31 octubre, 2011

Le Fantôme de la Égalité


He sorprendido a mis zapatillas mientras intentaban escapar.

Todos los días congelan el trayecto hacia la puerta, hacia la calle, hacia lo que ellas creen que es la vida, el mundo de verdad. Capturan el paso que se aleja, habita dentro de ellas el acto de abrir la puerta, de salir, de dar por inaugurada la náusea diaria.


Todos los días congelan el gesto. Pero a veces, además, encierran el impulso y el ansia.

Al regresar a casa, doce horas después, me las encuentro enfrentándose a mis zapatos de calle como un animal, algo un como rencor frío.

Las anima un impulso tanático, suicida. No están hechas para la calle, precisamente por eso la ansían. Ansían la lluvia que las empape, el barro, todas las cosas duras, cortantes y punzantes que existen (imagina) en ese mundo de fuera, en ese que va desgastando y dotando de carácter al resto de mi calzado. Ella los ve, como el niño ve a los soldados. Igual que el niño juega a la guerra, ansía el carácter, el barro, los cuchillos, ellas quieren la misma grava, la misma piedra.

Para el zapato de piel es cansada rutina, llegan a casa con resignado agotamiento, deseando el descanso y el calor, el armario seco. Para ellas, es heroísmo. Desean ser heroínas en las calles, rebeldes sin causa.

Las anima el espíritu de Mayo del 68. El de intelectuales, jóvenes de buenas familias, gente de zapatillas, que ansiaban la calle, el agua de las mangueras antidisturbios, el humo y las piedras. Hacer un pogrom, un kibutz, una trinchera de la villa de verano. Bailar un rock&roll por Mao Mao, como en la peli de Goddard. Por supuesto que entonces estaba Vietnam y Nicaragua y tantos otros atropellos, y ahora nadie levanta un dedo contra Vietnames de ningún tipo.

Quizás a mis zapatillas suicidas las anima el espíritu de Mayo del 68, de los jóvenes parisinos con la cabeza llena de pájaros y de poesía. Pero no los motivos. Ni a mis zapatillas, ni a tantos otros rebeldes sin motivo, 15Ms y libertarios sin cabeza, a ninguno les ha pedido Sartre o Camus que se lanzaran a la calle. Ansían algo que jamás han visto, basándose sólo en la sombra de presuntas gestas, en la rabia incierta contra todo, la pataleta es un gesto natural de cualquer calzado.

Su ansia estúpida, esa forma de envenenarse el juicio con una conciencia paranoide, su grito que no sale, su grito. Supongo que por eso acaba abriéndose una boca en ellas, que no las ayuda a gritar, pero que las hace inútiles.


Al fin, triste victoria, lo logran. Su queja, su cambio. Salen a la calle, en una bolsa de basura.

27 octubre, 2011

Quod Erat Demonstrandum


Hace una semana ya.


Todo el mundo habla ahora de terrorismo, de un cambio (no todos de acuerdo con el diagnóstico, pero sí en hablar de ello), y yo me voy a sumar. Hace una semana del acontecimiento que cambiará nuestra forma de relacionarnos con ese concepto, con cómo nos va a afectar: terrorismo. Y me parece curiosa la posición de algunos...

No, no hablo de ETA. Ese me parece un tema demasiado claro para merecer mi comentario. Simplemente me alegro de lo que pasa y confío en lo que pasará.

Hablo de Libia. De un cambio terrible que nos enfrenta a una realidad nueva y absurda. La certificación de que el terrorismo de estado internacional cuenta con el visto bueno de la ONU, que derrocar un régimen antipático es un fin que justifica cualquier medio, que pueden destruirse ciudades, asesinarse personas, distribuir armas entre gente desconocida con objetivos no confesados y cualificación dudosa, y ejecutar de forma sumarísima a dirigentes sin juicio, sin derecho a defenderse, vejar y humillar cadáveres...

Esto tiene, claro, antecedentes. Todo comienza un 11 S, con un avión (curiosamente americano) volando sobre un edificio emblemático y descargando su terrible capacidad mortífera antre los ojos asombrados del mundo.

Fue un 11 de Septiembre, que un avión americano bombardeó el Palacio de la Moneda de Chile, asesinando a Salvador Allende, inaugurando una de muchas intervenciones en las que Estados Unidos salva al pueblo de sí mismo apoyando a presuntos defensores de la libertad que no se sabe quiénes son hasta que es tarde. Pero entonces todavía tenían que esconder sus apoyos, trabajar en la sombra, disimular.

Ahora entramos en una nueva era. En los 70 nos habían prometido que el nuevo milenio sería la Era de Acuario, era de paz, de desarrollo espiritual, intelectual y humano. Estamos aquí, en la Era de Acuario, y todos piensan nada más que en dinero, el mundo arde en guerras sucias y, por primera vez en mucho tiempo, el terrorismo internacional de estado está bendecido por el conjunto de la opinión pública.

Eso sí, en Madrid reponen Hair.