño juega a la guerra, ansía el carácter, el barro, los cuchillos, ellas quieren la misma grava, la misma piedra.
Para el zapato de piel es cansada rutina, llegan a casa con resignado agotamiento, deseando el descanso y el calor, el armario seco. Para ellas, es heroísmo. Desean ser heroínas en las calles, rebeldes sin causa.
Las anima el espíritu de Mayo del 68. El de intelectuales, jóvenes de buenas familias, gente de zapatillas, que ansiaban la calle, el agua de las mangueras antidisturbios, el humo y las piedras. Hacer un pogrom, un kibutz, una trinchera de la villa de verano. Bailar un rock&roll por Mao Mao, como en la peli de Goddard. Por supuesto que entonces estaba Vietnam y Nicaragua y tantos otros atropellos, y ahora nadie levanta un dedo contra Vietnames de ningún tipo.
Quizás a mis zapatillas suicidas las anima el espíritu de Mayo del 68, de los jóvenes parisinos con la cabeza llena de pájaros y de poesía. Pero no los motivos. Ni a mis zapatillas, ni a tantos otros rebeldes sin motivo, 15Ms y libertarios sin cabeza, a ninguno les ha pedido Sartre o Camus que se lanzaran a la calle. Ansían algo que jamás han visto, basándose sólo en la sombra de presuntas gestas, en la rabia incierta contra todo, la pataleta es un gesto natural de cualquer calzado.
Su ansia estúpida, esa forma de envenenarse el juicio con una conciencia paranoide, su grito que no sale, su grito. Supongo que por eso acaba abriéndose una boca en ellas, que no las ayuda a gritar, pero que las hace inútiles.
Al fin, triste victoria, lo logran. Su queja, su cambio. Salen a la calle, en una bolsa de basura.










